2026-02-08

245.- Adoctrinamiento político para tener bajo control a la ciudadanía

 



Desde los tiempos de los sofistas griegos el poder de la palabra ha venido siendo el arma más poderosa de la que se sirven los políticos para tener controladas las mentes. En una sociedad como la nuestra, en que la verdad ha desaparecido y lo único que cuenta es el relato, ellos han encontrado el campo de operaciones ideal, para llevar a cabo el adoctrinamiento de niños y adolescentes a través de la escuela y de los ciudadanos adultos, a través de los medios de comunicación, manipulados por unos periodistas paniaguados. El adoctrinamiento no deja de ser bastante comprensible si tenemos en cuenta que los aspirantes al poder necesitan el voto de los ciudadanos y nada mejor que hacerles creer aquello que ellos quieren que crean.  Por esta razón, la escuela, que debiera ser entendida como lugar de encuentro con la cultura, ha sido convertida por los partidos políticos en un trampolín para relanzar sus proyectos e ideologías, conscientes de que quien controla la educación se hará dueño de la sociedad del futuro. Los políticos tratan de formar sujetos fácilmente manipulables, porque no les gustan los ciudadanos independientes que piensan por sí mismos.

   La asignatura de “Educación para la Ciudadanía” hoy conocida como “Educación Cívica” o  como quieran llamarla, en modo alguno está sirviendo a la formación moral y humana de los alumnos en fase de desarrollo, ni mucho menos para crear en los centros un clima de sana convivencia y la prueba está en que numerosos son los casos de bullying,  en forma de agresiones físicas, verbales o actitudinales, extendiéndose incluso al campo del ciberbulying. Lo que debiera ser una asignatura destinada a promover los valores fuertes se ha convertido en una asignatura de los valores light, que está siendo instrumentalizada para interiorizar prácticas y doctrinas perversas y aleccionando de modo torticero sobre la democracia, a unas mentes que todavía no están capacitadas para desarrollar un juicio crítico. Todo lo que está pasando en la escuela ha de entenderse al trasluz de un lavado de cerebro, en consonancia con los intereses partidistas.

Las visiones político-económicas de los partidos políticos son diferentes, ciertamente, pero hay algo en lo que todos están de acuerdo y es precisamente en dar por buena a la sagrada partitocracia, presentada como un dogma indiscutido e indiscutible, a partir del cual comienzan a construir su particular relato.  Se parte de un hecho, evidente sin duda, como es el pluralismo social. En esto estaríamos de acuerdo. Es cierto que el indiferentismo religioso ha traído como consecuencia que, hombres y mujeres con distintos credos religiosos y morales estén llamados a convivir juntos dentro de una misma sociedad, en donde la democracia es presentada como la única alternativa para garantizar la paz y la concordia, donde son respetadas todas las opiniones y no hay lugar para la injusticia y las desavenencias. Pura falacia.  

En primer lugar: si nos atenemos a los hechos, no parece que la consagración del pluralismo democrático nos haya traído una convivencia idílica, en la que se hayan superado los enfrentamientos a muerte entre unos y que hayan desaparecido los odios y revanchismos.  Lo que estamos viendo es más bien todo lo contrario.

En segundo lugar, habría que reparar si nuestra democracia es tan pluralista como quieren hacernos ver ¿Es verdad que la democracia lo aguanta todo o por el contrario de lo que se trata es de una dictadura de la mayoría sobre las minorías? Los demócratas se muestran abiertos, sí, a todas las opiniones que van en su misma dirección, pero se resisten a abrir las puertas del parlamento a quienes no aceptan las reglas de juego que ellos mismos han impuesto. Los disidentes para ellos son reaccionarios que hay que mantener al margen y cerrarles las puertas parlamentarias, hasta acabar con ellos.  Piensan que son peligrosos y lo mejor es tenerlos marginados y amordazados, sin que ello deba ser considerado como represión, sino simplemente un curarse en salud para no poner en riesgo la estabilidad del estado.  En realidad, una democracia que lo aguante todo no es viable, nunca lo fue ni nunca lo será; así es como piensan los más enardecidos defensores a ultranza de la democracia, con dos caras.  Cuando les conviene, los oiremos decir que hay que ser pluralistas, porque estamos viviendo en una sociedad plural, pero cuando les interesa, cambiarán su discurso para trasmitirnos el mensaje de que no se puede respetar el cien por cien la diversidad de opiniones, porque si así se hace, pueden colarse los bárbaros y liberticidas, creando graves problemas de estado. Sigamos, por tanto, condenando a muerte a Sócrates, como lo hicieron los demócratas sofistas, para que la juventud no se corrompa y quememos a fuego lento las obras de Platón, defensor de la existencia de verdades absolutas y no del relativismo democrático.  

Yo estaría de acuerdo en que no todas las opiniones son respetables, evidentemente hay muchas que no lo son, incluso son corrosivas. Pero para separar el grano de la paja y decidir qué opiniones son veraces y cuales no lo son, yo elegiría criterios de discernibilidad objetivos y fiables, nunca criterios relativistas, que cambian a medida que van cambiando los acontecimientos y circunstancias. Las opiniones respetables no lo son en razón de su “pedigrí” democrático, sino porque se corresponde con la sustantividad de los hechos. La realidad sobre Dios es la que es y no depende para nada de que un parlamento democrático decida negar su existencia. La justicia y moralidad dependen de los dictámenes conformes a la ley natural y no de las leyes positivas caprichosas, que se colocan por encima de ella. Esto que debiera ser un principio básico de convivencia ciudadana, dejó de serlo, desde que Maquiavelo estableció un muro de separación entre ética y política, hasta llegar a decir que, por razón de estado, podía justificase cualquier atrocidad.

Deberíamos de comenzar a cuestionarnos la fe en los relatos que nos llegan por vía del adoctrinamiento político, antes de que sea demasiado tarde y nuestra civilización se haya disuelto como un terrón de azúcar en un vaso de agua. La sutil represión ejercida a través del adoctrinamiento puede ser más peligrosa que la ejercida coactivamente, por cuanto pasa desapercibida y los ciudadanos no son conscientes de ella. Tendremos que despertar. No podemos seguir creyendo a los demagogos y pensar que, si perdemos esto que tenemos, lo que nos espera es la ruina y el caos. Eso es otra milonga más a la que nos tienen acostumbrados.    

Recordemos, nos dicen, lo que paso con Hitler, a quien se le dejó traspasar las puertas de la democracia y luego pasó lo que pasó. Lo que se callan es cómo y por qué después de Hitler ha habido y sigue habiendo mandatarios déspotas, autoritarios, corruptos y demagogos, ungidos con el sacrosanto y aromático oleo democrático, después de haber obtenido la mayoría en las urnas o ¿es que vamos a negar algo que estamos viendo con nuestros propios ojos todos los días?

   Afortunadamente, el mundo accidental se está abriendo a la idea de que algo no va bien en nuestra sociedad y alguna cosa o muchas deberían cambiar. No son pocos los que estarían dispuestos a canjear la partitocracia por la meritocracia, aunque ello supusiera un trueque de algunos activos de libertad por otros de felicidad. Fue Z. Bauman, una de las mentes más lúcidas de la posmodernidad, quien antes de partir, dejó sentenciado que: “La felicidad no está en ser libres del todo, sino en aprender a vivir con nuestras dependencias.” Sea como fuere, erradicar el nefasto adoctrinamiento político, no va a ser cosa fácil, porque ello exigiría que los ciudadanos comenzaran a desarrollar su espíritu crítico y dejar de ser sujetos dóciles y fácilmente moldeables, algo que los políticos y sus adláteres, los periodistas, creadores de la opinión pública, tratarán de impedir por todos los medios. Aun así, consolémonos pensando que no hay mal que por siempre dure o como dijera Abraham Lincoln: “Puedes engañar a algunas personas todo el tiempo y a todas las personas algunas veces, pero no podrás engañar a todas las personas todo el tiempo.” El hoy no es siempre, detrás hay un mañana, preñado de esperanza.       

2025-08-24

244.-Tenemos la obligación de defender nuestra civilización cristiana.

 


Si en algo estamos todos de acuerdo es que la fe y los valores cristianos son la base de la civilización occidental. Renunciar a ellos sería traicionar a nuestros mayores y echar por la borda su rica herencia, que tantos sacrificios y heroísmos les costó. No olvidemos que la claudicación puede presentarse de muchas formas y una de ellas es la de no hacer nada para evitar que otro tipo de credos nos invada. No deja de sorprenderme por ello lo sucedido en Jumilla (España), convertido en centro de una polémica que tiene divididos a la ciudadanía y a la Iglesia Católica, al habérseles negado la autorización para la celebración de la festividad musulmana del Cordero.

Por una parte están los que, por imperativos de la libertad religiosa, se muestran favorables a ceder las instalaciones deportivas e incluso ceder edificios eclesiásticos para la celebración de dicha festividad, mientras que, por otra  parte, están quienes piensan que no se puede permitir a los musulmanes lo que se niega a lo cristianos en su propia ciudad, en clara alusión al hecho reiterado de que los cristianos de casa no se sienten amparados por esa misma libertad religiosa, para rezar el rosario y manifestar sus convicciones religiosas frente a las clínicas abortivas. No entienden por qué para unos sí existe libertad religiosa y para otros no. ¿Lo entiende alguien?

Como católico que soy, me muestro a favor de la paz y concordia universal entre todas las religiones y los pueblos, pero soy de la opinión de que, antes de intervenir en la casa de los demás, necesitamos poner orden en nuestra propia casa. Entiendo que, dentro de la Iglesia Católica haya puntos de vistas diferentes, creo que es bueno el que se pueda hablar libremente sobre todo lo opinable. El dialogo es siempre enriquecedor, pero lo es mucho más entre mentes no cegadas por la visceralidad y, sobre todo, cuando está presente la caridad. Seguramente que un diálogo menos radicalizado y más fraterno ayudaría a encontrar ese punto de equilibrio, que permita remar conjuntamente en la misma dirección, pues en esta noche oscura que estamos atravesando no sobramos nadie, todos somos necesarios.

 En medio de esta enconada polémica, que tiene como telón de fondo la migración, un nuevo caso de violencia ha venido a exacerbar aún más los ánimos. Un Joven magrebí acaba de prender fuego a la iglesia de Santiago Apóstol en Albuñol (Granada), después de reventar a martillazos imágenes religiosas, entre las que se encontraban tallas de la Virgen y de Cristo. Espero que, si a un vecino de este pueblo se le ocurre decir que no le gusta que alguien de fuera venga a devastar su patrimonio, no sea tildado de islamófobo o de cosas peores, por algún grupo católico pro-islamista.    

Naturalmente que el caso de Jumilla, que tanto revuelo ha ocasionado, no pasa de ser  algo meramente anecdótico, pero bien pudiera ser el iceberg de un asunto de mayor trascendencia, que apunta al diálogo interreligioso, en el que están involucradas tanto autoridades civiles como eclesiásticas  y en el que, en mi opinión, se debería tener muy en cuenta el peligroso avance territorial y social  que está experimentando el islamismo, considerado no solo como un conjunto de creencias, valores y forma de vida, sino como un tipo de civilización con aspiraciones políticas, poco respetuosa por cierto, con el pluralismo y menos aún con la libertad religiosa, tal como es sabido de todos. Sé que al decir esto algunos me tildarán de exagerado, pero hí están los datos. En Francia, los musulmanes representan entre el 8 y el 12 % de la población total. Si las previsiones de natalidad se cumplen, los hijos de nuestros nietos podrían asistir a un cambio demográfico espectacular, que permita hablar de una Francia musulmanizada. Triste presagio. La hermana mayor de la Iglesia, después de haber renegado de sus raíces cristianas, podría caer en manos de una civilización presidida por el fanatismo. El Gobierno Francés se muestra preocupado y en uno de sus informes pone de manifiesto que, el ascenso del grupo de los Hermanos Musulmanes, al infiltrarse en asociaciones culturales o de otra índole, amenaza la cohesión nacional. Los servicios de inteligencia descubrieron que este grupo había logrado imponer su agenda al conjunto de los musulmanes en Francia y que tenía como fin último instaurar la ley islámica. Según palabras del líder egipcio, hay que islamizar la sociedad, no por medio de la violencia sino mediante la infiltración en todos los estamentos sociales, escuelas, universidades, agrupaciones comunitarias. Es evidente que la ‘sharia’ (ley islámica) es incompatible con la civilización de occidente.

No hace falta ir a Francia, basta con analizar, lo que sucede en España. Mientras aquí se cierran o venden edificios religiosos e iglesias, el islamismo está cubriendo los huecos dejados por el catolicismo.  De la primera mezquita en 1980 hemos pasado a más de 1500 mezquitas y lugares de culto, lo cual no deja de ser preocupante, teniendo en cuenta que la mezquita no es simplemente un lugar de oración, es mucho más, es un lugar de adoctrinamiento, donde se inicia a los niños en el radicalismo y se les prepara para que puedan mostrarse refractarios a toda influencia procedente de otras fuentes. El poeta turco Ziya Gökalp, lo supo expresar muy bien en breves palabras: “Las mezquitas serán nuestras casernas, los minaretes nuestras bayonetas. ”Hace falta estar ciegos para no ver que, mientras  en occidente el catolicismo está  en retroceso, el islam, en cambio ha experimentado una expansión demográfica y social, inimaginable hace tan solo unas décadas.

Para avanzar en sus pretensiones expansionistas, al islamismo no le hace falta hoy recurrir a la Guerra Santa, como en aquellos tiempos de Covadonga, Poitiers, Lepanto o Viena; es suficiente con la apatía y la indiferencia, con la pasividad y ese “dejar  que sean otros los que llevan la voz cantante”  todo ello disfrazado de tolerancia. Hay que reconocer que el problema al que nos enfrentamos no solamente es político sino también religioso. Nuestra fogosidad religiosa no es tan ardiente como la de nuestros antepasados y nuestra voluntad de compromiso cristiano menos firme y decidida. Bien pudiera ser que, en nombre de una libertad religiosa malentendida, estuviéramos abriendo las puertas a un modelo de sociedad que poco tuviera que ver con el humanismo cristiano. El tiempo de reaccionar ha llegado y mañana podía ser ya demasiado tarde.

La libertad religiosa, de la que tanto se viene hablando, es un tema que hay analizar al margen de toda ideología, ya que no conviene mezclar lo político con lo religioso y mucho menos entenderla al margen de la fidelidad al evangelio. Por supuesto que la caridad cristiana ha de ser practicada con todos, por supuesto que hay que tener los brazos abiertos para acoger al peregrino, pero hay que hacerlo como Dios manda y lo mismo sucede con la libertad religiosa, que nunca debiera ser utilizada como excusa para justificar nuestra falta de compromiso y fidelidad al evangelio de Jesucristo. En ningún caso la libertad religiosa ha de ser entendida como una patente de corso que da derecho a todo. Los emigrantes, al igual que los nativos, han de acomodarse a las pautas de comportamiento vigentes en el país de acogida, siendo respetuosos con sus costumbres y tradiciones y nunca tratar de imponer su ley, convivir en paz con el resto de la ciudadanía y no ser motivo de discordia.  

El concilio Vaticano II nos dejó páginas esclarecedoras, que nos hablan de la libertad religiosa como antídoto a un autoritarismo implacable, que llevó el  terror a los espíritus en tiempos de la inquisición.  Es una forma de decirnos que el cristianismo tiene en cuenta la dignidad humana y respeta su libertad, por esta razón el mensaje evangélico no se impone por la fuerza o la violencia sino que, tan solo se propone, para que sea aceptado voluntariamente por aquel que lo desee, pero aquí no acaba la cosa, para comprender en todo su integridad el alcance de esta cuestión, hay que tener en cuenta la tradición y el magisterio de la Iglesia  ejercido a través de los pontificados  que van de Pio IX a Pio XII, según el cual todo católico ha de ser  sobre todo respetuoso con los derechos de Dios, que es tanto como decir que Él y solo Él es dueño y Señor de la historia humana, a quien se le debe todo honor y toda gloria y ha de saber también que Jesucristo es el Rey del universo ante el cual todo rodilla se dobla. El deber, tanto individual como social, de rendir culto a Dios está fuera de toda duda.  Solo quien reconozca en su corazón que hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, puede ser considerado católico. Más aún, no es suficiente con creer esto y guardárselo para sí mismo, es preciso comunicárselo a los demás, incluso a los musulmanes que han venido a nuestros países a convivir con nosotros, porque los cristianos estamos llamados a ser la luz del mundo y no a esconderla bajo el celemín. Eso y no otra cosa es la evangelización.     

243.-Las personas mayores debieran ser tenidas en cuenta

 




 El día 26 de julio, dedicado a los abuelos, da pie para que al menos una vez al año hablemos de ellos y les convirtamos en los protagonistas, que bien se lo merecen.

La veneración por las personas mayores fue cosa de otros tiempos, lo que hoy se lleva es el juvenismo. Ser joven lo es todo, los jóvenes representan la moda del momento. Hay que vestir, pensar y hasta vivir, como lo hacen ellos. A las personas mayores, en cambio, no se las tienen consideración, ni se las escucha, representan el pasado que ya no mueve molinos y hay que centrarse en el momento presente. Los mismos términos «clase pasiva» o «retiro» a la que pertenecen la mayoría de los abuelos, ponen bien a las claras que se trata de unas personas fuera de juego.  

Estas clases pasivas, integradas por jubilados, carecen de relevancia en todos los órdenes, quedando condenados a un ostracismo, que les hace sentirse unas personas inútiles a quienes, por compasión, se les soporta como una carga pesada. Nadie se acuerda de ellas a no ser los políticos en convocatoria de elecciones, y esto no debiera ser así, porque como bien se ha dicho, es la sociedad más que la bilogía la que hace sentirse a los ancianos trastos inútiles.  Ellos son seres humanos, con los mismos derechos que los demás, a quienes tenemos que estar agradecidos después de haber hecho tanto por los demás. Ellos son los que nos han dejado en herencia un acerbo de bienes culturales y económicos de gran valor, un legado importante por el que todos debieran estar agradecidos. Más aún, cada día que pasa siguen demostrado suficientemente que, en manera alguna, no son ese tipo de sujetos inactivos que la gente cree; por el contrario, son ellos los que en muchas ocasiones ayudan a las familias a salir adelante y colaboran con las comunidades y con las ONGs en proyectos humanitarios pero, por lo que se ve, su efectiva labor no siempre es tenida en cuenta a causa de los prejuicios. No hay duda de que su ayuda a los demás debiera tener un  reconocimiento más cumplido.

La discriminación que se ejerce sobre ellos, no solamente es laboral es también familiar, social, política y sobre todo humana y afectiva, que a veces se nos presenta bajo la forma de un cierto proteccionismo paternalista. En la discriminación de los viejos ha tenido mucho que ver la pérdida de valores tradicionales que han sido sustituidos por otros y ni siquiera los medios de comunicación han estado lo suficientemente comprometidos en este asunto, dejándose contagiar del espíritu mercantilista de la época en que vivimos.

Por razón de edad los abuelos se han visto obligados a retrotraerse sobre sí mismos y a vivir en un mundo de soledad y aislamiento. Es obligado mostrarse severos con una sociedad como la nuestra, que se niega a ver a los mayores como seres humanos, que tienen los mismos derechos y necesidades que los demás, pasando de este modo a ser víctimas de una cruel marginación. El abandono que sufren es la razón por la que hoy, decir viejo y decir segregado, ha llegado a ser un pleonasmo. Viejo es lo que ya no sirve, lo que está fuera de uso, es decir una especie de desperdicio, cuyo destino no es otro que el desguace.  La situación deplorable en que viven los ancianos en general es muestra fehaciente del fracaso de la civilización contemporánea. Una sociedad que no acoge y reverencia a las personas mayores está dando muestras de estar enferma. Los pueblos que arrincona a los abuelos es porque se han quedado sin corazón y carecen de sentimientos humanitarios.

No es esto solo. Hay razones de conveniencia propia, que debiera hacer pensar a las generaciones más jóvenes que el paso del tiempo no se detiene y que como ahora ven a los mayores un día ellos mismos se verán.

 Las mejoras en beneficio de los viejos de hoy, un día repercutirán a favor de los que todavía no lo son, pero un día lo serán. Lo que cuando eres joven hagas a favor de remediar la situación de los abuelos por ti mismo lo estás haciendo. Según el dicho popular : “ hijo eres, padre serás, lo que tú hagas a ti te harán” Nadie debiera sentirse a gusto con el abandono de los viejos “pues el llanto que tú le provocas puede ser el tuyo mañana”. Si cuando has sido joven te has portado bien con los viejos tendrás derecho a que los demás hagan lo mismo contigo cuando dejes de serlo, ya que según tratemos nos tratarán.

Circula por ahí una historieta que nos puede servir para ilustrar esto que estamos diciendo y con ella quiero concluir.  Se la conoce con el nombre de “el plato de madera”;  en ella se cuenta que un padre aquejado por las limitaciones propias de la edad, se fue a vivir con su hijo, su nuera y un nieto de cuatro años.  Llegó el momento en que sus manos, su vista, sus torpes movimientos, le impedían hacer las cosas con normalidad y  cuando se sentaba a la mesa era incapaz de sostener con firmeza la cuchara, por lo que la comida acababa en  el suelo y el líquido del vaso  se derramaba sobre el mantel, hasta que un día su presencia en la mesa se hizo insoportable, por cuyo motivo se le condenó a comer solo en una esquina del comedor en un plato de madera  para que en caso de que cuando cayera al suelo, cosa frecuente, no se quebrara. El abuelo por más que lo intentaba no podía evitar lo que tanto desagradaba a la familia y cuando alguna de estas cosas sucedía unas lágrimas empañaban sus ojos. Nadie se daba cuenta de su tragedia, solamente el niño era consciente del sufrimiento interior de su abuelo. Una buena tarde el niño estaba manipulando unos trozos de madera y cuando el padre le preguntó que hacía, él le respondió que estaba haciendo dos platos de madera para cuando sus padres fueran viejecitos. No hubo necesidad de más palabras. A partir de entonces todo cambió. El abuelo volvió a comer con todos en la mesa y a sentir el calor familiar que hasta entonces no había sentido.

El problema está en que la gente está instalada en el momento presente y no es previsora. Se comporta como si ellos nunca llegaran a ser viejos un día.

245.- Adoctrinamiento político para tener bajo control a la ciudadanía

  Desde los tiempos de los sofistas griegos el poder de la palabra ha venido siendo el arma más poderosa de la que se sirven los políticos p...