NO PASA DÍA SIN QUE ALGO SUCEDA

¿Alguna vez nos detenemos a pensar que cada jornada es, en sí misma, una síntesis asombrosa de la existencia? A menudo, el ritmo vertiginoso nos hace olvidar que el milagro de la vida late en cada instante, transformando lo cotidiano en un escenario de constante renovación. Invitamos al lector a pausar su mirada y redescubrir la profundidad oculta en el devenir de nuestras propias horas.
La incesante marcha del universo
No pasa día sin que algo suceda. Siempre sucede algo. Con el amanecer de un nuevo día nos parece que el universo se revive, como si volviera a nacer. Todo está sujeto a una renovación constante, que se va repitiendo. Si, como los físicos aseguran, en una molécula de polvo se condensa el universo entero, con mayor razón podríamos decir que un solo día es la síntesis de una larga existencia.
Continuamente están sucediendo cosas en el mundo; basta con asomarse a los medios de comunicación. Cada segundo se generan noticias, siniestras unas, venturosas otras, aunque desgraciadamente damos muestra de interesarnos más por aquellas que por éstas. Continuamente también nos suceden cosas a nosotros mismos; muchas de ellas ni siquiera las percibimos. Algo maravilloso está sucediendo a cada instante, dentro de nosotros mismos, sin que le prestemos atención apenas.
La belleza en lo cotidiano
Los sentidos no cesan de ponernos en contacto con la exterior belleza, derramada en imágenes de luz, de formas, de colores, de armónicos sonidos. ¡Qué espectáculo!… Sin que nos demos cuenta, el pensamiento se va adueñando de las cosas hasta hacerlas suyas; después hay que conservarlas vivas dentro de nosotros y esperar a que el propio sentimiento entre en acción, porque como bien decían los Maestros de la Escolástica, “nada puede ser querido sin ser antes conocido”.
Todo sucede en perfecto orden y armonía, según el plan establecido por Dios, aunque nosotros no acabemos de comprenderlo; y así todos los días, así cada momento. Y ¿la vida? ¿Qué decir del milagro de la vida y del misterioso funcionar del organismo? Vivir es lo más grande que ha podido sucedernos; sólo Dios nos pudo regalar un don así. Complicado es el funcionamiento de los órganos, complicados son los mecanismos que nos mantienen vivos. No menos de cien mil latidos de nuestro corazón son necesarios para que la llama de la vida se mantenga cada día.
La intensidad como antídoto a la rutina
No hace falta recurrir a las fechas en rojo de nuestro calendario para ser testigos de eventos importantes; sólo hace falta saber vivir intensamente el momento que nos toca vivir. Me viene a la memoria el diario de Ana Frank, universalmente conocido y por todos valorado. Nada tienen de particular las anotaciones de esta adolescente de 14 años. En realidad, no queda reflejado más que el acontecer diario de personas normales en un recinto reducido y, sin embargo, interesa a las gentes, mucho más que un selecto noticiario: ¿Por qué?
El secreto está en la intensidad. Interesante es todo lo que se vive intensamente; en sentir pasión por aquello que a nosotros nos pasa. Nuestro pecado es convertir en rutina lo que pasa a nuestro alrededor, en deslizarnos por los acontecimientos sin llegar a calar hondo. Lo que nos cuenta esta muchacha no es más que el día a día de un grupo reducido de personas en trance de perder la vida; eso sí, quizás por eso, cada momento lo sabían vivir intensamente.
Oímos el despertador, nos levantamos, por la ventana miramos para ver qué día hace, cogemos el coche y nos vamos al trabajo, después de despedirnos de los nuestros. Total, pura rutina, hasta que un día descubrimos que esto mismo podría ser la ilusión de muchas vidas. Poder oír el despertador, haber podido por sí solo tirarse de la cama, ver la luz del día, poder ir a trabajar y tener una familia. De regreso a casa nos hemos sentado a ver un vídeo y a través de él hemos viajado por países exóticos. Nos hemos deleitado con la música, disfrutando con nuestro cantante preferido y todo esto a la hora que más nos convenía, sin sospechar siquiera que ninguno de estos lujos figuraba en los diarios de reyes o magnates de tan sólo hace cien años.