Es opinión generalizada la de que en las democracias de todo el mundo han ido apareciendo unos niveles preocupantes de polarización política y social, que ya no se conforman con un enfrentamiento ideológico, sino que van mucho más allá, hasta proyectarse en un rechazo visceral a quienes piensan de forma diferente, lo que queda perfectamente significado en la expresión “nosotros contra ellos”.
Pareciera que la dialéctica de amigo-enemigo, a la que hace alusión Carl Schmitt, se hubiera impuesto en el ámbito político. Un claro ejemplo de ello lo tenemos en el parlamentarismo español, donde la crispación, el insulto o la agresión verbal están a la orden del día, como si el adversario político fuera un peligroso rival a batir, lo que nos sitúa a las puertas del guerracivilismo.
Lo triste del caso es que esta polarización sociopolítica se ha extendido a las comunidades cristianas, en las que el bloque tradicional y progresista se muestran irreconciliables en asuntos tanto doctrinales como litúrgicos. El fenómeno en cuestión se da como evidente. De ello dan fe sociólogos, analistas y la propia jerarquía eclesiástica y, según los cuales, dicha polarización interna se ha intensificado en el transcurso del pontificado de Francisco.
Quien reiteradamente manifestó su preocupación, dada la trascendentalidad del hecho, porque ya no se trata simplemente de acalorados debates teológicos sobre asuntos diversos, sino de fracturas y pugilatos que apuntan a dos posturas viscerales enfrentadas entre sí y esto precisamente es lo novedoso.
A lo largo y ancho del cristianismo se ha dado como legítima la diversidad teológica, lo que tradicionalmente se conocía como “adiaphora”. Recuérdese al respecto el incidente de Antioquía entre Pedro y Pablo o las famosas disputaciones escolásticas que estuvieron presentes a lo largo de la dilatada historia de la Iglesia, teniendo como protagonistas a santos y teólogos preeminentes, pertenecientes a diversas órdenes y congregaciones religiosas.
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Contribuyendo de forma admirable al enriquecimiento de la teología y abriendo nuevos cauces a la expresión de una misma fe. Esto fue posible porque unos y otros entendieron que la unidad de la Iglesia no es sinónimo de uniformidad, de modo que se puede servir a la Iglesia desde la diversidad. Como así fue en realidad.
Según el sentir de Romano Guardini, la Iglesia no se rige por la anulación de las diferencias, sino haciendo posible que los contrarios convivan en una tensión fecunda y necesaria. En tal sentido, la Iglesia puede ser vista como una forma de “complexio oppositorum”, en la que cabe una rica pluralidad, siendo la polarización la que ha venido a romper esta unidad al enfrentar a unos grupos contra otros.
En consecuencia, según el citado autor, en la Iglesia no procede la anulación de las diferencias; por contra, hay que hacerlas posibles sin romper la convivencia entre los distintos grupos en una tensión fecunda y necesaria.
Las aportaciones positivas desde las distintas sensibilidades es algo que está fuera de toda duda y así es preciso reconocerlo con generosidad, teniendo como cosa cierta que solo cuando amamos con caridad fraterna es cuando estamos seguros de que no nos podemos equivocar equivocando. La polaridad, en cambio, es otra cosa bien distinta.
Con ella se rebasan las fronteras de lo que es el debate puramente teológico para instalarse en una postura exclusiva y excluyente, originando una tensión existencial que acaba dividiendo en polos opuestos, de modo que quienes estaban llamados a compartir fraternalmente los destinos de una misma comunidad eclesial se declaran enemigos irreconciliables.
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No deja de ser una gran desgracia que, en estos tiempos de crisis religiosa, cuando más falta hace la unión para combatir el ateísmo rampante, nos encontremos con una polarización que dificulta una misión eclesial compartida, que tanta falta está haciendo.
El hecho de que la polaridad responda a una estrategia partidista y discriminativa del “nosotros contra ellos”, nos lleva a pensar que esta perversión no tiene su origen en el Evangelio, sino que se trata de un producto importado de la política, que poco a poco se ha ido introduciendo en las filas católicas.
Maríaen Evangelios
En realidad, la bipolarización política se ha trasladado al plano religioso. De todos es sabido que en el seno de la Iglesia existen hoy día dos grandes corrientes en conflicto. Por una parte, tenemos el progresismo reformista, que sale en defensa de una Iglesia más inclusiva y aperturista, en consonancia con el signo de los tiempos, que viene marcado por la implantación del régimen democrático en nuestra sociedad.
En tal sentido, se ve como una necesidad el dotar de un rol más determinante a los laicos en el organigrama eclesiástico, también se exige un reconocimiento efectivo de la igualdad de la mujer y, sobre todo, el progresismo espera que el Sínodo de la sinodalidad cambie el funcionamiento de la Iglesia Católica, para que todos caminemos y decidamos juntos según el espíritu de los tiempos.
Lo que este grupo busca es una Iglesia descentralizada, donde las decisiones pastorales se tomen mediante el discernimiento comunitario y las responsabilidades sean asumidas de forma compartida. Se pretende, en fin, que laicos, consagrados y obispos compartan conjuntamente la misión evangelizadora que Cristo encomendó a todos los bautizados.
La otra visión, representada por el conservadurismo tradicionalista, responde a objetivos bien distintos. La Iglesia para ellos representa una estructura jerarquizada, presidida por el Sumo Pontífice, que tiene la sagrada misión de custodiar el tesoro de la fe y velar por la pureza del Evangelio, testimoniar el mensaje cristiano y trabajar por implantar en el mundo el Reinado de Cristo, sabiendo que lo demás le será dado por añadidura.
Frente a las modas pasajeras del relativismo moral, laicismo, posmodernismo, etc., el conservadurismo opta por mantenerse fiel a una tradición avalada por siglos, donde la verdad, la belleza y el bien trascienden la pura subjetividad, la familia siga asentada sobre bases sólidas y el bien espiritual tenga preeminencia sobre el bien político y social.
Si analizamos minuciosamente estas dos posturas podremos encontrar en ambas excesos y desaciertos, pero también aportaciones positivas, que habría que tener en cuenta. No sería prudente decir que “unos son los buenos y otros malos de la película”, sobre todo porque con ello se avivaría el fuego de la discordia en un momento en que lo que está haciendo falta es la reconciliación.
Quedémonos con lo mejor de los unos y de los otros y comencemos a remar todos en la misma dirección. Desde Roma hace tiempo que se nos viene alertando de que ha llegado la hora de construir puentes y no muros, de poner moderación en el discurso teológico y olvidarnos “del todo o nada”.
La polaridad entre el “ellos o nosotros” nos aleja de la catolicidad y nos introduce en el sectarismo. De aquí que por encima de cualquier confrontación partidista ha de colocarse el sentimiento de confraternización, que permita, tanto a progresistas como a conservadores, sentirse Iglesia.

