2026-03-21

249.-Habermas , el filósofo de la conciliación

 



 Acaba de dejarnos Jürgen Habermas,  uno de los filósofos más influyentes de los últimos años, que será recordado como un hombre el conciliador  que intentó tender puentes entre  la razón laica  y el cristianismo sobre todo por lo que respecta a la última fase de su larga vida, A pesar de que Habermas no fue un cristiano confesional, supo entender, eso sí, la influencia beneficiosa del cristianismo en la sociedad occidental. Su aprecio por todo el potencial cristiano no deja lugar a dudas, sobre todo en lo referente a la ética y a la moral, de modo que, aunque los estados sean laicos o aconfesionales, se hace necesario reconocer el legado de una prolongada tradición cristiana que ha de ser tomado en consideración. No son pocos los conceptos de contenido religioso traspuestos al lenguaje filosófico, como por ejemplo persona, esencia, libertad, justicia, derecho, emancipación.  No en vano el cristianismo durante siglos ha sido el nutriente de la cultura de occidente, por cuya razón Habermas piensa que no se ha agotado este suministro religioso y es bueno que sigas contando con él, lo cual obliga a plantearnos cómo han de relacionarse entre sí el pensamiento posmetafísico, las ciencias y la religión. De una parte, el pensamiento en sí debiera evitar la subordinación a la ciencia y de otra parte  debieran mantenerse la diferencia entre conocimiento y fe. En otro oren de cosas , bueno sería también comenzar distinguiendo lo que es y representa la secularización del poder y la secularización de la sociedad civil, porque son dos realidades diferentes. La secularización del poder estatal lo vemos reflejado en un conjunto de deliberaciones emanadas de las instituciones estatales, que al final acaban en decisiones que afectan a la colectividad. Tal poder estatal debe estar al margen de las influencias religiosas, lo que quiere decir que Iglesia y Estado deben caminar por separado, tal como se viene entendiendo en el magisterio postvaticano. En este sentido, las orientaciones conciliares del Vaticano II, son recibidas por Habermas como un logro que debiera mantenerse.

 Por lo que respecta a la secularización de la sociedad civil, la cosa cambia. En este espacio, Habermas piensa que debe haber pluralidad. Dentro ya de la sociedad civil, tanto las cosmovisiones religiosas como las cosmovisiones seculares, deben ser tratadas con respeto, sus voces han de ser escuchadas y nunca silenciadas, de modo que el ciudadano, creyente o no, pueda expresarse libremente en el ámbito de la esfera pública.  La única limitación que Habermas pone es la derivada de lo que él llama "lingüistización de lo sagrado", que exige a los cristianos utilizar un lenguaje inteligible a todos los ciudadanos y si preciso fuera, han de ser traducidos convenientemente, para que puedan ser entendido, por todos. Traducir los argumentos religiosos a un lenguaje secular es una exigencia de Habermas al interlocutor religioso, para posibilitar que el debate público discurra por cauces democráticos y no dogmáticos.  El lenguaje religioso, debidamente traducido al lenguaje secular, puede incluso entrar a formar parte de las deliberaciones institucionales estatales que puedan acabar afectando a la ciudadanía. Si ello se hace así, entonces llegamos a la conclusión de que incluso en el ámbito de lo político, de alguna manera, aunque sea de forma indirecta, el lenguaje religioso podía tener cabida.  En definitiva, lo que busca Habermas es un diálogo en el que lo que se imponga no sea la fuerza del poder ni el dogmatismo religioso, sino la contundencia de los argumentos esgrimidos. Esta reflexión resulta especialmente oportuna en un momento como el actual, en que  la fuerza y no la escucha, parece que es la destinada a gobernar el mundo.  Al final uno no puede por menos que sorprenderse de que haya tenido que ser Habermas, máximo exponente de la razón secular en nuestro mundo, quien se haya convertido en el defensor de la necesidad de la religión en la vida pública, seguramente porque los acontecimientos históricos de los últimos tiempos han venido a demostrar que, la razón postmetafisica y el progreso siguen necesitando de una referencia superior, en orden a construir una sociedad más justa y humana.

 

 El encuentro de nuestro personaje mantenido con el cardenal Ratzinger (Benedicto XVI), allá por enero de 2024 en la Academia Católica de Babiera, sirvió para poner de manifiesto que, frente a la crisis moral y espiritual de occidente, el cristianismo tiene mucho que decir. Habermas, sin renunciar a su talante secular, se vio obligado a reconocer que la religión estaba llamada a jugar un papel importante en la vida pública,  así mismo reconoció igualmente que la razón secular no había podido suplir el vacío antropológico producido por la usencia de fe, con lo cual, la proclamada autosuficiencia de la razón secular quedaba en entredicho.  Seguramente este fue el motivo que obligaría a Habermas a incorporar la religión en el proceso discursivo. Todo lo dicho da pie para preguntarse finalmente. ¿Es la fe o es la razón la que está en crisis?                 


247.-Cuando la verdad queda escondida detrás de las palabras

 


Ser buen comunicador hoy día es importante en todos los órdenes de la vida, lo es en el mundo de los negocios, de la publicidad, de la política, de la enseñanza, de las relaciones públicas etc. y la razón es bien sencilla. Vivimos tiempos en donde importa más la forma que el fondo, el relato más que la realidad, la apariencia más que la verdad misma. Por algo Lyotard define a la posmodernidad en que nos está tocando vivir como la era caracterizada por el “pensamiento débil”. Consecuencia inmediata de semejante situación la tenemos en el relativismo generalizado y un cierto sentimiento de animadversión en contra de Verdad absoluta, hasta el punto de ser considerada, enemigo público número uno, por imponerse de forma despótica a todo juicio humano, atentar contra el pluralismo social y cuestionar el sagrado principio de la democracia, según el cual todo se reduce a un juego de opiniones entre ciudadanos libres . ¿Cómo compaginar el sometimiento debido a la Verdad y al Bien objetivos con la voluntad libre y soberana del pueblo para poder decidir según su propia voluntad y gustos?

Si partimos del hecho de que todas las opiniones son respetables es porque las consideramos legítimas y si esto es así, entonces debiéramos ser respetuosos con todas ellas y no poner trabas a algo que se supone está fundamentado en el derecho natural, pero bien mirado, semejante argumentación no pasa de ser pura falacia que confunde el ser con el parecer. En realidad, respetables en sí solo lo son las personas, en cambio, las opiniones pueden serlo o no, en razón del servicio que puedan prestar a la dignidad personal y no cabe duda que hay opiniones inspiradas en el odio, la venganza, el error o el revanchismo, expresiones, y discursos denigrantes que van en dirección contraria a la dignidad humana.  Recurrir a la libertad de expresión para justificar cualquier tipo de opinión o de discurso sería tanto como abrir las puertas a la maledicencia.     

 Estamos acostumbrados a ver, como los autodenominados demócratas se muestran abiertos, sí, a todas las opiniones que van en su misma dirección, pero se resisten a abrir las puertas del parlamento a quienes no aceptan las reglas de juego que ellos mismos han impuesto. Los disidentes para ellos son reaccionarios que hay que mantener al margen y cerrarles las puertas parlamentarias, hasta acabar con ellos.  Piensan que son peligrosos y lo mejor es tenerlos marginados y amordazados, sin que ello deba ser considerado como represión, sino simplemente un curarse en salud para no poner en riesgo la estabilidad del estado.  Cuando conviene, les oiremos decir que hay que ser pluralistas, porque una sociedad compleja como la nuestra así lo exige, pero cuando les interesa, cambiarán su discurso para trasmitirnos el mensaje de que no se puede respetar el cien por cien la diversidad de opiniones, porque si así se hace, pueden colarse los bárbaros y liberticidas, creando graves problemas de estado. En realidad, una democracia que lo aguante todo no es viable, nunca lo fue, ni nunca lo será. Por tanto, para estos forofos habrá que seguir condenando a muerte al antidemócrata Sócrates, como lo hicieron los sofistas, muy demócratas ellos, para que la juventud no se corrompa y habrá que quemar también a fuego lento, el diálogo “La Republica” de Platón, porque en él, se dicen verdades como puños que nos les gusta escuchar. 

Lo cierto es que las opiniones respetables no lo son en razón de su “pedigrí” democrático, sino porque se corresponde con la sustantividad de los hechos. Así, por ejemplo: La realidad sobre Dios es la que es y no depende para nada de que un parlamento democrático decida negar su existencia. La justicia y moralidad dependen de los dictámenes conformes a la ley natural y no de las leyes positivas caprichosas, que se colocan por encima de ella. Esto que debiera ser principios básicos de convivencia ciudadana, dejó de serlo, desde que Maquiavelo estableció un muro de separación entre ética y política, hasta llegar a decir que, por razón de estado, podía justificase cualquier atrocidad.

La gente comienza a darse cuenta que algo no va bien en nuestra sociedad occidental y no son pocos los que estarían dispuestos a canjear algunos activos de libertad por una mayor seguridad y confianza. Fue Z. Bauman, una de las mentes más lúcidas de la posmodernidad, quien antes de partir, dejó sentenciado que: “La felicidad no está en ser libres del todo, sino en aprender a vivir con nuestras dependencias.”Debiéramos aprender también que solo somos hombres y que por encima de nosotros hay una Ley Universal que nos gobierna

 

2026-02-26

246.-Urgente necesidad de un debate sobre humanismo

 

Urgente necesidad de un debate sobre humanismo


Vivimos tiempos de crisis de humanismo sin precedentes y se hace preciso armarnos de una antropología robusta, que sea capaz de devolvernos la esperanza perdida y la pasión por nobles ideales, alimentados por unos principios morales incuestionables e innegociables.

Ya hace algunos años que Z. Bauman, en referencia a esta época que nos está tocando vivir, nos hablaba de “un pensamiento líquido”, que nos ha conducido a una sociedad inestable, fluida e insegura de sí misma, donde ya apenas quedan vestigios de estructuras sólidas y bien asentadas, capaces de desafiar el paso del tiempo.  Es como si la identidad social, familiar o personal, se hubiera diluido y lo único que nos queda ya es fragilidad, inconsistencia, inseguridad, fragmentación por todas las partes, donde todo cambia con celeridad y nada permanece fijo. Nos sentimos acuciados por la necesidad de tener que reinventarnos constantemente para no caer en la rutina y para no quedarnos obsoletos, también para dar rienda suelta a nuestras ansias insaciables de consumismo.

Ante semejante diagnóstico certero, tendremos que preguntarnos si no ha llegado el momento de plantearnos seriamente la forma y manera de cómo salir de esta situación tan deplorable en la que nos encontramos y  mirar a ver qué itinerario tendríamos que recorrer para conseguir un tipo de humanismo integral, respetuoso con la dignidad de la persona, garante de la libertad del hombre  e impulsor  del  espíritu crítico, que nos permita discernir  los juicios bien fundados de la propaganda política, diferenciar la ética de la ideologías, diversificar las exigencia naturales de  las arbitrariedades subjetivas, que tanta confusión origina en los debates públicos.

Hoy como nunca tenemos la obligación de hablar de humanismo y de interesarnos, no solo por lo que me pasa a mí, sino también por lo que les pasa a los demás.  Como bien dejó dicho Terencio: “Humano soy, y nada de lo humano me es ajeno”. Decir que el humanismo ha dejado de ser el tema de nuestro tiempo sería tanto como dar a entender que el hombre ha dejado de ser el centro de nuestras aspiraciones y preocupaciones.  En realidad, la crisis de humanismo que padecemos hoy no viene producida por el hecho de que se guarde silencio y no se hable sobre el hombre, al contrario, la información que actualmente tenemos sobre el hombre es sobreabundante.  Aun así, estamos asistiendo a un proceso de empobrecimiento humano, como diría Heidegger, nunca como en la actualidad se ha tenido tanta información sobre el hombre y nunca como ahora existen tantas dudas sore el mismo ¿Cómo se explica esta paradoja? Seguramente nos está faltando un juicio crítico sólidamente fundamentado, que nos permita poner orden en esta marabunta, que nos ayude separar la paja del grano, la autenticidad de la falacia y nos sirva para a superar los prejuicios y exageraciones de un tecnicismo exacerbado. Una era desbocada como la nuestra, caracterizada por el individualismo, la fragmentación y la fluidez de valores, lo que está pidiendo es un contrapeso que la dote de una razonable estabilidad, está necesitando un discurso exigente que tenga en cuenta la ley natural. El objetivo no sería otro que alcanzar un consenso lo más amplio posible, fundamentado en una ética sólida y consistente, nunca en unas éticas blandengues, subjetivistas y utilitaristas, construidas sobre terreno movedizo.

Si lo que pretendemos es alcanzar es un humanismo integral de amplio consenso es preciso también romper con los moldes de una antropología exclusivamente antropocéntrica, mucho más cuando los ensayos que se han hecho de un humanismo sin Dios han acabado en un estrepitoso fracaso.  ¿No será que el misterio del hombre está incardinado al misterio de Dios, o que, como dice Zubiri, está religado a Dios y por tanto el hombre nunca podrá ser entendido sin una referencia a la divinidad? Y es aquí donde comienza tener sentido EL HUMANISMO CRISTIANO, enriquecido con las verdades reveladas y el magisterio eclesial. Cierto que la visión del hombre al trasluz de la Biblia seguirá siendo un misterio, pero menos que lo es para los ateos. “El Humanismo Cristiano”, en cuanto obra humana que es, está lejos de ser perfecto, pero es necesario contar con él.

Durante mucho tiempo el Humanismo Cristiano de corte aristotélico-tomista fue santo y seña de la civilización occidental, un humanismo que, como bien se ha dicho, está asentado sobre la Acrópolis de Atenas, el Capitolio de Roma y el Gólgota de Jerusalén. Un humanismo en el que ciencia, razón y fe van de la mano, como no podía ser de otra manera, ya que detrás de estas vías de conocimiento está Dios como autor de todas ellas y no iba a contradecirse a sí mismo. Por mucho que se haya dicho y debatido, la imagen del hombre saliendo de las manos de Dios, en modo alguno está en contraposición con la teoría científica, bastante probable, de la evolución. Así lo creyó el propio Darwin, así lo da a entender Bergson en su libro “La evolución creadora” o Teilhard de Chardin, a través de su teoría del cristocentrismo cósmico, en la que el Verbo Encarnado aparece como alfa y omega, principio y fin de todo el proceso. Por la fe sabemos, no solo que el hombre salió de las manos de Dios, sino que fue hecho a su imagen y semejanza ¿Cabe mayor dignidad del hombre?  Si fuéramos conscientes de ello tendríamos que caer de rodillas ante el hermano marginado, que yace tendido en la cuneta como un deshecho de la naturaleza humana.

La fe nos enseña, por fin, que el ideal del hombre es implantar el Reino de Dios en nuestra tierra y vivir en paz y armonía. Hubo un tiempo en que el ideal cristiano de fraternidad, expresado en la propuesta “todos para uno y uno para todos” se hizo realidad. Fue un periodo floreciente, en que la Europa de ahora era conocida como “La Cristiandad”, una especie de “res publica christiana”, en la que había un solo Dios, una sola fe, una sola legislación, una sola lengua, una sola civilización inspirada en los principios cristianos, una época en que trono y altar compartían el mismo sentimiento de hacer visible en el mundo el Reino de Cristo. Luego vendrían los cismas de Oriente y Occidente, las guerras de religión y la Apostasía Modernista Anticristiana, en la que los papas, desde Pio IX hasta Pío XI, pasando por León XIII, Pio X, Benedicto XV, se sienten acosados y tienen que salir en defensa de la fe y condenar a través del “syllabus” las herejías modernistas y las ideologías, tanto de signo socialista como liberal.  Se proclaman la confesionalidad del estado y la soberanía de Cristo Rey sobre toda potestad humana.  Así hasta la llegada del Concilio Vaticano II, en que el Humanismo Cristiano cambia de signo, el anatema da paso al diálogo, se proclama la libertad religiosa, se comienza a hablar de laicidad positiva y de ecumenismo, se defiende la separación entre Iglesia y Estado, se llega a un pacto de no agresión entre el poder civil y religioso, para que cada cual se ocupe de lo suyo, sin meterse en líos, como corresponde al periodo actual caracterizado por la permisividad y el pluralismo y si surge algún conflicto, se recurre a la solución salomónica del  “ni para tí, ni para mí”, partamos a la mitad, tal como ha sucedido en el caso del Valle de los Caídos. Así las cosas y con el transhumanismo llamando a la puerta, no sabemos lo que a partir de ahora pueda suceder. Teilhard de Cardin dejo escritas estas proféticas palabras: “Algún día, tras dominar los vientos, las olas, las mareas, la gravedad, aprovecharemos para Dios la energía del amor”.  Una cosa es segura: “Solo el Humanismo del amor podrá salvarnos.” “Quien no vive para servir, no sirve para vivir humanamente

249.-Habermas , el filósofo de la conciliación

    Acaba de dejarnos Jürgen Habermas,  uno de los filósofos más influyentes de los últimos años, que será recordado como un hombre el conci...