2026-04-24

250.-¿Resucitaremos gloriosamente todos los hombres con Cristo?

 

 


 

                   

En el cristianismo se encuentra la respuesta ansiosamente buscada, sobre cual habrá de ser el último destino de nuestra mortal existencia humana. Lo que sucede es que desentrañar los misterios de Dios encerrados en el Verbo Encarnado, no se cosa fácil. Después de muchos siglos de historia hemos ido dando forma a un determinado cristianismo, condicionado por las influencias culturales,  ajustado a los los signos de los tiempos, sin podamos sustraernos a los prejuicios y a todas aquellas limitaciones, propias de nuestra condición humana. Diríase que la forma de ver y de vivir nuestro cristianismo, en algo se parece al fruto que va madurando lentamente con el tiempo.

   Vivir la fe en Dios desde la historia humana

Ya desde los primeros siglos aparecen modelos diferenciados, que responden a sensibilidades distintas de entender el cristianismo. Ejemplo claro de esto, lo tenemos entre la Iglesia de Occidente y la Iglesia de Oriente, entre Roma y Egipto, sobre todo a la hora de interpretar el misterio salvífico universal, del que nos vamos a ocupar en este artículo.

Las conversiones masivas procedentes del paganismo romano, con sus correspondientes convencionalismos y tabús, necesariamente habrían de dejar sus huellas en el naciente cristianismo.  Se trataba de una comunidad Neocatecumenal, que en su mayoría había sido educada en el respeto a la ley inspirada en el “Iux Romanum” y aunque se contaba con la gracia divina, la justicia seguía siendo el eje central en el ordenamiento de vida. A partir del Edicto de Milán la Iglesia quedó integrada en la estructura estatal y la figura del emperador, sobre todo Constantino, ostentaría una influencia relevante en la política religiosa, resolviendo disputas doctrinales, como en el caso que nos ocupa.  Nada de extraño pues, que los conversos procedentes del paganismo romano continuaran con sus personales adherencias y vieran a Jesucristo como a un juez de vivos y muertos, quien al final de los tiempos premiaría a los que habían sido buenos y castigaría a los que habían sido malos, siendo solamente aquellos y no éstos, los que gloriosamente resucitaran con Él.

 Otra bien distinta habría de ser  la interpretación de la Iglesia de Alejandría, con personajes tan relevantes en su filas como Orígenes, San Gregorio de Nisa: San Clemente de Alejandría,  San Isaac de Nínive, Evagrio Póntico, San Máximo el Confesor,  y tantos otros, conocedores profundos del espíritu evangélico y agudos intérpretes de las escrituras, donde creyeron encontrar razones, sobre todo en el evangelio de la misericordia de  S. Lucas, para hacer  valer la clemencia y el perdón sobre el justicialismo implacable.  Fueron hombres de Dios convencidos de la victoria final del bien sobre el mal, del abrazo definitivo de Dios a toda la familia humana. Con ello no se estaba negando el infierno, sino que éste era entendido como una pena medicinal y purificadora, de modo que al final de los tiempos todos los hombres y mujeres podían quedar limpios por la gracia, para ser uno con Dios en Cristo Jesús, y poder participar así de su resurrección gloriosa. A través sobre todo de S. Gregorio de Nisa, la esperanza paulina  de que "Dios habrá de ser  todo en todos" (1 Corintios 15:28),  fue creando una corriente mística,  que llegó a ser  importante en Oriente,  si bien  la controversia en torno al misterio salvífico habría de resolverse a favor de la Iglesia de Roma, cuya postura se impuso, debido fundamentalmente a la voluntad del emperador Constantino, a la cultura romanizante en ese momento y también a la influencia  del pelagianismo y semipelagianismo, bastante extendido en esta época. Ello significó que durante muchos siglos el cristianismo iba a estar presidid por la ley del temor más que por la ley del amor, motivo por el cual a Dios se le viera, no tanto como a un Padre amoroso perdonador de hijos pródigos, sino como a un juez inflexible.

La época del cristianismo en la que Dios fue visto más como Juez que como Padre

Con profunda humildad debiéramos de preguntarnos si durante demasiado tiempo, el miedo no fue instrumentalizado para garantizar la obediencia a las instituciones e incrementar la influencia y potestad del clero. Naturalmente no estoy hablando del “santo temor de Dios”, sino del temor servil que tiene su origen en la representación de un Dios iracundo y terrible. Debiéramos reflexionar si no es cierto que, durante mucho tiempo los predicadores católicos estuvieron obsesionados con la condenación eterna, con el juicio final estremecedor, si no fueron en ocasiones portavoces de doctrinas de dudosa solvencia, contribuyendo con ello a ofrecer al mundo una imagen tétrica del cristianismo, que no se correspondía con la “Buena Nueva”. De forma un tanto fantasiosa se fabricó un infierno aterrador y la existencia del “Limbus infantium” (Limbo de los niños) que privaba de la visión beatífica a los infantes no bautizados. Se cometieron excesos con la venta de indulgencias, liberadoras de las penas del purgatorio y los juicios inquisitoriales en ocasiones resultaron ser demasiados rígidos, por no decir injustos. En fin, sinceramente creo que no debiéramos sentirnos orgullosos de unos periodos en la Historia del Cristianismo, en que se enfatizó el temor servil en detrimento de la misericordia divina,

Místicos y teólogos que nos animaron a confiar plenamente en Dios

 Por fortuna también hubo almas privilegiadas, que nos mostraron el rostro amable de Dios, convencidas de que la confianza en Él es la llave de todas las gracias, que nos ayudaron a interpretar el misterio salvífico a la luz del texto paulino   Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom. 5,20). A ellas debiéramos estar profundamente agradecidos.  

Místicos como Juliana de Norwich, que a través de su obra “Revelaciones del Amor Divino” nos manifiesta de que “todo irá bien” y que “la sed que Cristo sufrió en la cruz no será saciada hasta que la última alma salvada haya entrado en su beatitud”. Por su parte, S. Francisco de Sales, no se cansaba de advertirnos que debemos abandonar nuestros miedos y entregarnos por completo a su infinita compasión.

 Otro tanto podría decirse de Sta. Faustina Kowalska (Apóstol de la Divina Misericordia) cuya vida estuvo marcada por su incondicional confianza en Cristo resucitado y su amor compasivo. A través de Jesucristo le fue revelado que, ningún pecado es más grande que su misericordia. Ilimitada fue también la confianza en Dios de Sta Teresita del Niño Jesús, que apasionadamente quiso la salvación de todas las almas y a través de su caminito de la infancia espiritual nos enseñó que no hay mejor ascensor para llegar al cielo que echarse en los brazos de Dios y descansar confiadamente, como lo hiciera un bebé . Teresita fue consciente de que el pecado del mundo es inmenso, pero no es infinito, en cambio el amor misericordioso de Dios sí lo es.

Desde la perspectiva científica Pierre Teilhard de Chardin participa de este mismo optimismo místico, que le lleva a pensar en que, la evolución cósmica de la humanidad y el universo entero, se resolverá en la conjunción con Cristo resucitado, quien ha llenado todo el universo, convirtiéndose en el núcleo mismo de la evolución cósmica, atrayendo a toda la creación hacia sí. En esta unión con Cristo resucitado (Punto Omega) los hombres no perderán su individualidad, sino que la humanidad, unida por el amor a Cristo resucitado, alcanzará su plenitud sin que se pierda la identidad de sus miembros. La evolución cósmica, propuesta por Teilhard, viene a ser una evolución Cristocéntrica, una Cristogénesis. 

Cambio de perspectiva en la Iglesia católica a raíz del Concilio Vaticano II

Después de muchos rifirrafes bien es sabido de todos, que la Iglesia Católica, a partir del Concilio Vaticano II, se ha ido abriendo a este tipo de interpretaciones y el movimiento carismático ha ido tomando cuerpo, extendiéndose por toda la Iglesia, como un soplo del Espíritu renovador. A nivel pastoral han ido cambiando muchas cosas.  La supuesta realidad del “Limbo de los niños” ha desaparecido del catecismo, la imagen física del infierno fantasmagórico está a la baja y ahora se le ve como un estado. La reconciliación universal ha dejado de ser un tema tabú. Antes se preguntaba. ¿Serán muchos los que se salven?  La pregunta ahora es ¿Se salvarán todos los hombres? Esclarecedoras son al respecto las palabras de Juan pablo II en su audiencia del  28 de julio de 1999, donde textualmente se puede leer : “Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el infierno, deben interpretarse correctamente….más que un lugar, indican la situación en que llega a encontrase quien libre y definitivamente  se aleja de Dios….La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es dado a conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos y cuáles han quedado implicados efectivamente en ella “ Mucho más contundentes al respecto, fueron las declaraciones del papa Francisco, quien a nivel puramente personal  expresó su opinión sobre estos temas en una entrevista televisiva en enero de 2024, que  ha dado mucho que hablar, con desmentidos e interpretaciones diferentes.     

 No solo a nivel pastoral, también a nivel teológico, el misterio de la salvación universal ha saltado a primer plano.  En 1988 salió a la luz una obra titulada ¿Nos atrevemos a esperar que todos los hombres se salven? cuyo autor es Hans Urs von Balthasar, teólogo suizo reconocido e influyente, nombrado cardenal por Juan Pablo II. En ella se plantea la pregunta sobre si el infierno está vacío, acariciando la esperanza de que la salvación universal pudiera ser una posibilidad. Se trataría solamente de un planteamiento, sin ir más allá, sin afirmar ni negar nada de forma rotunda. La esperanza de este cardenal-teólogo está basada en que Cristo cargó con los pecados del mundo y bajando a los infiernos invitó a la humanidad entera a resucitar con Él. Lejos de ser una herejía, la esperanza teológica de que la misericordia de Dios alcance a todos los hombres debiera entenderse como un deber cristiano que nos anima a rezar para que todos los hombres se salven.. Hans Urs von Balthasar nunca afirmó que existiera la certeza de que todos los hombres se vayan a salvar, se limitó a atreverse a esperar que ello fuera posible.

No pasados 10 años, otro distinguido teólogo español, Andrés Torres Queiruga, vuelve a retomar el tema en su obra "Recuperar la salvación: para una interpretación liberadora de la experiencia cristiana", publicada por la Editorial Sal Terrae en 1995, en la que el autor nos dice que “Dios no puede meter a uno de sus hijos en un horno “. Según el teólogo gallego, el concepto de infierno, entendido como un lugar de castigo eterno e irreversible, contradice el núcleo del mensaje cristiano, que arranca sobre la base de que la naturaleza de Dios hay que entenderla como amor incondicional, lo que implica una capacidad de perdonar ilimitada. Con ello trata de decirnos que el amor de Dios abarca a todos los seres humanos y que la salvación es una oferta universal.  Seguramente que esto puede resultar más comprensible desde la teología del afecto que desde la teología de la razón, por eso traigo a colación una anécdota que el propio autor nos relata. Sucedió que, en una ocasión, Torres Queiruga pudo presenciar cómo una monja advertía a sus alumnas que, si se portaban mal, Dios las castigaría con el infierno, ante lo cual, como sacerdote que era intervino para preguntarle: ¿Crees que tu madre sería capaz de meterte en un horno y quemarte viva? ¡Claro que no!  respondió la religiosa. Pues se ha de pensar que el amor de todas las madres juntas es nada, comparado con el amor infinito de Dios. 

Previsiblemente se seguirá hablando y mucho de este tema tan trascendental, hasta encontrar un reajuste de los dos ejes entre los que gravita la controversia.  De una parte, tenemos la voluntad del ser humano de aceptar o rechazar a Dios. Tradicionalmente, el magisterio de la Iglesia  ha  visto en la libertad humana un grave escollo a la reconciliación universal, hasta el punto que S. Agustín llegó a decir : “Dios que te creo sin ti no podrá salvarte sin ti “ y por otra parte tenemos la voluntad de Dios omnipotente que quiere  que todos los hombres se salven, con la certeza de que no hay pecado tan grande que no pueda ser borrado por la sangre de Cristo. ¿Habremos de decir que el Dios de Jesucristo es un Dios que quiere salvar a todos los hombres pero que no puede?  O más bien ¿confiar en que la omnipotencia divina inconmensurable podría haber encontrar la forma de hacer valer su gracia sin violentar la libertad humana? Previsiblemente, en los próximos años, con la ayuda de Dios, habrá que trabajar en un proyecto de enorme trascendencia para encontrar sentido a  este dilema, porque no es lo mismo vivir un cristianismo paralizante desde el temor a la condenación eterna, que desde la esperanza cierta del gozo exultante de la Pascua.

2026-03-21

249.-Habermas , el filósofo de la conciliación

 



 Acaba de dejarnos Jürgen Habermas,  uno de los filósofos más influyentes de los últimos años, que será recordado como un hombre el conciliador  que intentó tender puentes entre  la razón laica  y el cristianismo sobre todo por lo que respecta a la última fase de su larga vida, A pesar de que Habermas no fue un cristiano confesional, supo entender, eso sí, la influencia beneficiosa del cristianismo en la sociedad occidental. Su aprecio por todo el potencial cristiano no deja lugar a dudas, sobre todo en lo referente a la ética y a la moral, de modo que, aunque los estados sean laicos o aconfesionales, se hace necesario reconocer el legado de una prolongada tradición cristiana que ha de ser tomado en consideración. No son pocos los conceptos de contenido religioso traspuestos al lenguaje filosófico, como por ejemplo persona, esencia, libertad, justicia, derecho, emancipación.  No en vano el cristianismo durante siglos ha sido el nutriente de la cultura de occidente, por cuya razón Habermas piensa que no se ha agotado este suministro religioso y es bueno que sigas contando con él, lo cual obliga a plantearnos cómo han de relacionarse entre sí el pensamiento posmetafísico, las ciencias y la religión. De una parte, el pensamiento en sí debiera evitar la subordinación a la ciencia y de otra parte  debieran mantenerse la diferencia entre conocimiento y fe. En otro oren de cosas , bueno sería también comenzar distinguiendo lo que es y representa la secularización del poder y la secularización de la sociedad civil, porque son dos realidades diferentes. La secularización del poder estatal lo vemos reflejado en un conjunto de deliberaciones emanadas de las instituciones estatales, que al final acaban en decisiones que afectan a la colectividad. Tal poder estatal debe estar al margen de las influencias religiosas, lo que quiere decir que Iglesia y Estado deben caminar por separado, tal como se viene entendiendo en el magisterio postvaticano. En este sentido, las orientaciones conciliares del Vaticano II, son recibidas por Habermas como un logro que debiera mantenerse.

 Por lo que respecta a la secularización de la sociedad civil, la cosa cambia. En este espacio, Habermas piensa que debe haber pluralidad. Dentro ya de la sociedad civil, tanto las cosmovisiones religiosas como las cosmovisiones seculares, deben ser tratadas con respeto, sus voces han de ser escuchadas y nunca silenciadas, de modo que el ciudadano, creyente o no, pueda expresarse libremente en el ámbito de la esfera pública.  La única limitación que Habermas pone es la derivada de lo que él llama "lingüistización de lo sagrado", que exige a los cristianos utilizar un lenguaje inteligible a todos los ciudadanos y si preciso fuera, han de ser traducidos convenientemente, para que puedan ser entendido, por todos. Traducir los argumentos religiosos a un lenguaje secular es una exigencia de Habermas al interlocutor religioso, para posibilitar que el debate público discurra por cauces democráticos y no dogmáticos.  El lenguaje religioso, debidamente traducido al lenguaje secular, puede incluso entrar a formar parte de las deliberaciones institucionales estatales que puedan acabar afectando a la ciudadanía. Si ello se hace así, entonces llegamos a la conclusión de que incluso en el ámbito de lo político, de alguna manera, aunque sea de forma indirecta, el lenguaje religioso podía tener cabida.  En definitiva, lo que busca Habermas es un diálogo en el que lo que se imponga no sea la fuerza del poder ni el dogmatismo religioso, sino la contundencia de los argumentos esgrimidos. Esta reflexión resulta especialmente oportuna en un momento como el actual, en que  la fuerza y no la escucha, parece que es la destinada a gobernar el mundo.  Al final uno no puede por menos que sorprenderse de que haya tenido que ser Habermas, máximo exponente de la razón secular en nuestro mundo, quien se haya convertido en el defensor de la necesidad de la religión en la vida pública, seguramente porque los acontecimientos históricos de los últimos tiempos han venido a demostrar que, la razón postmetafisica y el progreso siguen necesitando de una referencia superior, en orden a construir una sociedad más justa y humana.

 

 El encuentro de nuestro personaje mantenido con el cardenal Ratzinger (Benedicto XVI), allá por enero de 2024 en la Academia Católica de Babiera, sirvió para poner de manifiesto que, frente a la crisis moral y espiritual de occidente, el cristianismo tiene mucho que decir. Habermas, sin renunciar a su talante secular, se vio obligado a reconocer que la religión estaba llamada a jugar un papel importante en la vida pública,  así mismo reconoció igualmente que la razón secular no había podido suplir el vacío antropológico producido por la usencia de fe, con lo cual, la proclamada autosuficiencia de la razón secular quedaba en entredicho.  Seguramente este fue el motivo que obligaría a Habermas a incorporar la religión en el proceso discursivo. Todo lo dicho da pie para preguntarse finalmente. ¿Es la fe o es la razón la que está en crisis?                 


247.-Cuando la verdad queda escondida detrás de las palabras

 


Ser buen comunicador hoy día es importante en todos los órdenes de la vida, lo es en el mundo de los negocios, de la publicidad, de la política, de la enseñanza, de las relaciones públicas etc. y la razón es bien sencilla. Vivimos tiempos en donde importa más la forma que el fondo, el relato más que la realidad, la apariencia más que la verdad misma. Por algo Lyotard define a la posmodernidad en que nos está tocando vivir como la era caracterizada por el “pensamiento débil”. Consecuencia inmediata de semejante situación la tenemos en el relativismo generalizado y un cierto sentimiento de animadversión en contra de Verdad absoluta, hasta el punto de ser considerada, enemigo público número uno, por imponerse de forma despótica a todo juicio humano, atentar contra el pluralismo social y cuestionar el sagrado principio de la democracia, según el cual todo se reduce a un juego de opiniones entre ciudadanos libres . ¿Cómo compaginar el sometimiento debido a la Verdad y al Bien objetivos con la voluntad libre y soberana del pueblo para poder decidir según su propia voluntad y gustos?

Si partimos del hecho de que todas las opiniones son respetables es porque las consideramos legítimas y si esto es así, entonces debiéramos ser respetuosos con todas ellas y no poner trabas a algo que se supone está fundamentado en el derecho natural, pero bien mirado, semejante argumentación no pasa de ser pura falacia que confunde el ser con el parecer. En realidad, respetables en sí solo lo son las personas, en cambio, las opiniones pueden serlo o no, en razón del servicio que puedan prestar a la dignidad personal y no cabe duda que hay opiniones inspiradas en el odio, la venganza, el error o el revanchismo, expresiones, y discursos denigrantes que van en dirección contraria a la dignidad humana.  Recurrir a la libertad de expresión para justificar cualquier tipo de opinión o de discurso sería tanto como abrir las puertas a la maledicencia.     

 Estamos acostumbrados a ver, como los autodenominados demócratas se muestran abiertos, sí, a todas las opiniones que van en su misma dirección, pero se resisten a abrir las puertas del parlamento a quienes no aceptan las reglas de juego que ellos mismos han impuesto. Los disidentes para ellos son reaccionarios que hay que mantener al margen y cerrarles las puertas parlamentarias, hasta acabar con ellos.  Piensan que son peligrosos y lo mejor es tenerlos marginados y amordazados, sin que ello deba ser considerado como represión, sino simplemente un curarse en salud para no poner en riesgo la estabilidad del estado.  Cuando conviene, les oiremos decir que hay que ser pluralistas, porque una sociedad compleja como la nuestra así lo exige, pero cuando les interesa, cambiarán su discurso para trasmitirnos el mensaje de que no se puede respetar el cien por cien la diversidad de opiniones, porque si así se hace, pueden colarse los bárbaros y liberticidas, creando graves problemas de estado. En realidad, una democracia que lo aguante todo no es viable, nunca lo fue, ni nunca lo será. Por tanto, para estos forofos habrá que seguir condenando a muerte al antidemócrata Sócrates, como lo hicieron los sofistas, muy demócratas ellos, para que la juventud no se corrompa y habrá que quemar también a fuego lento, el diálogo “La Republica” de Platón, porque en él, se dicen verdades como puños que nos les gusta escuchar. 

Lo cierto es que las opiniones respetables no lo son en razón de su “pedigrí” democrático, sino porque se corresponde con la sustantividad de los hechos. Así, por ejemplo: La realidad sobre Dios es la que es y no depende para nada de que un parlamento democrático decida negar su existencia. La justicia y moralidad dependen de los dictámenes conformes a la ley natural y no de las leyes positivas caprichosas, que se colocan por encima de ella. Esto que debiera ser principios básicos de convivencia ciudadana, dejó de serlo, desde que Maquiavelo estableció un muro de separación entre ética y política, hasta llegar a decir que, por razón de estado, podía justificase cualquier atrocidad.

La gente comienza a darse cuenta que algo no va bien en nuestra sociedad occidental y no son pocos los que estarían dispuestos a canjear algunos activos de libertad por una mayor seguridad y confianza. Fue Z. Bauman, una de las mentes más lúcidas de la posmodernidad, quien antes de partir, dejó sentenciado que: “La felicidad no está en ser libres del todo, sino en aprender a vivir con nuestras dependencias.”Debiéramos aprender también que solo somos hombres y que por encima de nosotros hay una Ley Universal que nos gobierna

 

250.-¿Resucitaremos gloriosamente todos los hombres con Cristo?

                          En el cristianismo se encuentra la respuesta ansiosamente buscada, sobre cual habrá de ser el último destino...