2026-06-19

259. -No pasa día sin que algo suceda

 


¿Alguna vez nos detenemos a pensar que cada jornada es, en sí misma, una síntesis asombrosa de la existencia? A menudo, el ritmo vertiginoso nos hace olvidar que el milagro de la vida late en cada instante, transformando lo cotidiano en un escenario de constante renovación. Invitamos al lector a pausar su mirada y redescubrir la profundidad oculta en el devenir de nuestras propias horas.

La incesante marcha del universo

No pasa día sin que algo suceda. Siempre sucede algo. Con el amanecer de un nuevo día nos parece que el universo se revive, como si volviera a nacer. Todo está sujeto a una renovación constante, que se va repitiendo. Si, como los físicos aseguran, en una molécula de polvo se condensa el universo entero, con mayor razón podríamos decir que un solo día es la síntesis de una larga existencia.

Continuamente están sucediendo cosas en el mundo; basta con asomarse a los medios de comunicación. Cada segundo se generan noticias, siniestras unas, venturosas otras, aunque desgraciadamente damos muestra de interesarnos más por aquellas que por éstas. Continuamente también nos suceden cosas a nosotros mismos; muchas de ellas ni siquiera las percibimos. Algo maravilloso está sucediendo a cada instante, dentro de nosotros mismos, sin que le prestemos atención apenas.

La belleza en lo cotidiano

Los sentidos no cesan de ponernos en contacto con la exterior belleza, derramada en imágenes de luz, de formas, de colores, de armónicos sonidos. ¡Qué espectáculo!… Sin que nos demos cuenta, el pensamiento se va adueñando de las cosas hasta hacerlas suyas; después hay que conservarlas vivas dentro de nosotros y esperar a que el propio sentimiento entre en acción, porque como bien decían los Maestros de la Escolástica, “nada puede ser querido sin ser antes conocido”.

Todo sucede en perfecto orden y armonía, según el plan establecido por Dios, aunque nosotros no acabemos de comprenderlo; y así todos los días, así cada momento. Y ¿la vida? ¿Qué decir del milagro de la vida y del misterioso funcionar del organismo? Vivir es lo más grande que ha podido sucedernos; sólo Dios nos pudo regalar un don así. Complicado es el funcionamiento de los órganos, complicados son los mecanismos que nos mantienen vivos. No menos de cien mil latidos de nuestro corazón son necesarios para que la llama de la vida se mantenga cada día.


La intensidad como antídoto a la rutina

No hace falta recurrir a las fechas en rojo de nuestro calendario para ser testigos de eventos importantes; sólo hace falta saber vivir intensamente el momento que nos toca vivir. Me viene a la memoria el diario de Ana Frank, universalmente conocido y por todos valorado. Nada tienen de particular las anotaciones de esta adolescente de 14 años. En realidad, no queda reflejado más que el acontecer diario de personas normales en un recinto reducido y, sin embargo, interesa a las gentes, mucho más que un selecto noticiario: ¿Por qué?

El secreto está en la intensidad. Interesante es todo lo que se vive intensamente; en sentir pasión por aquello que a nosotros nos pasa. Nuestro pecado es convertir en rutina lo que pasa a nuestro alrededor, en deslizarnos por los acontecimientos sin llegar a calar hondo. Lo que nos cuenta esta muchacha no es más que el día a día de un grupo reducido de personas en trance de perder la vida; eso sí, quizás por eso, cada momento lo sabían vivir intensamente.

Oímos el despertador, nos levantamos, por la ventana miramos para ver qué día hace, cogemos el coche y nos vamos al trabajo, después de despedirnos de los nuestros. Total, pura rutina, hasta que un día descubrimos que esto mismo podría ser la ilusión de muchas vidas. Poder oír el despertador, haber podido por sí solo tirarse de la cama, ver la luz del día, poder ir a trabajar y tener una familia. De regreso a casa nos hemos sentado a ver un vídeo y a través de él hemos viajado por países exóticos. Nos hemos deleitado con la música, disfrutando con nuestro cantante preferido y todo esto a la hora que más nos convenía, sin sospechar siquiera que ninguno de estos lujos figuraba en los diarios de reyes o magnates de tan sólo hace cien años.

258.-La mejor obra

 



 un destino, sino la negativa a rendirse? En un mundo obsesionado con los resultados inmediatos, Ángel Gutiérrez Sanz nos invita a una reflexión profunda: la obra maestra más importante que jamás crearemos no es un objeto, sino nuestra propia identidad. Un viaje de «caídas y tropiezos» donde la verdadera victoria reside en la firmeza de no claudicar.

El reto de la realización personal

Hemos de recorrer el camino y hemos de hacerlo andando y desandando, avanzando y retrocediendo. Vamos haciéndonos entre caídas y tropiezos. Vamos aprendiendo con dificultad a ser nosotros mismos, poniendo en juego todo lo que somos y tenemos.

La mejor obra será la de nuestra propia vida, que hemos de ver como el reto personal al que hemos de enfrentarnos, sabiendo de antemano que fracasos habrá en este afán constante. Hemos de tener, por ello, el ánimo dispuesto para no rendirse e intentarlo de nuevo, las veces que haga falta, sin ceder nunca a la tentación de arrojar la toalla.

El valor de la firmeza frente a la derrota

Cuando uno falla, lo fácil es rendirse, pero si sabemos mantenernos firmes, estamos en el buen camino, que nos puede conducir al triunfo. Pues, ¿no es ya una gran victoria seguir intentándolo una vez y otra, después de experimentar el amargo sabor de la derrota?. A nadie se le exige ser perfecto, lo que se le pide es que no deje de luchar por ello.

Al final habría que decir que cuenta, y mucho, las veces que con tesón lo buscamos, dejándonos jirones de nuestra piel. El triunfo, en forma de resultados prácticos contantes y sonantes, puede que no llegue nunca. Muchos hombres y mujeres se morirán sin haber experimentado el sabor de la victoria y lo peor sería que ni siquiera se dieran cuenta de que el mejor triunfo puede haber sido el no haber claudicado nunca, el haberse mantenido firmes y constantes en medio de la contrariedad o indiferencia

«La mejor victoria no es el triunfo final, sino la firmeza de no haber claudicado nunca en el camino.»

Forjar la personalidad: De la fragua a la humanidad

La obra de la realización personal  lentamente va forjándose, como se forjan los hierros en la fragua a golpe de yunque y de martillo, a base de fuego y de tenazas. Es así como vamos madurando, es así como vamos haciéndonos personas, como vamos haciéndonos humanos.

Es verdad lo que decía Xabier Zubiri : con la "personeidad" se nace; pero la personalidad se conquista, se va adquiriendo, con esfuerzo sobrehumano, sí; pero se puede llegar a conseguir Es cuestión de trabajar constantemente por llegar a ser más auténtico, más libre y comunicativo, más generoso y honrado, en definitiva, más humano. Todo un reto cargado de exigencias, ya lo sé, pero si este reto no existiera, ya solo nos quedaría un espantoso vacío.

Ética y satisfacción personal

Está claro que todo aquello que merece la pena es difícil y costoso; pero hay que luchar por ello. ¿Sabría alguien decir cómo uno puede sentirse satisfecho si no fuera así?. La honradez profesional  en el ejercicio de nuestro ministerio significa mucho; pero ha de rematarse con el trabajo de ir haciéndonos a nosotros mismos.

Detrás de la profesionalidad está siempre una personalidad que, en definitiva, es la que nos define. El buen profesional es poca cosa si no hay detrás una buena persona, íntegra y cabal, enriquecida con valores morales, religiosos y humanos. No sé si la realización humana y personal está dentro de las aspiraciones de las gentes, pero si así no fuera, habría que lamentarse por ello, ya que la mejor obra que se puede realizar a lo largo de una vida es uno mismo.

2026-06-18

257-Desacralización del humanismo cristiano

 

Está fuera de toda duda que la secularización es una característica de nuestro tiempo, lo que quiere decir que la religión cristiana ha ido perdiendo fuerza e influencia, tanto en el ámbito social como cultural, sin que ello implique su desaparición, sino tan solo pérdida de poder, lo cual, dicho sea de paso, es visto por algunos sectores como una oportunidad para que la fe deje de ser vista como una imposición social y pueda convertirse en una aceptación libre y personal.

Hace tiempo, que Jacques Maritain, consciente de la privatización de la fe y de su desplazamiento del espacio público al privado, intentó, por todos los medios a su alcance, sacar al humanismo cristiano de los muros de las sacristías a que había quedado relegado y exponerlo en el mercado del mundo, asumiendo la cultura vigente y haciéndose carne en ella. La táctica habría de ser, no la de oponerse al mundo, sino la de abrirse a él y tratar de dialogar con las corrientes modernistas. Entendió que, para salir de la burbuja en una sociedad pluralista, los cristianos deberían cooperar con los no creyentes en la búsqueda del bien, bajar al suelo y mancharse las sandalias de barro.  En la mente de este filósofo, converso al catolicismo, comenzaba a bullir una “Nueva Cristiandad”, caracterizada por el pluralismo y la libertad, que marcara diferencias con el modelo de cristiandad uniforme e impositivo de otros tiempos.

La universidad de Santander, en el transcurso de los cursos de verano allá por el año 1934, habría de ser el escenario donde el autor diera a conocer los primeros apuntes de lo que habría de ser su gran obra titulada el “Humanismo integral”, publicada en 1936, siendo reconocida y celebrada tanto dentro como fuera de la Iglesia. No solamente esto, sino que se convertiría en una de las principales fuentes de inspiración del Concilio Vaticano II (1962-1965), llegando a ser referente del humanismo cristiano, con el apoyo del que fuera primeramente el cardenal Montini y posteriormente papa, con el nombre Pablo VI, quien siempre vio en Maritain a un amigo y a un maestro de plena confianza. Se trataba de reformular una teología que, sin cambiar en lo esencial, sirviera de puente para adaptarse a los valores sociales y culturales vigentes en la sociedad contemporánea.  Digamos que la nueva cristiandad que J Maritain propone en su “Humanismo integral”, ciertamente es de inspiración cristiana, pero con ciertos ribetes de pluralismo laicista, que le hicieran atractivo a los no creyentes. El experimento funcionó hasta cierto punto, por cuanto que, gracias a sus buenos oficios, la filosofía cristiana, en su versión neotomista, salió del ostracismo para hacerse visible, incluso relevante, en los foros culturales más exigentes de la época, pero este proceso no habría de tener continuidad. Ha pasado más de medio siglo desde entonces y lo que estamos viendo, es que el secularismo sigue avanzando implacablemente, invadiendo espacios que no le pertenecen, hasta llegar a comprometer la dimensión pública del cristianismo. Ha llegado el momento de preguntarnos, si no estaremos viviendo unos tiempos en los que el humanismo cristiano está sometido a una fuerza imperante, donde el liberalismo marca la pauta. A fuerza de ser sinceros hemos de reconocer que se nota un cierto desplazamiento del humanismo cristiano hacia el humanismo laico. Bien está compartir con el secularismo los valores éticos de libertad, justicia, solidaridad, igualdad jurídica, dignidad humana, fraternidad y tantos otros. Ésta no es la cuestión. El problema surge cuando hacemos abstracción de la fundamentación sobrenatural de dichos valores, olvidándonos de que el origen de los mismos está en Dios y no caer en la cuenta de que sin su gracia nada podemos hacer. No es fácil estar comprometido con el pluralismo liberal y al mismo tiempo permanecer fiel al dogma religioso, resulta complicadísimo tener encendida una vela  al relativismo democrático y otra a la verdad absoluta de Dios, tanto es así que hay quienes consideran esto como un imposible.

Por otra parte, se habla mucho de los derechos humanos, y poco de los sagrados preceptos divinos, que siempre han sido y seguirán siendo la carta magna del humanismo cristiano. Claro que es imprescindible para un cristiano la caridad fraterna, pero si ésta no está inspirada en el amor de Dios de nada vale como dice S. Pablo ( 1 Corintios 13). Se malinterpreta y se saca fuera de contexto el principio de la libertad religiosa y libertad de conciencia, dando lugar a un relativismo corrosivo, que compromete la identidad cristiana y por si fuera poco, se celebra “la radical separación” de poderes, cuando tan necesaria es la cooperación y colaboración de ambos, en orden al bien espiritual y material de los ciudadanos.

Las rebajas de otoño han llegado a un cristianismo cada vez más tolerante y menos exigente, un cristianismo  selectivo y cómodo, que cada cual interpreta libremente y acomoda a sus gustos y caprichos. En ocasiones los cristianos damos muestras de estar obsesionados por humanismo de signo hasta el punto de confundir el cristianismo con una ONG. De un tiempo a esta parte el inconfundible carácter teocéntrico del humanismo cristiano se ha ido desplazando hacia un ideal encarnado en la naturaleza humana. Nos hemos ido acostumbrando a unos “mínimos”, llegando a pensar que es suficiente con unos derechos humanos fundamentales, que podían ser los sustitutos del decálogo y sobre ellos poder cimentar las bases de una sociedad pluralista como la nuestra.

No quisiera pecar de pesimista, pero tengo la impresión de que el dialogo con la modernidad no ha producido los frutos esperados.  Se podrá seguir discutiendo sobre   la propuesta del filósofo francés en torno a la autonomía de lo temporal, pero lo cierto es que la expectativa que despertó el partido democrático cristiano, al final resultó ser un enorme fiasco.

Hay motivos para pensar que se han dado modos y maneras de relacionarnos con lo profano, que han favorecido la lectura de un cristianismo en clave secular.  Si esto fuera así, los cristianos tendríamos que comenzar a pensar seriamente en otras formas de diálogo, para hacer asumible la experiencia cristiana sin tener que privilegiar la inteligencia y el método científico,   colocándolos por encima por encima de la palabra revelada. En cualquier caso, el acercamiento y la apertura al mundo secular nunca debiera poner en riesgo la identidad cristiana, ni tampoco vincular la fe a ningún tipo de ideología, bien sea ésta de signo liberal o socialista. Más aún, la reactualización del humanismo cristiano es posible sin tener que pasar por filtro alguno de desacralización. Esto no quiere decir que los cristianos dejemos de valorar las justas razones, en las que el laicismo se apoya para fundamentar la dignidad del hombre, aunque ninguna de ellas, ni todas en su conjunto resultan tan contundentes en orden a su enaltecimiento como la esgrimida por el cristianismo, al presentarnos al hombre como hijo de Dios, hecho a imagen y semejanza suya.

256- A LA ESPERA DE LOS ACONTECIMIENTOS

 



La vida nunca avisa del todo. Hay momentos de calma y otros en los que el destino parece poner a prueba nuestra fortaleza interior. En este artículo, Ángel Gutiérrez Sanz nos invita a reflexionar sobre la manera en que afrontamos los acontecimientos que marcan nuestra existencia y cómo, incluso en medio de la incertidumbre, el ser humano puede encontrar serenidad, aprendizaje y esperanza.

El combate interior de la vida

Son nuestras obras las que nos van forjando; también nos forja lo que nos va pasando. Sin buscarlo, nos convertimos en protagonistas de un desfile imprevisible de acontecimientos que, a veces, nos golpean y nos hieren, pero también nos curten y acrisolan.

Si todo nos fuera sucediendo a pedir de boca, podríamos sentirnos satisfechos, pero nunca llegaríamos a curtimos y endurecernos. Por más que lo intentemos, no podremos evitar el trago amargo que el destino nos tiene reservado y, si esto es así, debiéramos cambiar nuestra plegaria y, en lugar de rogar a Dios que preserve nuestra vida de la prueba inevitable, pedirle fuerzas suficientes para poder sobrellevarla.

Muchos son los hombres y mujeres que salieron fortalecidos del combate. Kazantzakis nos habla de tres clases de hombres y plegarias: Unos dicen: Dios mío, ténsame si no me pudriré; otros rezan: Dios mío, no me tenses demasiado porque me romperé; y otros, en fin, son los que se dirigen a Dios para pedirle: Dios mío, ténsame cuanto puedas, ténsame aunque me rompa”.

La incertidumbre y el equilibrio

Los continuos vaivenes de la vida hacen que no podamos, por mucho tiempo, sentirnos liberados de angustias, dudas y temores; con facilidad trocamos el optimismo en pesimismo.

Cuando todo era placidez y la vida parecía sonreír, súbitamente aparecen los negros nubarrones que nos llenan de preocupación. Nada hay constante en nuestras existencias y habremos de estar preparados para todo: para lo mejor y para lo peor.

Nunca se sabe lo que puede traernos ese futuro incierto, a la vez prometedor y amenazante. ¡Ah!, si pudiéramos permanecer en calma ante cualquier acontecimiento de la vida…

Siempre he envidiado la actitud admirable de quien sabe mantenerse en constante equilibrio, sin inmutarse, igual en la prosperidad que en la desgracia, lo mismo cuando se está a salvo que en peligro. Es la actitud serena e impasible que me recuerda al héroe de probado talante, discurriendo por la senda que trazaran los estoicos bajo el signo atemperado del “soporta y aguanta”.

Como me gustaría a mí contemplar el incesante desfile de sucesos manteniendo el corazón en calma. Para mí lo quisiera.

La serenidad del alma

Más admirable aún que la actitud del héroe es la del santo, que puede ver la providencia oculta en cualquier acontecimiento de la vida. Su fortaleza es también humildad y confianza, porque sabe muy bien de quién se fía; por eso, la calma habita en su interior como si fuera el cielo y cualquier cosa que sucede la convierte en ocasión para cumplir fielmente su destino.


¿Por qué no he de abrazarme a mi dolor cuando llame a mi puerta? ¿Por qué no he de acogerlo con gozo y esperanza cual regalo de Dios? ¿Por qué no aprovechar el infortunio para macerar el alma?

Aprender de lo vivido

No podré detener ni siquiera cambiar el curso del diario discurrir de los sucesos de la vida, pero, en cambio, de mí dependerá la forma de afrontarlos. Ellos me pueden ayudar a madurar; tanto los aconteceres favorables como los desfavorables pueden serme útiles.

Siempre es posible dar más realce a lo positivo que a lo negativo; más a lo hermoso que a lo feo; más a lo luminoso que a lo sombrío.

Aparte de los motivos que tuviera Platón para decir que nada de lo que nos sucede es malo, los cristianos tenemos una razón más para pensar así: todo está bajo el control de Dios.

255.- En que ha quedado el viaje de León XIV a España

 


 

 

 Pasados los entusiasmos de estos días, es el momento de preguntarnos, ¿Qué nos ha dejado el viaje de León XIV a España, ha servido para algo?  Motivos hay para pensar que nos encontramos en el mismo punto de partida, que nada ha cambiado sustancialmente y que España sigue siendo la misma que era antes de que el Papa nos visitara. Hagamos una breve recapitulación:     

En el tema de emigración, el Papa  ha dicho cuanto tenía que decir  y se le ha escuchado con respeto, pero de ahí no ha pasado la cosa, seguimos estando ante un problema espinoso de difícil solución, en el que hay que saber distinguir entre lo deseable y lo posible, más aún ni siquiera tenemos muy claro, si hemos de comenzar por ayudar económicamente   a los países de origen y concienciar a sus autoridades de sus propias responsabilidades  o insistir en la apertura de fronteras con el riesgo que se produzca un cataclismo o cuando menos una invasión pacífica. El debate está abierto y resultaría desaconsejable que alguien tratara de imponer su opinión en cuestiones tan  polémicas como lo es ésta.    

 Tampoco es que  que haya quedado resuelto el tema de la polarización.  Después de la visita del papa Leòn XIV los españoles seguimos enfrentados política y religiosamente como lo estábamos antes. Por más que se diga o se deje de decir, las posturas no han  cambiado y nadie quiere dar su brazo a torcer. Quien pretenda hacer de mediador en esta contienda ha de conocer profundamente la historia de nuestro país. Desde el siglo XIX la lucha entre el confesionalismo religioso  y el laicismo  ateo ha sido una constante histórica que acabó degenerando en una guerra civil,  en la que el bando nacional salió en defensa de los valores cristianos mientras que el bando republicano protagonizó una dura persecución religiosa dejando a su paso un nutrido número de mártires que según estimaciones pudo ascender a 10.000. Lo más triste del caso es  que siga habiendo personas, incluso entre la filas católicas, obstinadas en redescribir la historia y hacer pasar por víctimas a quienes fueron verdugos. Algo parecido es lo que está pasando con el Valle de los Caídos, hasta hace bien poco, lugar de reconciliación nacional, pero que con su resignificación unos y otros le ha convertido  en un lugar de enfrentamiento entre los españoles. Si verdaderamente existe una voluntad de acabar con la polarización, cuestiones como ésta, hace tiempo que debieron quedar zanjadas  porque si no es así, cabe preguntar ¿ A que estamos jugando?     

 Cordial y conmovedora, sin duda, resultó  ser la alocución  que el  Papa León XIV  dirigió a los diputados españoles pero que de ahí no pasó. Que yo sepa no ha ido acompañada de ningún gesto por parte del gobierno español de acomodar la legislación vigente a las directrices de la Iglesia, en cuestiones que afectan a la vida, la familia o  la educación, ni siquiera  se han planteado la posibilidad de detener el proyecto en marcha  de consagrar al aborto, elevándole al rango de un derecho constitucional.

 

   Esperanzadora en principio fue así mismo  la afluencia en el “Movistar Arena”,  lugar en el que se congregaron los diferentes agentes sociales, integrados por educadores, empresarios, artistas, deportistas, organizaciones sociales, sindicatos y patronales, con el fin de estrechar lazos y cooperar conjuntamente en el logro de una sociedad más justa y más humana. Todos ellos escucharon complacidos a León XIV, que les habló de la necesidad de tener presente la dignidad de la persona en el desarrollo de cualquier actividad humana, haciendo un llamamiento para entretejer conjuntamente redes, que hicieran posible una sociedad más justa y más humana.  Lo deseable ahora sería que todos estos buenos propósitos se plasmaran en proyectos reales y no cayeran en saco roto, como es costumbre, pero ¿Quién se acuerda ya de eso?

La enorme afluencia de jóvenes en la Plaza de Lima fue otro de los eventos que podía ser motivo de triunfalismos. Ciertamente, no deja de ser una buena noticia que “los jóvenes del papa” hayan acudido masivamente a escuchar unas palabras de consuelo para sus vidas vacías, a las que no acaban de encontrar sentido, pero esto a todas luces no es suficiente. “ Los jóvenes de Cristo”,   están obligados a algo más. De ellos se espera que asuman el compromiso cristiano en toda su integridad. Todo menos seguir bostezando hasta que se produzca la próxima concentración juvenil.  ¿Dónde está ese medio millón de jóvenes enardecidos? ¿Por qué no les vemos en las calles dando testimonio de Jesucristo y jugándosela por defender su fe y las cusas justas?   

Para acabar me gustaría decir que la gran expectación que la visita del Papa ha suscitado, aunque no lo sea todo, al menos es un signo esperanzador que viene a decirnos que no todo está perdido,  aún queda un rescoldo que debe ser alentado. Vamos a pensar que todavía estamos a tiempo de incorporarnos y reemprender la marcha para llegar a ser lo que un día fuimos    

268.- ¿Es compatible el marxismo con el cristianismo?

  Sabido es de todos la aversión de Marx por el cristianismo al que consideraba como un apéndice del capitalismo, calificándole como el opio...