2026-07-24

262.-RETROSPECCIÓN








No sé si estaré equivocado cuando pienso que, de vez en cuando, es necesario hacer un alto en el camino para proyectar la mirada hacia el pasado que va quedando atrás.

Para mí es una práctica bastante habitual y no creo que sea cuestión solamente de años. Esto mismo lo hago también al subir la montaña o caminar por senderos escarpados. Cuando me siento cansado y la marcha comienza a hacerse interminable, me paro, miro hacia atrás y me digo: «¡Ánimo!, es mucho lo que llevo andado; seguro que, si he llegado hasta aquí, será ya fácil acabar mi recorrido».

Me consuelo pensando que el camino ya hecho es tanto o más largo que el que falta por hacer.

Todo lo que nos ha ido sucediendo a lo largo de la vida y lo mucho que nos ha pasado va haciendo de nosotros sujetos experimentados, bien dispuestos para poder afrontar los acontecimientos venideros. De aquí que, de vez en cuando, no venga mal una visión retrospectiva que seguramente acabará reconfortándonos.

No solamente por esto; hay otras razones para no vivir ajenos al pasado.

Nuestra historia no solo vive en la memoria; también permanece en aquellos pequeños recuerdos que el tiempo nunca consigue borrar.

La historia personal que nos da identidad

Lo que llevamos andado es nuestra herencia, un patrimonio que hemos ido acumulando y que nos pertenece; es nuestra historia, la que nos distingue de todos los demás.

Una mujer o un hombre sin pasado es un apátrida, un peregrino errante que viaja sin carnet de identidad.

Estamos convencidos de que esta pobre historia, que atrás vamos dejando, podría haber sido mejor, pero es la nuestra, la de cada cual; por eso hay que quererla, como se quiere a un hijo que necesita más de nuestro amor, como nos queremos a nosotros mismos, aunque estemos muy lejos de ser lo que nos gustaría ser.

He de mirar con serenidad mi pasado, no con nostalgias ni tampoco con resentimiento.

Yo no quiero ser de los que van diciendo que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, ni estoy con los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

A lo más, creo en la memoria selectiva, capaz de resaltar lo bueno y de olvidar lo malo.

Solo después de sumergir nuestros recuerdos en un agua de rosas pueden mostrarse a nuestros ojos como maravillosos, pero solo es apariencia.

No estoy ni con unos ni con otros; mucho menos aún con los que identifican lo bueno con lo nuevo y nos instan a olvidarnos del pasado.

Toda vida deja semillas que, tarde o temprano, encuentran el momento de crecer.

El pasado también siembra el futuro

Si es bien cierto que el pasado, pasado está, no lo es menos también que en él se han ido sembrando semillas de esperanza, llamadas a dar fruto, aunque no sabemos cuándo.

Potencialidades llamadas a convertirse en realidad y que, dicho sea de paso, también un día habrán de ser historia.

Lo que hoy es torbellino de ilusión puede que mañana no sea más que agua estancada en el recuerdo inerte, que ya no moverá molinos.

Volver la vista atrás es también encontrarse con ingenuos sueños infantiles o descabellados proyectos juveniles que un día animaron nuestras vidas y hoy nos hacen sonreír; pero tuvieron que suceder, no fueron vanos, cumplieron su función en el momento en que uno tenía que sentirse vivo.

De ellos nacieron otros sueños e ilusiones, y otros, y otros… que, como todo en la vida, acabaron por ser historia.

Después de vivir la vida, gusta poderla conservar intacta entre las manos, pero esto solo es posible a través de los recuerdos ya marchitos.

La vida que nos tocó vivir, vivida queda para siempre con sus días de luz y sus noches de sombras; podrá ser recordada, sí; pero, como escribió Khalil Gibran:

«El recuerdo es una hoja seca que susurra un momento en el aire y ya no vuelve a escuchársele más.»

Reflexión GraZie

Vivimos mirando hacia delante, convencidos de que el futuro siempre tiene la última palabra. Sin embargo, pocas veces recordamos que la fuerza para seguir avanzando suele encontrarse precisamente detrás de nosotros.

La retrospectiva de la que nos habla Ángel Gutiérrez no invita a quedarse atrapados en la nostalgia, sino a reconciliarse con el propio camino. Cada error, cada ilusión cumplida o frustrada y cada etapa vivida forman parte de una identidad que nadie puede arrebatarnos.

Quizá el pasado no pueda cambiarse, pero sí puede convertirse en el lugar donde comprendemos quiénes somos y por qué seguimos caminando.

Porque, al final, avanzar no consiste en olvidar lo vivido, sino en saber llevarlo con serenidad hasta el siguiente horizonte.

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Ángel Gutiérrez Sanz

VIDA Y OBRA DE ÁNGEL GUTIÉRREZ SANZ

Ángel Gutiérrez Sanz nace en Alaraz (Salamanca) 20 de Julio (1939) en el seno de una familia cristiana, donde se tenía aprecio por la cultura. Fue el más pequeño de una familia numerosa, integrada por siete hermanos. Aquí aprendería las primeras letras. Apenas cumplidos los 11 años, abandona su pueblo natal con destino al internado que los PP. Dominicos tenían en La Mejorada, provincia de Valladolid, luego vendrían otros internados en la provincia de Segovia, Toledo y Ávila, por lo que solo pudo disfrutar del calor de familia en las vacaciones estivales. A los 12 años murió su padre y a los 23, aún sin haber concluido su carrera de filosofía en Madrid, murió su madre, por lo que se vio obligado a trabajar para costearse sus estudios de Filosofía, graduándose finalmente en Madrid por la Universidad Complutense, el año 1964.

Una vez licenciado en Filosofía y Letras y con los estudios completos de Teología, se puso a trabajar como profesor en colegios privados de Madrid. Posteriormente obtendría el grado de doctor por la misma universidad Complutense de Madrid, pero antes de que esto sucediera, fue llamado a filas y tuvo que cumplir su servicio militar, lo que supondría para él un grave contratiempo, al ver truncada su carrera y su vida profesional apenas iniciada. Una vez cumplidas sus obligaciones con la Patria, fue admitido en el mismo colegio que estaba trabajando y la vida volvería a recobrar su ritmo.

En el año 1967 se casaría con la pedagoga Francisca Abad Martín, fijando su residencia en Madrid.

A partir de este momento, Gutiérrez Sanz vivió entregado a la vida familiar, que supo conjugar perfectamente con su profesión de docente y también con sus estudios, porque en los primeros años de matrimonio, Ángel Gutiérrez estaba ocupado en preparar sus oposiciones, para obtener una plaza como profesor numerario de filosofía, a la vez que trataba de concluir su tesis doctoral. Fueron años difíciles, en que tuvo que trabajar duro y sin tregua, para conseguir lo que consiguió.  Cierto que a su lado tuvo siempre a una amiga y colaboradora, que siendo ya madre, no solo supo hacer frente a las circunstancias, manteniendo intacta durante cinco años la licencia por estudios, concedida por el Ministerio de Educación, para que pudiera cursar la carrera de Pedagogía, sino que logró que los ojos de su marido pudieran contemplar la realidad con el verde de la esperanza.

Pasados estos primeros años de matrimonio, la situación fue mejorando. La tesis doctoral que llevaría por título "La Ética en Baltasar Gracián" llegó a feliz término, mereciendo la máxima calificación de "Sobresaliente cum laude", siendo publicada posteriormente. Y sobre todo la obtención de una plaza como profesor titular de filosofía y luego como catedrático de esta misma asignatura, iba a suponer que Gutiérrez Sanz pudiera dedicarse a su pasión de escribir.

En su dilatada vida docente en la enseñanza publica, ha desempeñando diversos cargos directivos, pero ello no ha sido obstáculo para seguir trabajando en el campo de la investigación. Su compromiso   al servicio de la cultura ha quedado patente, tanto en las aulas como fuera de ellas, bien como conferenciante en diversos foros, en el Ateneo de Madrid por ejemplo, así como en colaboración con diversos medios de comunicación social, a través de revistas filosófico-teológicas, históricas. educativas o de pensamiento.

Digno de reseñar es que, siendo catedrático y jefe del Seminario de Filosofía del Instituto Miguel Servet de Madrid y en colaboración con un equipo de profesores de este mismo seminario, obtuvo el Primer Premio Nacional del Segundo Concurso de Prensa sobre artículos, en la modalidad de reportajes sobre Pedagogía, convocado por la Fundación Santa María (S.M.).

En el año 1990, Ediciones TAU saca a la luz su primer libro titulado " Aspectos de una sociedad en crisis", en donde el autor apunta las directrices por donde habría de discurrir su pensamiento.

A partir de entonces su vocación como escritor fue haciéndose más determinante, hasta el momento de su jubilación.

MÁS INFORMACIÓN EN: https://blogculturalgutierrezsanzangel.blogspot.com/p/sobre-mi_10.html

2026-07-12

261.-Los aperos de labranza almacenados en el desván nos hablan de unos hombres recios

 





El hogar como elocuente testigo del pasado

Muchos son los testigos mudos que siguen hablándonos de nuestros antepasados sepultados en el olvido, pero ninguno de ellos tan elocuente como el hogar, donde vivieron hasta que les llegó el momento de partir. Cuántas evocaciones, cuántas remembranzas han quedado sepultadas en las ruinas de estos sagrados recintos. Si fuéramos capaces de hacer hablar a las paredes, a los aposentos, a los enseres… sobre todo a los enseres, podríamos llegar a hacernos una idea sobre qué tipo de personas fueron nuestros ancestros, cómo vivieron, en qué valores creyeron y cuál fue su filosofía de la vida.

Entre el polvo y la penumbra del desván, los aperos de labranza permanecen como testigos silenciosos del esfuerzo y la dignidad de quienes trabajaron la tierra de sol a sol.

Compañeros de fatigas: los aperos de labranza

En los desvanes, amontonados en el suelo llenos de polvo, pueden verse los aperos de labranza, compañeros de fatigas de muchas generaciones: las rejas, que arañaban las entrañas de la tierra; las azadas, que roturaban los campos de regadío; la hoz afilada y la guadaña, con las que se recolectaban montañas ingentes de cosechas. Todos ellos nos hablan de hombres rudos, que no habían nacido para manejar la pluma o la espada, y mucho menos para acariciar las cuerdas del arpa, sino para dominar la naturaleza con sus brazos vigorosos; hombres bravíos y de temple, cuya única ocupación fue trabajar de sol a sol, soportando estoicamente tanto los hielos congelantes del invierno como el fuego incandescente del verano abrasador.

Hombres de temple, austeros y leales

Hombres tenaces y trabajadores, que no sabían lo que es vivir del cuento y nunca comieron otro pan que no fuera el amasado con el sudor de su frente. Ahorradores y de costumbres sencillas, que nunca se vieron en grandes apuros, ni siquiera en los años de escasez y hambruna, porque supieron ser previsores y pensar en el mañana. Forjados en la fragua de la raza ibérica, aprendieron a ser personas esforzadas y austeras, hombres valientes y solidarios, temidos en las guerras y respetados en la paz, leales a la palabra dada, tanto que no necesitaban de documentos firmados para dar validez a sus pactos, porque bastaba con un apretón de manos. Dispuestos siempre para lo que hiciera falta. Pienso que no estaría mal que alguna vez nos acordáramos de ellos y les diéramos las gracias por haber conservado y transmitido íntegramente nuestro patrimonio histórico y cultural.

Hubo un tiempo en que la palabra dada valía más que cualquier documento y un apretón de manos bastaba para sellar un compromiso.

Una filosofía de vida basada en lo esencial

En fin, todo lo que puede decirse de nuestros antepasados es que, seguramente, fueron felices a su manera porque, al contrario de lo que sucede en nuestra sociedad consumista, su filosofía de la vida consistía no en tener mucho, sino en necesitar de muy poco. Les fue suficiente con pan tierno para comer, un vino generoso en la tinaja y que no faltara, por supuesto, el torrezno en la sartén, ni las patatas machaconas o el cocido hechos a fuego lento en el puchero. Algo parecido podría decirse por lo que se refiere al mundo infantil. A los niños de ahora, que vienen ya con un videojuego entre las manos, les resulta difícil entender cómo con tan solo un puñado de canicas, una peonza y una pelota hecha de cuerdas, los niños que les precedieron pudieran satisfacer plenamente sus sueños infantiles.

2026-07-05

260.-Las tradiciones lugareñas, testigos mudos con sabor a magia.

 



Antaño se vivía más del pasado que del presente. Se nacía y se moría con las mismas costumbres, se podía vivir 70  o los años que fueran, sin haber cambiado de profesión o de negocio, algo que los hijos acabarían heredando de sus padres y así sucesivamente. Lo mismo sucedía con las tradiciones, que eran como un legado histórico-cultural que se trasmitía de generación en generación. Un recinto sellado, en que se conservaban los valores, la herencia cultural y el sentir general de todo un colectivo, con la sagrada misión  de establecer vínculos intergeneracionales, que desafiaban el paso del tiempo. Su mensaje llegaba de forma nítida a través de relatos, rituales o festejos, que se iban trasmitiendo de generación en generación sin solución de continuidad. Los mensajes que se solían trasmitir eran de tipo religioso, social, familiar, gastronómicas o folclórico. Frente a los miedos e inquietudes del ser humano nos ofrecían un consuelo, ante nuestras incertidumbres hacían de brújula   y servían de refugio ante la vida el, dolor y la muerte.

Muchas de estas evocadoras tradiciones estaban vinculadas con la llegada de la primavera, como la conocida con el nombre de “Mayos”, que ahí sigue rememorándonos que la naturaleza se renueva cada año y nos invita a los humanos a hacer lo mismo. Llegado el mes de las flores, los mozos del pueblo salían al campo armados de hachas y talaban el chopo más alto que encontraban en la ribera, lo colocaban en medio de la plaza, en un lugar perfectamente identificable y comenzaba el festejo. Ello era motivo para que, en torno a él, se organizaran danzas, cánticos y competiciones, como podía ser la de colocar un premio en la cúspide por si había algún valiente que se atreviera a ir por él. Para dar colorido a la fiesta, se hacían presentes los mayos vivientes, que eran personas disfrazadas de árboles, flores y plantas, escenificando el renacer de la naturaleza. 

Estas tradiciones, que tienen su origen en los fenicios, acabarían teniendo unas connotaciones religiosas, que darían como resultado la celebración de Las Cruces de mayo, con sus altares adornados de flores, mantones y orfebrería preciosa, capaces de atraer a los vecinos, convirtiéndose así en lugares de encuentro, que servían para compartir sentimientos y entonar al unísono canciones que salían del corazón.

 Algo parecido cabe decir de la Noche de S. Juan, en que los lugareños encendían una enorme hoguera purificadora en un lugar estratégico de la plaza del pueblo, para quemar todo lo viejo y emprender un nuevo ciclo. Esta tradición tiene un origen pagano, cuya intencionalidad era alejar los malos espíritus y allanar  el camino a la buena suerte, la salud y la felicidad, lo que se conseguía realizando un ejercicio arriesgado que consistía en saltar 9 veces sobre la hoguera.

Noche evocadora ésta,  vinculada a la naturaleza, al amor  y la fertilidad, en  que grupos de  mozos y mocitas después de “la quemada” salían a recoger el trébol, símbolo de la inmortalidad, que encontraban  en un campo aromatizado, iluminado por  la luna, bajo un manto de costelaciones y estrellas, pero no valía cualquier trébol, debería ser de cuatro hojas, difícil de encontrar y además debería estar aderezado por unas gotitas de rocío que, como perlitas preciosas, la rosada aurora había depositado en sus tiernas hojas. Era la noche también en la que algunos adolescentes   descubrían su primer amor, dejando grabados sus iniciales, en la corteza de los árboles de la alameda, nombres que habrían de continuar unidos más allá de la muerte, porque así de profundo era el sentimiento de estas gentes que nos precedieron. 

Al despertarse por la mañana, alguna muchacha afortunada se encontraría con la sorpresa de que alguien había adornado su ventana con flores y plantas aromáticas o con un ramo encendido de rojas cerezas sazonadas.    

Hablando de tradiciones  en la España rural  no podíamos olvidarnos de  la siesta” muy arraigada en nuestro pueblo si bien su origen data de tiempos romanos.  En la regla de S. Benito  la jornada estaba organizada en lo que se conocía  como horas canónicas, una de las cuales era la hora Sexta , justo a la mitad de la jornada, pensada para  descansar y recuperar fuerzas; de aquí derivaría lo que conocemos familiarmente como la  siesta en unos tiempos en que las jornadas eran agotadoras, siendo obligado un tiempo de descanso para que el cuerpo recuperara energías y la máquina pudiera seguir funcionando.   

 

Asociada a la siesta estaba  la tradición estival de tomar el fresco o la frescada; costumbre de origen típicamente español, que consistía en salir a la puerta de las casas después de cenar, y disfrutar junto con otros vecinos de la leve brisa nocturnina, después de haber aguantado la canícula de un sol abrasador. En definitiva se trataba de un ritual que formaba parte del paisaje cultural español y que servía de descanso para el cuerpo, permitía desconectar de las tensiones, cargar las pilas, recuperar energías y relajarse. Atinada terapia  de nuestros mayores.  Breve tregua, antes de irse a dormir y poder así  conciliar mejor el sueño  

Pero sobre todo la  tradicional costumbre de tomar el fresco representó  durante muchos siglos el reclamo ideal  para un solaz sosiego  del espíritu. A la tenue luz de un firmamento estrellado, los vecinos dialogaban apaciblemente, intercambiaban experiencias, se ponían al día de cuanto pasaba, comentaban juntos las anécdotas y noticias locales  y sobre todo se sentían  hermanados y muy próximos los unos de los otros. Con esta ancestral rutina los lazos de convivencia se vieron fortalecidos y la vida del vecindario llegó a adquirir una dimensión comunitaria que hoy echamos de menos. La gente siente nostalgia de esta tradición perdida, pero las exigencias de los tiempos modernos sobre todo por lo que al tráfico se refiere, hace impensable tratar de recuperarla     

262.-RETROSPECCIÓN

No sé si estaré equivocado cuando pienso que, de vez en cuando, es necesario hacer un alto en el camino para proyectar la mirada hacia el pa...