UN MUNDO EN PAZ
La paz necesita justicia y tolerancia
Necesitamos un mundo en paz, pero, para tener un mundo en paz, necesitamos justicia y tolerancia. Tristemente, nos hemos introducido en el siglo XXI hurgando en viejas heridas que han hecho renacer odios y rencores entre los pueblos y culturas que parecían ya olvidados, cuando lo que hace falta son puentes para llegar a un entendimiento universal.
Paz y no violencia es lo que este mundo nuestro necesita. Los absolutismos étnicos, culturales o religiosos pueden dar lugar a fanatismos que hacen imposible una convivencia pacífica. Respeto y libertad de todos, para todos.
Primero, ser humanos
Hemos de partir del convencimiento de que lo primero y fundamental es ser hombre; luego vendrá el ser cristiano, judío, musulmán o lo que sea. La razón es muy simple: pretender ser buen creyente sin antes ser humano es tarea imposible.
La paz comienza cuando aprendemos a convivir y respetar nuestras diferencias.
Hubo un tiempo en que hablar así pudo ser comprometido, y tal vez aún lo sea en algunas latitudes. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que el Concilio Vaticano II reconociera la libertad religiosa, y ello supuso un paso fundamental en el entendimiento de los pueblos y naciones del mundo, paso que otras religiones no han dado todavía.
Sería estupendo si pudiéramos decir que los tiempos de las luchas entre religiones son cosa del pasado.
Ver al ser humano por encima de las creencias
Los grandes apóstoles de nuestro tiempo, como Teresa de Calcuta, tienen esto muy presente, hasta el punto de que, en el menesteroso, en el abandonado, en el desgraciado, solo ven al hombre y por eso se vuelcan en él, sin tener en cuenta cuál sea su credo religioso.
Es innecesario decir que este tipo de tolerancia que nos acerca unos a otros no tiene por qué ser impedimento para seguir manteniendo la adhesión firme a las convicciones y creencias personales, como fue el caso de esta gran hermana de los pobres.
Se puede ser leal a la fe y a las convicciones personales al tiempo que se respetan las de los demás. Puede que esto llegue a ser indispensable para podernos mantener en paz.
La parábola de los tres anillos
Allá por los siglos VIII o IX se contaba en Bagdad la parábola de los tres anillos, que no deja de ser aleccionadora también para nuestro tiempo.
La parábola reza así:
Un rico hombre en Oriente era dueño de un anillo de oro que tenía la extraña capacidad de hacer que el poseedor fuera querido por Dios y por los hombres.
La parábola de los tres anillos nos invita a reflexionar sobre la tolerancia y el respeto a las creencias de los demás.
A lo largo de varias generaciones, el anillo fue pasando a manos del hijo predilecto, hasta que un padre encontró dificultades a la hora de dejar en herencia este preciado anillo, porque a sus tres hijos los quería por igual.
¿Qué hacer?
Mandó construir dos anillos iguales al auténtico y, cuando le llegó la hora de morir, entregó uno a cada hijo. Los tres se creían en posesión del anillo verdadero.
Cansados de discutir y pelearse, los tres hermanos pusieron el asunto en manos de un honrado juez quien, tras oír la historia, preguntó:
—¿Quién de los tres era querido por todos?
A esta pregunta, ninguno de los tres pudo responder.
Después de un largo silencio, el juez dijo:
—Cada cual intente hacer de su anillo el verdadero, tratando de ser querido por todos. Ya vendrá un juez dentro de muchos años, quizás siglos, que, a la vista de lo que cada cual haya conseguido, dictará sentencia definitiva.
La verdad no necesita imponerse por la fuerza
Las moralejas a sacar pueden ser muchas. La mía es esta: no más guerras ni violencias. La verdad de nuestra fe se impondrá por sí misma a los demás.
No hace falta imponer nada por la fuerza; contentémonos con dar un testimonio auténtico y veraz.


