En el cristianismo se encuentra la respuesta ansiosamente
buscada, sobre cual habrá de ser el último destino de nuestra mortal existencia
humana. Lo que sucede es que desentrañar los misterios de Dios encerrados en el
Verbo Encarnado, no se cosa fácil. Después de muchos siglos de historia hemos
ido dando forma a un determinado cristianismo, condicionado por las influencias
culturales, ajustado a los los signos de
los tiempos, sin podamos sustraernos a los prejuicios y a todas aquellas
limitaciones, propias de nuestra condición humana. Diríase que la forma de ver
y de vivir nuestro cristianismo, en algo se parece al fruto que va madurando lentamente
con el tiempo.
Vivir la
fe en Dios desde la historia humana
Ya desde los primeros siglos aparecen modelos diferenciados,
que responden a sensibilidades distintas de entender el cristianismo. Ejemplo
claro de esto, lo tenemos entre la Iglesia de Occidente y la Iglesia de
Oriente, entre Roma y Egipto, sobre todo a la hora de interpretar el misterio
salvífico universal, del que nos vamos a ocupar en este artículo.
Las conversiones masivas procedentes del paganismo
romano, con sus correspondientes convencionalismos y tabús, necesariamente
habrían de dejar sus huellas en el naciente cristianismo. Se trataba de una comunidad Neocatecumenal,
que en su mayoría había sido educada en el respeto a la ley inspirada en el “Iux
Romanum” y aunque se contaba con la gracia divina, la justicia seguía siendo el
eje central en el ordenamiento de vida. A partir del Edicto de Milán la Iglesia
quedó integrada en la estructura estatal y la figura del emperador, sobre todo
Constantino, ostentaría una influencia relevante en la política religiosa,
resolviendo disputas doctrinales, como en el caso que nos ocupa. Nada de extraño pues, que los conversos
procedentes del paganismo romano continuaran con sus personales adherencias y
vieran a Jesucristo como a un juez de vivos y muertos, quien al final de los
tiempos premiaría a los que habían sido buenos y castigaría a los que habían
sido malos, siendo solamente aquellos y no éstos, los que gloriosamente
resucitaran con Él.
Otra bien distinta habría de ser la interpretación de la Iglesia de Alejandría,
con personajes tan relevantes en su filas como Orígenes, San Gregorio de Nisa: San Clemente de Alejandría, San Isaac de Nínive, Evagrio
Póntico, San Máximo el Confesor, y
tantos otros, conocedores profundos del espíritu evangélico y agudos
intérpretes de las escrituras, donde creyeron encontrar razones, sobre todo en el evangelio
de la misericordia de S. Lucas, para
hacer valer la clemencia y el perdón
sobre el justicialismo implacable. Fueron hombres de Dios convencidos de
la victoria final del bien sobre el mal, del abrazo definitivo de Dios a toda la
familia humana. Con ello no se estaba negando el infierno,
sino que éste era entendido como una pena medicinal y purificadora, de modo que
al final de los tiempos todos los hombres y mujeres podían
quedar limpios por la gracia, para ser uno con Dios en Cristo Jesús, y poder
participar así de su resurrección gloriosa. A
través sobre todo de S. Gregorio de Nisa, la esperanza paulina de
que "Dios habrá de ser todo en
todos" (1 Corintios 15:28), fue
creando una corriente mística, que llegó
a ser importante en Oriente, si bien la controversia en torno al misterio salvífico
habría de resolverse a favor de la Iglesia de Roma, cuya postura se impuso, debido fundamentalmente a la
voluntad del emperador Constantino, a la cultura romanizante en ese momento y
también a la influencia del pelagianismo
y semipelagianismo, bastante extendido en esta época. Ello significó que
durante muchos siglos el cristianismo iba a estar presidid por la ley del temor
más que por la ley del amor, motivo por el cual a Dios se le viera, no tanto como a
un Padre amoroso perdonador de hijos pródigos, sino como a un juez inflexible.
La época del cristianismo en la que Dios fue visto más como
Juez que como Padre
Con profunda humildad debiéramos de preguntarnos si durante
demasiado tiempo, el miedo no fue instrumentalizado para garantizar la
obediencia a las instituciones e incrementar la influencia y potestad del
clero. Naturalmente no estoy hablando del “santo temor de Dios”, sino del temor
servil que tiene su origen en la representación de un Dios iracundo y terrible.
Debiéramos reflexionar si no es cierto que, durante mucho tiempo los
predicadores católicos estuvieron obsesionados con la condenación eterna, con
el juicio final estremecedor, si no fueron en ocasiones portavoces de doctrinas
de dudosa solvencia, contribuyendo con ello a ofrecer al mundo una imagen
tétrica del cristianismo, que no se correspondía con la “Buena Nueva”. De forma
un tanto fantasiosa se fabricó un infierno aterrador y la existencia del
“Limbus infantium” (Limbo de los niños) que privaba de la visión beatífica a
los infantes no bautizados. Se cometieron excesos con la venta de indulgencias,
liberadoras de las penas del purgatorio y los juicios inquisitoriales en
ocasiones resultaron ser demasiados rígidos, por no decir injustos. En fin,
sinceramente creo que no debiéramos sentirnos orgullosos de unos periodos en la
Historia del Cristianismo, en que se enfatizó el temor servil en detrimento de
la misericordia divina,
Místicos y teólogos que nos animaron a confiar
plenamente en Dios
Por fortuna también hubo
almas privilegiadas, que nos mostraron el rostro amable de Dios, convencidas de
que la confianza en Él es la llave de todas las gracias, que nos ayudaron a
interpretar el misterio salvífico a la luz del
texto paulino “Donde abundó el
pecado sobreabundó la gracia” (Rom. 5,20). A ellas debiéramos estar
profundamente agradecidos.
Místicos como Juliana de
Norwich, que a través de su obra “Revelaciones
del Amor Divino” nos manifiesta de que “todo irá bien”
y que “la sed que Cristo sufrió en la cruz no será saciada hasta que la
última alma salvada haya entrado en su beatitud”. Por su parte,
S. Francisco de Sales, no se cansaba de advertirnos que debemos
abandonar nuestros miedos y entregarnos por completo a su infinita compasión.
Otro
tanto podría decirse de Sta. Faustina Kowalska (Apóstol de la Divina
Misericordia) cuya vida estuvo marcada por su incondicional confianza en Cristo
resucitado y su amor compasivo. A través de Jesucristo le fue revelado que,
ningún pecado es más grande que su misericordia. Ilimitada fue también la
confianza en Dios de Sta Teresita del Niño Jesús, que apasionadamente quiso la
salvación de todas las almas y a través de su caminito de la infancia
espiritual nos enseñó que no hay mejor ascensor para llegar al cielo que
echarse en los brazos de Dios y descansar confiadamente, como lo hiciera un
bebé . Teresita fue consciente de que el pecado del mundo es inmenso,
pero no es infinito, en cambio el amor misericordioso de Dios sí lo es.
Desde la perspectiva científica Pierre
Teilhard de Chardin participa de este mismo optimismo místico, que le lleva a
pensar en que, la evolución cósmica de la humanidad y el universo entero, se
resolverá en la conjunción con Cristo resucitado, quien ha llenado todo el universo, convirtiéndose en el
núcleo mismo de la evolución cósmica, atrayendo a toda la creación hacia sí. En
esta unión con Cristo resucitado (Punto Omega) los hombres no perderán su
individualidad, sino que la humanidad, unida por el amor a Cristo resucitado,
alcanzará su plenitud sin que se pierda la identidad de sus miembros. La
evolución cósmica, propuesta por Teilhard, viene a ser una evolución
Cristocéntrica, una Cristogénesis.
Cambio de perspectiva en la Iglesia
católica a raíz del Concilio Vaticano II
Después de muchos rifirrafes bien es
sabido de todos, que la Iglesia Católica, a partir del Concilio Vaticano II, se
ha ido abriendo a este tipo de interpretaciones y el movimiento carismático ha ido tomando cuerpo,
extendiéndose por toda la Iglesia, como un soplo del Espíritu renovador. A
nivel pastoral han ido cambiando muchas cosas. La supuesta realidad del “Limbo de los niños”
ha desaparecido del catecismo, la imagen física del infierno fantasmagórico
está a la baja y ahora se le ve como un estado. La reconciliación universal ha dejado
de ser un tema tabú. Antes se preguntaba. ¿Serán muchos los que se salven? La pregunta ahora es ¿Se salvarán todos los
hombres? Esclarecedoras son al respecto las palabras de Juan pablo II en su
audiencia del 28 de julio de 1999, donde
textualmente se puede leer : “Las imágenes con las que la sagrada Escritura
nos presenta el infierno, deben interpretarse correctamente….más que un lugar,
indican la situación en que llega a encontrase quien libre y
definitivamente se aleja de Dios….La
condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado a conocer,
sin especial revelación divina, si los seres humanos y cuáles han quedado
implicados efectivamente en ella “ Mucho más contundentes al respecto,
fueron las declaraciones del papa Francisco, quien a nivel puramente
personal expresó su opinión sobre estos
temas en una entrevista televisiva en enero de 2024, que ha dado mucho
que hablar, con desmentidos e interpretaciones diferentes.
No
solo a nivel pastoral, también a nivel teológico, el misterio de la salvación
universal ha saltado a primer plano. En
1988 salió a la luz una obra titulada ¿Nos atrevemos a esperar que todos los hombres
se salven? cuyo autor es Hans Urs von Balthasar, teólogo suizo reconocido e influyente, nombrado
cardenal por Juan Pablo II. En
ella se plantea la pregunta
sobre si el infierno está vacío, acariciando la esperanza de que la
salvación universal pudiera ser una posibilidad. Se trataría solamente de un
planteamiento, sin ir más allá, sin afirmar ni negar nada de forma rotunda. La
esperanza de este cardenal-teólogo está basada en que Cristo cargó con los
pecados del mundo y bajando a los infiernos invitó a la humanidad entera a
resucitar con Él. Lejos de ser una herejía, la esperanza teológica de que la
misericordia de Dios alcance a todos los hombres debiera entenderse como un
deber cristiano que nos anima a rezar para que todos los hombres se salven.. Hans Urs von Balthasar nunca afirmó que existiera
la certeza de que todos los hombres se vayan a salvar, se limitó a atreverse
a esperar que ello fuera posible.
No pasados 10 años, otro distinguido teólogo español, Andrés
Torres Queiruga, vuelve a retomar el tema en su obra "Recuperar la salvación: para una interpretación liberadora de la
experiencia cristiana", publicada por la Editorial Sal
Terrae en 1995, en la que el autor nos dice que “Dios no puede meter a uno
de sus hijos en un horno “. Según el teólogo
gallego, el concepto de infierno, entendido como
un lugar de castigo eterno e irreversible, contradice el núcleo del mensaje
cristiano, que arranca sobre la base de que la naturaleza de Dios hay que
entenderla como amor incondicional, lo que implica una capacidad de perdonar
ilimitada. Con ello trata de decirnos que el amor de Dios abarca a todos los
seres humanos y que la salvación es una oferta universal. Seguramente que esto puede resultar más
comprensible desde la teología del afecto que desde la teología de la razón,
por eso traigo a colación una anécdota que el propio autor nos relata. Sucedió
que, en una ocasión, Torres Queiruga pudo presenciar cómo una monja advertía a
sus alumnas que, si se portaban mal, Dios las castigaría con el infierno, ante
lo cual, como sacerdote que era intervino para preguntarle: ¿Crees que tu madre
sería capaz de meterte en un horno y quemarte viva? ¡Claro que no! respondió la religiosa. Pues se ha de pensar
que el amor de todas las madres juntas es nada, comparado con el amor infinito
de Dios.
Previsiblemente se seguirá hablando
y mucho de este tema tan trascendental, hasta encontrar un reajuste de los dos
ejes entre los que gravita la controversia.
De una parte, tenemos la voluntad del ser humano de aceptar o rechazar a
Dios. Tradicionalmente, el magisterio de la Iglesia ha
visto en la libertad humana un
grave escollo a la reconciliación universal, hasta el punto que S. Agustín
llegó a decir : “Dios que te creo sin ti no podrá salvarte sin ti “ y por
otra parte tenemos la voluntad de Dios omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, con la
certeza de que no hay pecado tan grande que no pueda ser borrado por la sangre
de Cristo. ¿Habremos de decir que el Dios de Jesucristo es un Dios que quiere
salvar a todos los hombres pero que no puede? O más bien ¿confiar en que
la omnipotencia divina inconmensurable podría haber encontrar la forma de hacer
valer su gracia sin violentar la libertad humana? Previsiblemente, en los
próximos años, con la ayuda de Dios, habrá que trabajar en un proyecto de
enorme trascendencia para encontrar sentido a este dilema, porque no es lo mismo vivir un
cristianismo paralizante desde el temor a la condenación eterna, que desde la
esperanza cierta del gozo exultante de la Pascua.

