2026-08-15

264.- Aprender de la experiencia

 



Bien está hacer memoria del pasado, no para quedarse en él, sino para extraer alguna pertinaz lección de todo cuanto va pasando. Diríase que el ser humano tiene algo de bondad natural, bastante de debilidad y muchas toneladas de insensatez y de ignorancia. Esto último es nuestro gran problema, según Platón. Andamos despistados, sin acertar a descubrir la belleza y el bien que nos circunda y se esconde en cada acontecimiento de la vida. Si al final no sacamos partido de todo lo que nos sucede es porque somos necios y no sabemos interpretar lo que nos va pasando.

El alma inocente de los niños se muestra confiada, hasta que llegan experiencias amargas que les van haciendo reservados y les colocan a la defensiva. Nos fiamos de los hombres y mujeres hasta que un mal día somos víctimas del fraude o el engaño. Conozco a gente que en la calle o en el metro fue víctima de algún coleccionista de carteras que se fijó en la suya y, desde entonces, para ellos todos los hombres y mujeres comienzan a ser sospechosos; comienzan a recelar de cualquiera que se les arrima y se pone a su lado. Los hombres y mujeres creemos en la amistad, hasta que ese amigo que dábamos por fiel es cogido en un renuncio. Practicamos la honradez hasta que, cansados, pensamos que ser honesto es muy costoso y no está exento de pegas e incomodidades. Con los muchos años de vida y experiencia vienen las dudas y vacilaciones que pueden convertirnos en unos viejos decepcionados de todos y de todo. Las experiencias van dejando huella. Nada nos pasa sin que sea en balde. Decimos que del pasado hay que aprender y así lo hacemos; pero muchas veces aprendemos mal. Crecer puede ser terrible si con ello vamos aprendiendo a coleccionar falsas enseñanzas, que nos obligan a ir enterrando bajo paletadas de lodo los más nobles sentimientos, hasta anegar las corrientes cristalinas que fluyen de nuestro corazón.

No es justo condenar a todo el mundo por el solo hecho de que algún desalmado ande suelto por ahí haciendo de las suyas, ni tampoco lo es dejar de confiar en un amigo que fue fiel noventa y nueve veces y una sola nos falló. Tampoco hay fundamento real que avale el «piensa mal y acertarás»; todo lo contrario, lo que la experiencia nos dice es que, cuando así lo hacemos, de cuatro veces nos equivocamos tres.



La experiencia que nos hace más humanos

Si ponerse a salvo de peligros, engaños o traiciones supone vivir en la desconfianza constante, si el sentirme seguro exige cerrar con siete llaves mi alma a los demás, sería preferible correr los riesgos que fueren necesarios.

Si algo he de aprender de mi pasado, pido a Dios que no sea otra cosa que humanidad, para que las deslealtades sufridas no engendren en mí resentimiento; los engaños no hagan de mí un ser desconfiado; la agresión, un resentido; la traición, un mal pensado. Que, como Francisco de Asís, sepa yo tener presente la lección del amor en medio de los odios, del perdón en medio de la ofensa, que la unión prevalezca sobre la discordia y la esperanza sobre la desesperación. A la hora de interpretar los acontecimientos y extraer de ellos la lección pertinente, sepa yo hacerlo en clave no de terrenal prudencia, sino según consejo de la sabiduría divina.





263.-LAS PRUEBAS EN LA VIDA SIEMPRE ACABAN LLEGANDO

 






En el libro de Job (VII, 1) podemos leer: «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra».

¿Solo la vida del hombre es milicia? Si pudieran hablar los peces, las hormigas, las abejas e incluso las cigarras, seguro que dirían lo mismo. La vida es milicia para todo ser vivo. Individuos y especies estamos llamados a sostener una lucha titánica por la existencia, en forma de confrontación de unos con otros, como pugna por adaptarse al medio o como quiera que sea; el caso es que todos estamos condenados a superar las dificultades que se van presentando.

El mismo nacer ya es una prueba que no todos consiguen superar. Ningún individuo perteneciente a las distintas especies queda a salvo. Razón tenía Darwin, al menos en parte, al decir que solo los mejor dotados y más fuertes logran perpetuarse por vía de la selección natural.

No creo exagerado afirmar que una prueba, así entendida, pueda ser considerada como la condición universal de la existencia, como algo por lo que todos, incluidos hombres y mujeres, hemos de pasar. Esto es cierto en el orden natural y sigue siéndolo en el orden sobrenatural.

La prueba como condición de la existencia

Si nos atenemos a los datos que nos brinda la Historia Sagrada, hubo un periodo en que la existencia humana transcurrió sin dolores, sin necesidades y sin carencias; lo que se dice una existencia beatífica.

La de Adán y Eva hubo un tiempo que lo fue, aunque lo que no faltó fue la prueba, una especie de examen al que fueron sometidos. Antes ya había pasado algo semejante con los ángeles caídos.

Basta repasar la Historia de la Salvación para comprobar que por la prueba pasaron Abraham, Moisés, Job, Pedro, Pablo, todos y cada uno de los santos, también la gloriosa Madre de Dios y madre nuestra, María.

Hasta el mismo Jesucristo tuvo que pasar por ella y podríamos decir, incluso, que ninguna fue comparable a la del Gólgota.

Es como si la historia universal y personal de la salvación tuviera que quedar justificada ante Dios, y hubiéramos de pensar que no hay galardón sin victoria, que no hay victoria sin combate y que no hay combate sin prueba.

Cada prueba es un tramo más del camino que estamos llamados a recorrer.

La batalla interior del ser humano

El ser humano se nos muestra como una tensión entre oponentes: cuerpo y alma, carne y espíritu, razón y vida; lo apolíneo y lo dionisíaco, que diría Nietzsche.

Todo viene a ser lo mismo. De una parte tenemos la mesura, la proporcionalidad, el equilibrio y el justo medio; de otra, el ímpetu vital y desbordado, el instinto brutalmente biológico y la pasión desenfrenada y salvaje.

Ese vitalista empedernido que fue Nietzsche se quejaba de que el espíritu amenaza con matar la vida, que dificulta el goce pasional de los sentidos y que impide consumirnos en el ardor del paroxismo; mientras que el asceta cristiano se lamenta de que el mundo y la carne pongan barro en las alas del espíritu y le impidan volar en libertad.

En uno y otro caso, de lo que estamos hablando es de la confrontación entre dos fuerzas; una confrontación de la que nadie habrá de verse libre.

Y si un día dejamos de sentir esa tensión interna, y en nosotros ya no hay lucha, ni conciencia de pecado, ni sentimiento alguno de culpabilidad, será, posiblemente, porque estemos muertos espiritualmente.

En tono jocoso, recuerdo haber oído decir a alguien, en alguna ocasión, que el diablo no pierde su tiempo en probar a quien ya tiene seguro.

Hay pruebas que llegan para medir nuestras fuerzas y otras que aparecen para descubrirnos quiénes somos. Nadie las busca, pero todos acabamos encontrándolas en algún momento del camino. Quizá la diferencia no esté en evitarlas, sino en la manera de atravesarlas. Porque, al final, las heridas también enseñan, las dudas también forman y la lucha, cuando no nos vence, termina convirtiéndose en parte de nuestra propia identidad.

2026-07-24

262.-RETROSPECCIÓN








No sé si estaré equivocado cuando pienso que, de vez en cuando, es necesario hacer un alto en el camino para proyectar la mirada hacia el pasado que va quedando atrás.

Para mí es una práctica bastante habitual y no creo que sea cuestión solamente de años. Esto mismo lo hago también al subir la montaña o caminar por senderos escarpados. Cuando me siento cansado y la marcha comienza a hacerse interminable, me paro, miro hacia atrás y me digo: «¡Ánimo!, es mucho lo que llevo andado; seguro que, si he llegado hasta aquí, será ya fácil acabar mi recorrido».

Me consuelo pensando que el camino ya hecho es tanto o más largo que el que falta por hacer.

Todo lo que nos ha ido sucediendo a lo largo de la vida y lo mucho que nos ha pasado va haciendo de nosotros sujetos experimentados, bien dispuestos para poder afrontar los acontecimientos venideros. De aquí que, de vez en cuando, no venga mal una visión retrospectiva que seguramente acabará reconfortándonos.

No solamente por esto; hay otras razones para no vivir ajenos al pasado.

Nuestra historia no solo vive en la memoria; también permanece en aquellos pequeños recuerdos que el tiempo nunca consigue borrar.

La historia personal que nos da identidad

Lo que llevamos andado es nuestra herencia, un patrimonio que hemos ido acumulando y que nos pertenece; es nuestra historia, la que nos distingue de todos los demás.

Una mujer o un hombre sin pasado es un apátrida, un peregrino errante que viaja sin carnet de identidad.

Estamos convencidos de que esta pobre historia, que atrás vamos dejando, podría haber sido mejor, pero es la nuestra, la de cada cual; por eso hay que quererla, como se quiere a un hijo que necesita más de nuestro amor, como nos queremos a nosotros mismos, aunque estemos muy lejos de ser lo que nos gustaría ser.

He de mirar con serenidad mi pasado, no con nostalgias ni tampoco con resentimiento.

Yo no quiero ser de los que van diciendo que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, ni estoy con los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

A lo más, creo en la memoria selectiva, capaz de resaltar lo bueno y de olvidar lo malo.

Solo después de sumergir nuestros recuerdos en un agua de rosas pueden mostrarse a nuestros ojos como maravillosos, pero solo es apariencia.

No estoy ni con unos ni con otros; mucho menos aún con los que identifican lo bueno con lo nuevo y nos instan a olvidarnos del pasado.

Toda vida deja semillas que, tarde o temprano, encuentran el momento de crecer.

El pasado también siembra el futuro

Si es bien cierto que el pasado, pasado está, no lo es menos también que en él se han ido sembrando semillas de esperanza, llamadas a dar fruto, aunque no sabemos cuándo.

Potencialidades llamadas a convertirse en realidad y que, dicho sea de paso, también un día habrán de ser historia.

Lo que hoy es torbellino de ilusión puede que mañana no sea más que agua estancada en el recuerdo inerte, que ya no moverá molinos.

Volver la vista atrás es también encontrarse con ingenuos sueños infantiles o descabellados proyectos juveniles que un día animaron nuestras vidas y hoy nos hacen sonreír; pero tuvieron que suceder, no fueron vanos, cumplieron su función en el momento en que uno tenía que sentirse vivo.

De ellos nacieron otros sueños e ilusiones, y otros, y otros… que, como todo en la vida, acabaron por ser historia.

Después de vivir la vida, gusta poderla conservar intacta entre las manos, pero esto solo es posible a través de los recuerdos ya marchitos.

La vida que nos tocó vivir, vivida queda para siempre con sus días de luz y sus noches de sombras; podrá ser recordada, sí; pero, como escribió Khalil Gibran:

«El recuerdo es una hoja seca que susurra un momento en el aire y ya no vuelve a escuchársele más.»

Reflexión GraZie

Vivimos mirando hacia delante, convencidos de que el futuro siempre tiene la última palabra. Sin embargo, pocas veces recordamos que la fuerza para seguir avanzando suele encontrarse precisamente detrás de nosotros.

La retrospectiva de la que nos habla Ángel Gutiérrez no invita a quedarse atrapados en la nostalgia, sino a reconciliarse con el propio camino. Cada error, cada ilusión cumplida o frustrada y cada etapa vivida forman parte de una identidad que nadie puede arrebatarnos.

Quizá el pasado no pueda cambiarse, pero sí puede convertirse en el lugar donde comprendemos quiénes somos y por qué seguimos caminando.

Porque, al final, avanzar no consiste en olvidar lo vivido, sino en saber llevarlo con serenidad hasta el siguiente horizonte.

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Ángel Gutiérrez Sanz

VIDA Y OBRA DE ÁNGEL GUTIÉRREZ SANZ

Ángel Gutiérrez Sanz nace en Alaraz (Salamanca) 20 de Julio (1939) en el seno de una familia cristiana, donde se tenía aprecio por la cultura. Fue el más pequeño de una familia numerosa, integrada por siete hermanos. Aquí aprendería las primeras letras. Apenas cumplidos los 11 años, abandona su pueblo natal con destino al internado que los PP. Dominicos tenían en La Mejorada, provincia de Valladolid, luego vendrían otros internados en la provincia de Segovia, Toledo y Ávila, por lo que solo pudo disfrutar del calor de familia en las vacaciones estivales. A los 12 años murió su padre y a los 23, aún sin haber concluido su carrera de filosofía en Madrid, murió su madre, por lo que se vio obligado a trabajar para costearse sus estudios de Filosofía, graduándose finalmente en Madrid por la Universidad Complutense, el año 1964.

Una vez licenciado en Filosofía y Letras y con los estudios completos de Teología, se puso a trabajar como profesor en colegios privados de Madrid. Posteriormente obtendría el grado de doctor por la misma universidad Complutense de Madrid, pero antes de que esto sucediera, fue llamado a filas y tuvo que cumplir su servicio militar, lo que supondría para él un grave contratiempo, al ver truncada su carrera y su vida profesional apenas iniciada. Una vez cumplidas sus obligaciones con la Patria, fue admitido en el mismo colegio que estaba trabajando y la vida volvería a recobrar su ritmo.

En el año 1967 se casaría con la pedagoga Francisca Abad Martín, fijando su residencia en Madrid.

A partir de este momento, Gutiérrez Sanz vivió entregado a la vida familiar, que supo conjugar perfectamente con su profesión de docente y también con sus estudios, porque en los primeros años de matrimonio, Ángel Gutiérrez estaba ocupado en preparar sus oposiciones, para obtener una plaza como profesor numerario de filosofía, a la vez que trataba de concluir su tesis doctoral. Fueron años difíciles, en que tuvo que trabajar duro y sin tregua, para conseguir lo que consiguió.  Cierto que a su lado tuvo siempre a una amiga y colaboradora, que siendo ya madre, no solo supo hacer frente a las circunstancias, manteniendo intacta durante cinco años la licencia por estudios, concedida por el Ministerio de Educación, para que pudiera cursar la carrera de Pedagogía, sino que logró que los ojos de su marido pudieran contemplar la realidad con el verde de la esperanza.

Pasados estos primeros años de matrimonio, la situación fue mejorando. La tesis doctoral que llevaría por título "La Ética en Baltasar Gracián" llegó a feliz término, mereciendo la máxima calificación de "Sobresaliente cum laude", siendo publicada posteriormente. Y sobre todo la obtención de una plaza como profesor titular de filosofía y luego como catedrático de esta misma asignatura, iba a suponer que Gutiérrez Sanz pudiera dedicarse a su pasión de escribir.

En su dilatada vida docente en la enseñanza publica, ha desempeñando diversos cargos directivos, pero ello no ha sido obstáculo para seguir trabajando en el campo de la investigación. Su compromiso   al servicio de la cultura ha quedado patente, tanto en las aulas como fuera de ellas, bien como conferenciante en diversos foros, en el Ateneo de Madrid por ejemplo, así como en colaboración con diversos medios de comunicación social, a través de revistas filosófico-teológicas, históricas. educativas o de pensamiento.

Digno de reseñar es que, siendo catedrático y jefe del Seminario de Filosofía del Instituto Miguel Servet de Madrid y en colaboración con un equipo de profesores de este mismo seminario, obtuvo el Primer Premio Nacional del Segundo Concurso de Prensa sobre artículos, en la modalidad de reportajes sobre Pedagogía, convocado por la Fundación Santa María (S.M.).

En el año 1990, Ediciones TAU saca a la luz su primer libro titulado " Aspectos de una sociedad en crisis", en donde el autor apunta las directrices por donde habría de discurrir su pensamiento.

A partir de entonces su vocación como escritor fue haciéndose más determinante, hasta el momento de su jubilación.

MÁS INFORMACIÓN EN: https://blogculturalgutierrezsanzangel.blogspot.com/p/sobre-mi_10.html

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