2026-10-12

270.- Por un mundo con corazón

 





NACIDOS PARA VIVIR JUNTOS

Cada vez estoy más convencido de que la dimensión comunitaria es algo esencial e inseparable de la condición humana. Haría falta, nos dice Aristóteles, ser un dios o una bestia para poder vivir de espaldas a los demás. Hemos nacido para compartir, para entendernos, para vivir juntos y que así fuera, pienso yo, sería una de las mejores cosas que podría pasarnos.

Cuando oigo decir que solo el amor puede salvar al mundo, creo que se está diciendo una gran verdad. Solo cuando nos sentimos cerca los unos de los otros podemos decir que comenzamos a vivir.

Las palabras de J. P. Sartre, que nos hablan de que el infierno son los otros, me dejan un poso de tristeza cuando las leo y me pregunto: ¿por qué trance doloroso estaría atravesando el filósofo francés para decir eso?

En un momento tonto, cualquiera podemos decir cosas que en el fondo no sentimos. Tal vez estuviera bajo los efectos de una pequeña traición o acabara de sufrir un desengaño, algo… no lo sé, de lo que estoy seguro es de que Sartre, como todos, tuvo necesidad de los demás.

EL HORROR DE LA SOLEDAD

¿Qué sería del yo solitario sin un tú, sin un nosotros, vagando errático por el universo?

Qué horror, imaginar tan siquiera que tuviéramos que vivir absolutamente solos, en un mundo despoblado, gélido, incomunicado, en solitaria orfandad, sabiendo que por mucho que gritáramos nadie nos iba a oír. Solo de pensarlo me produce pánico. Esto sí podría ser el infierno.

El horror de la soledad

Si he de estar en el mundo, que sea con los otros, alegrándome y compadeciéndome con ellos. Prefiero decir con Hegel: “El yo somos nosotros y nosotros es el yo”.

CUANDO EL AFECTO SE PIERDE

Nunca sabremos lo que significan las personas que conviven con nosotros hasta que las perdemos. Nunca lamentaremos suficientemente el no habernos entregado a ellas, no haberles dado el amor que merecían.

Nuestro mundo está lleno de personas que sufren desafecto, que viven en la calle, con el corazón a la intemperie, sin recibir calor de nadie, esperando un momento de cariño, que pudiera valer toda una vida, una palabra tierna, una caricia, un abrazo que tal vez no lleguen nunca.

Me imagino a la madre Teresa, por las calles de Calcuta. Se cuenta que en una ocasión, en una de tantas recogidas de pobres y abandonados en las aceras, le tocó el turno, no diré a un anciano, porque en esas circunstancias es difícil llegar a viejo, diré simplemente un pobre hombre en estado terminal.

Le condujeron a una amplia nave, donde le esperaban otros muchos en su misma situación. Allí le dieron todo el cariño y la ternura, para hacer más llevadera su inminente partida.

Cuando el afecto se pierde

Los ojos del indigente se llenaron de una luz especial, sus labios dibujaron una amplia sonrisa y su lengua tuvo todavía tiempo de pronunciar estas palabras: “He pasado toda mi vida como mendigo, pero ahora tengo la inmensa suerte de poder morir como un rey”.

LOS MILAGROS DEL AMOR

Así son los milagros del amor. En cierta manera todos andamos pordioseando afecto por las esquinas, en tanto que nos resistimos a prodigar el nuestro, dejando que se nos pudra dentro.

El afecto que no damos es afecto que se pierde, como el agua de la torrentera que acaba en la alcantarilla:

“Moneda que está en la mano, tal vez se deba guardar. La monedita del alma se pierde si no se da”.

(A. Machado)



2026-10-06

269.- La polaridad llega al seno de la Iglesia






Es opinión generalizada la de que en las democracias de todo el mundo han ido apareciendo unos niveles preocupantes de polarización política y social, que ya no se conforman con un enfrentamiento ideológico, sino que van mucho más allá, hasta proyectarse en un rechazo visceral a quienes piensan de forma diferente, lo que queda perfectamente significado en la expresión “nosotros contra ellos”.

Pareciera que la dialéctica de amigo-enemigo, a la que hace alusión Carl Schmitt, se hubiera impuesto en el ámbito político. Un claro ejemplo de ello lo tenemos en el parlamentarismo español, donde la crispación, el insulto o la agresión verbal están a la orden del día, como si el adversario político fuera un peligroso rival a batir, lo que nos sitúa a las puertas del guerracivilismo.

Lo triste del caso es que esta polarización sociopolítica se ha extendido a las comunidades cristianas, en las que el bloque tradicional y progresista se muestran irreconciliables en asuntos tanto doctrinales como litúrgicos. El fenómeno en cuestión se da como evidente. De ello dan fe sociólogos, analistas y la propia jerarquía eclesiástica y, según los cuales, dicha polarización interna se ha intensificado en el transcurso del pontificado de Francisco.


Quien reiteradamente manifestó su preocupación, dada la trascendentalidad del hecho, porque ya no se trata simplemente de acalorados debates teológicos sobre asuntos diversos, sino de fracturas y pugilatos que apuntan a dos posturas viscerales enfrentadas entre sí y esto precisamente es lo novedoso.

A lo largo y ancho del cristianismo se ha dado como legítima la diversidad teológica, lo que tradicionalmente se conocía como “adiaphora”. Recuérdese al respecto el incidente de Antioquía entre Pedro y Pablo o las famosas disputaciones escolásticas que estuvieron presentes a lo largo de la dilatada historia de la Iglesia, teniendo como protagonistas a santos y teólogos preeminentes, pertenecientes a diversas órdenes y congregaciones religiosas.

Documentosde Iglesia


Contribuyendo de forma admirable al enriquecimiento de la teología y abriendo nuevos cauces a la expresión de una misma fe. Esto fue posible porque unos y otros entendieron que la unidad de la Iglesia no es sinónimo de uniformidad, de modo que se puede servir a la Iglesia desde la diversidad. Como así fue en realidad.

Según el sentir de Romano Guardini, la Iglesia no se rige por la anulación de las diferencias, sino haciendo posible que los contrarios convivan en una tensión fecunda y necesaria. En tal sentido, la Iglesia puede ser vista como una forma de “complexio oppositorum”, en la que cabe una rica pluralidad, siendo la polarización la que ha venido a romper esta unidad al enfrentar a unos grupos contra otros.

En consecuencia, según el citado autor, en la Iglesia no procede la anulación de las diferencias; por contra, hay que hacerlas posibles sin romper la convivencia entre los distintos grupos en una tensión fecunda y necesaria.

Las aportaciones positivas desde las distintas sensibilidades es algo que está fuera de toda duda y así es preciso reconocerlo con generosidad, teniendo como cosa cierta que solo cuando amamos con caridad fraterna es cuando estamos seguros de que no nos podemos equivocar equivocando. La polaridad, en cambio, es otra cosa bien distinta.

Con ella se rebasan las fronteras de lo que es el debate puramente teológico para instalarse en una postura exclusiva y excluyente, originando una tensión existencial que acaba dividiendo en polos opuestos, de modo que quienes estaban llamados a compartir fraternalmente los destinos de una misma comunidad eclesial se declaran enemigos irreconciliables.

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No deja de ser una gran desgracia que, en estos tiempos de crisis religiosa, cuando más falta hace la unión para combatir el ateísmo rampante, nos encontremos con una polarización que dificulta una misión eclesial compartida, que tanta falta está haciendo.

El hecho de que la polaridad responda a una estrategia partidista y discriminativa del “nosotros contra ellos”, nos lleva a pensar que esta perversión no tiene su origen en el Evangelio, sino que se trata de un producto importado de la política, que poco a poco se ha ido introduciendo en las filas católicas.

Maríaen Evangelios


En realidad, la bipolarización política se ha trasladado al plano religioso. De todos es sabido que en el seno de la Iglesia existen hoy día dos grandes corrientes en conflicto. Por una parte, tenemos el progresismo reformista, que sale en defensa de una Iglesia más inclusiva y aperturista, en consonancia con el signo de los tiempos, que viene marcado por la implantación del régimen democrático en nuestra sociedad.

En tal sentido, se ve como una necesidad el dotar de un rol más determinante a los laicos en el organigrama eclesiástico, también se exige un reconocimiento efectivo de la igualdad de la mujer y, sobre todo, el progresismo espera que el Sínodo de la sinodalidad cambie el funcionamiento de la Iglesia Católica, para que todos caminemos y decidamos juntos según el espíritu de los tiempos.

Lo que este grupo busca es una Iglesia descentralizada, donde las decisiones pastorales se tomen mediante el discernimiento comunitario y las responsabilidades sean asumidas de forma compartida. Se pretende, en fin, que laicos, consagrados y obispos compartan conjuntamente la misión evangelizadora que Cristo encomendó a todos los bautizados.


La otra visión, representada por el conservadurismo tradicionalista, responde a objetivos bien distintos. La Iglesia para ellos representa una estructura jerarquizada, presidida por el Sumo Pontífice, que tiene la sagrada misión de custodiar el tesoro de la fe y velar por la pureza del Evangelio, testimoniar el mensaje cristiano y trabajar por implantar en el mundo el Reinado de Cristo, sabiendo que lo demás le será dado por añadidura.

Frente a las modas pasajeras del relativismo moral, laicismo, posmodernismo, etc., el conservadurismo opta por mantenerse fiel a una tradición avalada por siglos, donde la verdad, la belleza y el bien trascienden la pura subjetividad, la familia siga asentada sobre bases sólidas y el bien espiritual tenga preeminencia sobre el bien político y social.

Si analizamos minuciosamente estas dos posturas podremos encontrar en ambas excesos y desaciertos, pero también aportaciones positivas, que habría que tener en cuenta. No sería prudente decir que “unos son los buenos y otros malos de la película”, sobre todo porque con ello se avivaría el fuego de la discordia en un momento en que lo que está haciendo falta es la reconciliación.

Quedémonos con lo mejor de los unos y de los otros y comencemos a remar todos en la misma dirección. Desde Roma hace tiempo que se nos viene alertando de que ha llegado la hora de construir puentes y no muros, de poner moderación en el discurso teológico y olvidarnos “del todo o nada”.

La polaridad entre el “ellos o nosotros” nos aleja de la catolicidad y nos introduce en el sectarismo. De aquí que por encima de cualquier confrontación partidista ha de colocarse el sentimiento de confraternización, que permita, tanto a progresistas como a conservadores, sentirse Iglesia. 

2026-09-18

268.- ¿Es compatible el marxismo con el cristianismo?


 Sabido es de todos la aversión de Marx por el cristianismo al que consideraba como un apéndice del capitalismo, calificándole como el opio del pueblo.   Por su parte la Iglesia Católica rechazó al marxismo con la misma contundencia por su condición de materialista y ateo, sin que faltaran intentos de conciliación entre ambos formas de entender la historia.  Teniendo en cuenta el magisterio de la Iglesia vamos a detenernos en la controversia habida en los últimos tiempos sobre este tema y poder extraer algún tipo de conclusiones.

Por paradójico que parezca el primer intento de aproximación tuvo lugar en las postrimerías del siglo XIX de la mano de Friedrich Engels quien al final de su vida sacó a la luz un trabajo titulado “Contribución a la historia del cristianismo primitivo”, en  el que  se muestra  un  asombroso paralelismo entre el comunismo y las primeras comunidades cristianas perseguidas.  Tres años antes León XIII había publicado su encíclica Rerum Novarum  en la que la propiedad privada era defendida por ser un derecho natural de todo ser humano, al tiempo que se condenaba  el enfrentamiento y la lucha de clases, por no corresponderse con la caridad cristiana. Vendría después Pío XI, ya implantado el comunismo en la URSS, quien de forma tajante dejó sentenciado en su encíclica “ Divini Redemptoris” que el marxismo es intrínsecamente perverso e incompatible con la fe católica en todas sus facetas. En 1949 Pio XII  a través de un decreto del Santo Oficio  condenaba el comunismo  y excomulgaba a los católicos que se declaraban comunistas  o colaboraran con partidos comunistas.

Las cosas cambiarían con el concilio Vaticano II y la estrategia habría de ser otra.  Se iniciaba un periodo de apertura en el que la censura daba paso al diálogo, abriéndose a la posibilidad de que en temas referentes a la justicia social se diera algún tipo de acercamiento entre marxismo y cristianismo. Ello fue motivo para que en Europa se iniciaran movimientos protagonizados por los denominados curas obreros, muchos de ellos politizados que compartían la preocupación marxista por las clases trabajadoras. Se trataba de una organización de sacerdotes católicos impulsada por el cardenal Suhard que allá por los años 1944 primero en  Europa y posteriormente en  América Latina decidieron vivir su vocación  desde  fuera de los templos, utilizando conceptos marxistas  como por ejemplo la lucha de clases  o la alienación económica   con todos los riesgos que ello  comporta.  En el caso concreto de España   fueron muchos los curas que siguiendo el ejemplo francés trabajaron en las fábricas, en las labores del campo incluso en la construcción y creyendo seguir   las instrucciones del concilio  Vaticano II  se aliaron con grupos como la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la Juventud Obrera Cristiana (JOC) , prestando su ayuda en  la organización de sindicatos clandestinos como por ejemplo Comisiones Obreras. Fue el momento en que militantes comunistas se infiltraran en movimientos y organizaciones eclesiales, como por ejemplo la Acción Católica dinamitándolas por dentro.  España no solamente tuvo que soportar la embestida de los curas obreros sino también de los denominados curas rojos marxistas o simpatizante del marxismo, muchos de ellos párrocos o profesores que con perfil diferente a los curas obreros,  colaboraron conjuntamente  haciendo causa común con el comunismo, tratando de desestabilizar al régimen franquista o más concretamente, intentando  romper los fuertes lazos, que le mantenían unido  a la Iglesia   Católica.  En esta operación de desenganche de la iglesia con el estado español estaba interesado el papa Pablo VI, después de que en el concilio Vaticano II se estableciera el principio de libertad religiosa y la separación de  los dos poderes, confiando esta misión al cardenal Vicente Enrique y Tarancón, por aquel entonces presidente de la Conferencia Episcopal Española y al nuncio apostólico Luigi Dadaglio. Fueron  unos años convulsos y difíciles, más aun hubo momentos en que parecía que el asunto se les iba de las manos, debido a la presión ejercida por grupos comunistas infiltrados. Si tuviéramos que hacer balance de este periodo histórico  a tenor de los resultados  tendríamos que calificarles de catastróficos. Los seminarios y centros de formación religiosa en declive , cristianos que perdieron la fe , desbandada de  religiosos y sacerdotes que colgaron los hábitos o las sotanas y desconcierto generalizado en el pueblo de Dios. Conmocionado por todo  lo que estaba sucediendo  el papa Pablo VI no dudó en decir que el humo de satanás había entrado por las grietas de los muros de la iglesia.

La crisis posconciliar se extendió a  América Latina culminando con  el movimiento de la Teología de la Liberación que ya desde el principio se mostró influenciado por la ideología marxista hasta llegar a  comprometer la fe. Ya no era solo teorizar sobre el materialismo histórico y la lucha de clases para explicar la opresión  económica y social de los más pobres en estos países, sino que muchos de su miembros habrían de participar activamente en acción revolucionaria.  La Teología de la Liberación surge hacia el 1960 como una corriente que trata de interpretar el evangelio al trasluz de la pobreza y opresión  que sufren los obreros y campesinos del continente Latino Americano, tomando como reclamo la llamada del Concilio Vaticano II y de  la Conferencia Episcopal de Medellín  que instaba a prestar ayuda a los más pobres y vulnerables. En los orígenes de esta corriente hay que colocar a Gustavo Gutiérrez quien en 1971 publicó su obra titulada “ Teología de la Liberación”  que marcaría las pautas de lo que habría de ser en un futuro la corriente liberacionista. Pronto se le unieron, otros sacerdotes, comunidades eclesiales de base y organizaciones   sociales y de resistencia. A medida que fue tomando cuerpo esta organización fue radicalizándose; primero asumiendo conceptos marxistas, luego politizando el evangelio o anteponiendo la liberación material por encima de la espiritual,  hasta llegar a apoyar la lucha armada e  incluso formar parte de los grupos guerrilleros, llegándose a crear , por decirlo de alguna manera, variados y diferentes tipos de teología de liberación, porque no todos pensaban  de idéntica manera y por lo tanto el juicio valorativo no puede ser el mismo. La situación creada llegó a ser preocupante por lo que la respuesta por parte del Vaticano no tardó en llegar,  a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger,  sacando  dos instrucciones:  Una fue  la Libertatis nuntius (1984), que advertía sobre los peligros del marxismo,  señalando claramente que la liberación del pecado era la primera y fundamental  liberación para poder enfrentarnos a las liberaciones terrenas. La otra Libertatis conscientia (1986),  donde se proponía como modelo a seguir la doctrina social de la Iglesia para hacer frente a la situación que se vivía en América Latina. Posteriormente, Juan Pablo II  acabó cuestionando la postura  de Gustavo Gutiérrez y sancionóando a Leonardo Boff quien acabaría saliéndose de la orden franciscana y  abandonando el sacerdocio.

Con la llegada al pontificado de Francisco, tanto Gustavo Gutiérrez  a nivel personal como la Teología de la Liberación a nivel general tuvieron otro tratamiento. Se enfatizó el trato preferencial de los pobres, se ensalzó el trabajo en favor de los más necesitados, se levantaron sanciones a sacerdotes castigados, el obispo Oscar Romero fue elevado a los altares y se iniciaría el proceso de canonización de Ignacio Ellacuría, que no es poca cosa. Sin duda  la actitud del papa argentino no fue la misma que la de su antecesor pero ello no puede ser interpretado en el sentido de que Francisco  fuera  un defensor a ultranza de la Teología de la Liberación, ni que se mostrara favorable a la tesis de la compatibilidad  entre marxismo y cristianismo sino que bien mirado, todo se redujo a una política de gestos, que eso sí, bien pudieran haber servido para que se siguiera  hablando de  esta corriente, aunque con otros planteamientos , sin que se sepa, si nos encontramos  en realidad ante los mismos perros con distintos callares.

En ocasiones da la impresión de que muchos cristianos, herederos de la Teología de la Liberación,  continúan apostando por un encuentro con el marxismo para  hacer un frente común contra la opresión y desigualdad.  La  actual  desacralización del cristianismo y el nuevo empuje de la ideologías neomarxistas  en temas referentes a la migración, a la  ecología planetaria, justicia social, defensa de los más vulnerables, crítica al capitalismo,  así como a las desigualdades extremas y una mayor atención a la emancipación terrenal sobre la dimensión trascendente de la vida, entre otros,  está haciendo  que en algunos sectores del catolicismo, vuelva a plantear   la posibilidad de un  entendimiento entre ambas posturas que parecía roto  definitivamente a comienzos del siglo XXI.

Puede que como consecuencia de todo lo dicho,  de un tiempo a esta parte se ha dejado de hablar de la caridad cristiana, dando por sentado que el dialogo socio – religioso ha de girar en torno a la solidaridad como punto de encuentro que permite a creyentes y no creyentes trabajar juntos en orden a combatir la desigualdad , la discriminación y la injusticia, lo cual puede ser un grave error sobre todo si la solidaridad es entendida al modo marxista. La solidaridad deja de ser virtud cuando no es voluntaria, sino que viene impuesta por el estado. Más aún, la solidaridad no se compadece con la justicia, cuando a unos se les quita lo que legítimamente les pertenece para dárselo a los otros, prescindiendo de cual sea su “status”  o  condición social. Esta solidaridad de que nos hablan los políticos se ha vuelto sospechosa y hay  quien piensan que es una forma abominable de clientelismo político.

El hecho es, que  en muchos sectores católicos se habla poco de Dios y mucho del hombre, poco de los derechos divinos y mucho de los derechos humanos como si  todo estuviera llamado a resolverse en el marco en un humanismo homocéntrico. Habría que recordar  que esto precisamente es a lo que conduce  el marxismo materialista y ateo   y que pio XI dejó bien claro al  proclamar en su encíclica Divini Redemptoris que el comunismo es perverso  porque expulsa a Dios de la sociedad y de las conciencias, acaba con las familias y la educación cristiana, suprime la libertad individual poniendo como pretexto la igualdad de todos, atenta contra el orden natural, negando el derecho a la propiedad privada, fomenta el odio y no el amor fraternal entre los hombres y su ultima meta es la consecución  de un estado comunista con poder totalitario.

Cierto es que el neomarxismo ha cambiado de estrategia. Se ha olvidada  de la tradicional lucha de clases entre patronos y obreros para  aprovecharse, si llega la ocasión de  nuevas estructuras como la OGS  y  servirse de otros sujetos de lucha como pueden ser grupos marginados, movimientos feministas y ecologistas, minorías étnicas, estudiantes, desempleados etc. De lo que se trata es de agrupar la distintas demandas, que  Laclau y Mouffe denominan populismo de izquierdas interseccional  con el fin de desestabilizar el orden establecido, cuestionando la familia, la religión , el sistema judicial o la iniciativa personal y lo mismo podíamos decir  con respecto al factor económico que ha ido perdiendo fuelle para centrarse en el factor cultural e institucional  Es así como  el neomarxismo de hoy  a instancias de Gramsci intenta dar la batalla en el ámbito cultural, haciéndose presente en las universidades, en los medios de comunicación, en el cine, la literatura, el arte etc , para desde estos escenarios ir imponiendo sus valores y  su visión del mundo. Todo esto estaría pensado para que los cuadros ideológicos del partido dieran  el salto a las instituciones y  así poder acaparar, puestos importantes en la administración pública, tales como direcciones generales, ministerios, cargos relevantes en organismos internacionales o representación en el poder judicial; en una palabra meter la cabeza en el engranaje del estado y una vez dentro utilizar el presupuesto público, las leyes y los programas para  reconvertir, la dominación ideológica en política de estado, sin que apenas se note y lo que es más importante sin tener que recurrir a una revolución violenta.

A pesar de las diferencias existentes entre el marxismo tradicional de Marx y  el diseñada por la Escuela de Fráncfort, lo que puede decirse en términos generales, es que el neomarxismo,  al oponerse a la propiedad privada de los medios de producción no está siendo justo y por supuesto, con ello genera más problemas de los que resuelve.  Sobre este punto debieran reflexionar  muy seriamente todos aquellos creyentes católicos que dicen ser cristianos en lo religioso, pero que en lo político se consideran marxistas.

270.- Por un mundo con corazón

  NACIDOS PARA VIVIR JUNTOS Cada vez estoy más convencido de que la dimensión comunitaria es algo esencial e inseparable de la condición hum...