2026-02-26

246.-Urgente necesidad de un debate sobre humanismo

 

Urgente necesidad de un debate sobre humanismo


Vivimos tiempos de crisis de humanismo sin precedentes y se hace preciso armarnos de una antropología robusta, que sea capaz de devolvernos la esperanza perdida y la pasión por nobles ideales, alimentados por unos principios morales incuestionables e innegociables.

Ya hace algunos años que Z. Bauman, en referencia a esta época que nos está tocando vivir, nos hablaba de “un pensamiento líquido”, que nos ha conducido a una sociedad inestable, fluida e insegura de sí misma, donde ya apenas quedan vestigios de estructuras sólidas y bien asentadas, capaces de desafiar el paso del tiempo.  Es como si la identidad social, familiar o personal, se hubiera diluido y lo único que nos queda ya es fragilidad, inconsistencia, inseguridad, fragmentación por todas las partes, donde todo cambia con celeridad y nada permanece fijo. Nos sentimos acuciados por la necesidad de tener que reinventarnos constantemente para no caer en la rutina y para no quedarnos obsoletos, también para dar rienda suelta a nuestras ansias insaciables de consumismo.

Ante semejante diagnóstico certero, tendremos que preguntarnos si no ha llegado el momento de plantearnos seriamente la forma y manera de cómo salir de esta situación tan deplorable en la que nos encontramos y  mirar a ver qué itinerario tendríamos que recorrer para conseguir un tipo de humanismo integral, respetuoso con la dignidad de la persona, garante de la libertad del hombre  e impulsor  del  espíritu crítico, que nos permita discernir  los juicios bien fundados de la propaganda política, diferenciar la ética de la ideologías, diversificar las exigencia naturales de  las arbitrariedades subjetivas, que tanta confusión origina en los debates públicos.

Hoy como nunca tenemos la obligación de hablar de humanismo y de interesarnos, no solo por lo que me pasa a mí, sino también por lo que les pasa a los demás.  Como bien dejó dicho Terencio: “Humano soy, y nada de lo humano me es ajeno”. Decir que el humanismo ha dejado de ser el tema de nuestro tiempo sería tanto como dar a entender que el hombre ha dejado de ser el centro de nuestras aspiraciones y preocupaciones.  En realidad, la crisis de humanismo que padecemos hoy no viene producida por el hecho de que se guarde silencio y no se hable sobre el hombre, al contrario, la información que actualmente tenemos sobre el hombre es sobreabundante.  Aun así, estamos asistiendo a un proceso de empobrecimiento humano, como diría Heidegger, nunca como en la actualidad se ha tenido tanta información sobre el hombre y nunca como ahora existen tantas dudas sore el mismo ¿Cómo se explica esta paradoja? Seguramente nos está faltando un juicio crítico sólidamente fundamentado, que nos permita poner orden en esta marabunta, que nos ayude separar la paja del grano, la autenticidad de la falacia y nos sirva para a superar los prejuicios y exageraciones de un tecnicismo exacerbado. Una era desbocada como la nuestra, caracterizada por el individualismo, la fragmentación y la fluidez de valores, lo que está pidiendo es un contrapeso que la dote de una razonable estabilidad, está necesitando un discurso exigente que tenga en cuenta la ley natural. El objetivo no sería otro que alcanzar un consenso lo más amplio posible, fundamentado en una ética sólida y consistente, nunca en unas éticas blandengues, subjetivistas y utilitaristas, construidas sobre terreno movedizo.

Si lo que pretendemos es alcanzar es un humanismo integral de amplio consenso es preciso también romper con los moldes de una antropología exclusivamente antropocéntrica, mucho más cuando los ensayos que se han hecho de un humanismo sin Dios han acabado en un estrepitoso fracaso.  ¿No será que el misterio del hombre está incardinado al misterio de Dios, o que, como dice Zubiri, está religado a Dios y por tanto el hombre nunca podrá ser entendido sin una referencia a la divinidad? Y es aquí donde comienza tener sentido EL HUMANISMO CRISTIANO, enriquecido con las verdades reveladas y el magisterio eclesial. Cierto que la visión del hombre al trasluz de la Biblia seguirá siendo un misterio, pero menos que lo es para los ateos. “El Humanismo Cristiano”, en cuanto obra humana que es, está lejos de ser perfecto, pero es necesario contar con él.

Durante mucho tiempo el Humanismo Cristiano de corte aristotélico-tomista fue santo y seña de la civilización occidental, un humanismo que, como bien se ha dicho, está asentado sobre la Acrópolis de Atenas, el Capitolio de Roma y el Gólgota de Jerusalén. Un humanismo en el que ciencia, razón y fe van de la mano, como no podía ser de otra manera, ya que detrás de estas vías de conocimiento está Dios como autor de todas ellas y no iba a contradecirse a sí mismo. Por mucho que se haya dicho y debatido, la imagen del hombre saliendo de las manos de Dios, en modo alguno está en contraposición con la teoría científica, bastante probable, de la evolución. Así lo creyó el propio Darwin, así lo da a entender Bergson en su libro “La evolución creadora” o Teilhard de Chardin, a través de su teoría del cristocentrismo cósmico, en la que el Verbo Encarnado aparece como alfa y omega, principio y fin de todo el proceso. Por la fe sabemos, no solo que el hombre salió de las manos de Dios, sino que fue hecho a su imagen y semejanza ¿Cabe mayor dignidad del hombre?  Si fuéramos conscientes de ello tendríamos que caer de rodillas ante el hermano marginado, que yace tendido en la cuneta como un deshecho de la naturaleza humana.

La fe nos enseña, por fin, que el ideal del hombre es implantar el Reino de Dios en nuestra tierra y vivir en paz y armonía. Hubo un tiempo en que el ideal cristiano de fraternidad, expresado en la propuesta “todos para uno y uno para todos” se hizo realidad. Fue un periodo floreciente, en que la Europa de ahora era conocida como “La Cristiandad”, una especie de “res publica christiana”, en la que había un solo Dios, una sola fe, una sola legislación, una sola lengua, una sola civilización inspirada en los principios cristianos, una época en que trono y altar compartían el mismo sentimiento de hacer visible en el mundo el Reino de Cristo. Luego vendrían los cismas de Oriente y Occidente, las guerras de religión y la Apostasía Modernista Anticristiana, en la que los papas, desde Pio IX hasta Pío XI, pasando por León XIII, Pio X, Benedicto XV, se sienten acosados y tienen que salir en defensa de la fe y condenar a través del “syllabus” las herejías modernistas y las ideologías, tanto de signo socialista como liberal.  Se proclaman la confesionalidad del estado y la soberanía de Cristo Rey sobre toda potestad humana.  Así hasta la llegada del Concilio Vaticano II, en que el Humanismo Cristiano cambia de signo, el anatema da paso al diálogo, se proclama la libertad religiosa, se comienza a hablar de laicidad positiva y de ecumenismo, se defiende la separación entre Iglesia y Estado, se llega a un pacto de no agresión entre el poder civil y religioso, para que cada cual se ocupe de lo suyo, sin meterse en líos, como corresponde al periodo actual caracterizado por la permisividad y el pluralismo y si surge algún conflicto, se recurre a la solución salomónica del  “ni para tí, ni para mí”, partamos a la mitad, tal como ha sucedido en el caso del Valle de los Caídos. Así las cosas y con el transhumanismo llamando a la puerta, no sabemos lo que a partir de ahora pueda suceder. Teilhard de Cardin dejo escritas estas proféticas palabras: “Algún día, tras dominar los vientos, las olas, las mareas, la gravedad, aprovecharemos para Dios la energía del amor”.  Una cosa es segura: “Solo el Humanismo del amor podrá salvarnos.” “Quien no vive para servir, no sirve para vivir humanamente

2026-02-08

245.- Adoctrinamiento político para tener bajo control a la ciudadanía

 



Desde los tiempos de los sofistas griegos el poder de la palabra ha venido siendo el arma más poderosa de la que se sirven los políticos para tener controladas las mentes. En una sociedad como la nuestra, en que la verdad ha desaparecido y lo único que cuenta es el relato, ellos han encontrado el campo de operaciones ideal, para llevar a cabo el adoctrinamiento de niños y adolescentes a través de la escuela y de los ciudadanos adultos, a través de los medios de comunicación, manipulados por unos periodistas paniaguados. El adoctrinamiento no deja de ser bastante comprensible si tenemos en cuenta que los aspirantes al poder necesitan el voto de los ciudadanos y nada mejor que hacerles creer aquello que ellos quieren que crean.  Por esta razón, la escuela, que debiera ser entendida como lugar de encuentro con la cultura, ha sido convertida por los partidos políticos en un trampolín para relanzar sus proyectos e ideologías, conscientes de que quien controla la educación se hará dueño de la sociedad del futuro. Los políticos tratan de formar sujetos fácilmente manipulables, porque no les gustan los ciudadanos independientes que piensan por sí mismos.

   La asignatura de “Educación para la Ciudadanía” hoy conocida como “Educación Cívica” o  como quieran llamarla, en modo alguno está sirviendo a la formación moral y humana de los alumnos en fase de desarrollo, ni mucho menos para crear en los centros un clima de sana convivencia y la prueba está en que numerosos son los casos de bullying,  en forma de agresiones físicas, verbales o actitudinales, extendiéndose incluso al campo del ciberbulying. Lo que debiera ser una asignatura destinada a promover los valores fuertes se ha convertido en una asignatura de los valores light, que está siendo instrumentalizada para interiorizar prácticas y doctrinas perversas y aleccionando de modo torticero sobre la democracia, a unas mentes que todavía no están capacitadas para desarrollar un juicio crítico. Todo lo que está pasando en la escuela ha de entenderse al trasluz de un lavado de cerebro, en consonancia con los intereses partidistas.

Las visiones político-económicas de los partidos políticos son diferentes, ciertamente, pero hay algo en lo que todos están de acuerdo y es precisamente en dar por buena a la sagrada partitocracia, presentada como un dogma indiscutido e indiscutible, a partir del cual comienzan a construir su particular relato.  Se parte de un hecho, evidente sin duda, como es el pluralismo social. En esto estaríamos de acuerdo. Es cierto que el indiferentismo religioso ha traído como consecuencia que, hombres y mujeres con distintos credos religiosos y morales estén llamados a convivir juntos dentro de una misma sociedad, en donde la democracia es presentada como la única alternativa para garantizar la paz y la concordia, donde son respetadas todas las opiniones y no hay lugar para la injusticia y las desavenencias. Pura falacia.  

En primer lugar: si nos atenemos a los hechos, no parece que la consagración del pluralismo democrático nos haya traído una convivencia idílica, en la que se hayan superado los enfrentamientos a muerte entre unos y que hayan desaparecido los odios y revanchismos.  Lo que estamos viendo es más bien todo lo contrario.

En segundo lugar, habría que reparar si nuestra democracia es tan pluralista como quieren hacernos ver ¿Es verdad que la democracia lo aguanta todo o por el contrario de lo que se trata es de una dictadura de la mayoría sobre las minorías? Los demócratas se muestran abiertos, sí, a todas las opiniones que van en su misma dirección, pero se resisten a abrir las puertas del parlamento a quienes no aceptan las reglas de juego que ellos mismos han impuesto. Los disidentes para ellos son reaccionarios que hay que mantener al margen y cerrarles las puertas parlamentarias, hasta acabar con ellos.  Piensan que son peligrosos y lo mejor es tenerlos marginados y amordazados, sin que ello deba ser considerado como represión, sino simplemente un curarse en salud para no poner en riesgo la estabilidad del estado.  En realidad, una democracia que lo aguante todo no es viable, nunca lo fue ni nunca lo será; así es como piensan los más enardecidos defensores a ultranza de la democracia, con dos caras.  Cuando les conviene, los oiremos decir que hay que ser pluralistas, porque estamos viviendo en una sociedad plural, pero cuando les interesa, cambiarán su discurso para trasmitirnos el mensaje de que no se puede respetar el cien por cien la diversidad de opiniones, porque si así se hace, pueden colarse los bárbaros y liberticidas, creando graves problemas de estado. Sigamos, por tanto, condenando a muerte a Sócrates, como lo hicieron los demócratas sofistas, para que la juventud no se corrompa y quememos a fuego lento las obras de Platón, defensor de la existencia de verdades absolutas y no del relativismo democrático.  

Yo estaría de acuerdo en que no todas las opiniones son respetables, evidentemente hay muchas que no lo son, incluso son corrosivas. Pero para separar el grano de la paja y decidir qué opiniones son veraces y cuales no lo son, yo elegiría criterios de discernibilidad objetivos y fiables, nunca criterios relativistas, que cambian a medida que van cambiando los acontecimientos y circunstancias. Las opiniones respetables no lo son en razón de su “pedigrí” democrático, sino porque se corresponde con la sustantividad de los hechos. La realidad sobre Dios es la que es y no depende para nada de que un parlamento democrático decida negar su existencia. La justicia y moralidad dependen de los dictámenes conformes a la ley natural y no de las leyes positivas caprichosas, que se colocan por encima de ella. Esto que debiera ser un principio básico de convivencia ciudadana, dejó de serlo, desde que Maquiavelo estableció un muro de separación entre ética y política, hasta llegar a decir que, por razón de estado, podía justificase cualquier atrocidad.

Deberíamos de comenzar a cuestionarnos la fe en los relatos que nos llegan por vía del adoctrinamiento político, antes de que sea demasiado tarde y nuestra civilización se haya disuelto como un terrón de azúcar en un vaso de agua. La sutil represión ejercida a través del adoctrinamiento puede ser más peligrosa que la ejercida coactivamente, por cuanto pasa desapercibida y los ciudadanos no son conscientes de ella. Tendremos que despertar. No podemos seguir creyendo a los demagogos y pensar que, si perdemos esto que tenemos, lo que nos espera es la ruina y el caos. Eso es otra milonga más a la que nos tienen acostumbrados.    

Recordemos, nos dicen, lo que paso con Hitler, a quien se le dejó traspasar las puertas de la democracia y luego pasó lo que pasó. Lo que se callan es cómo y por qué después de Hitler ha habido y sigue habiendo mandatarios déspotas, autoritarios, corruptos y demagogos, ungidos con el sacrosanto y aromático oleo democrático, después de haber obtenido la mayoría en las urnas o ¿es que vamos a negar algo que estamos viendo con nuestros propios ojos todos los días?

   Afortunadamente, el mundo accidental se está abriendo a la idea de que algo no va bien en nuestra sociedad y alguna cosa o muchas deberían cambiar. No son pocos los que estarían dispuestos a canjear la partitocracia por la meritocracia, aunque ello supusiera un trueque de algunos activos de libertad por otros de felicidad. Fue Z. Bauman, una de las mentes más lúcidas de la posmodernidad, quien antes de partir, dejó sentenciado que: “La felicidad no está en ser libres del todo, sino en aprender a vivir con nuestras dependencias.” Sea como fuere, erradicar el nefasto adoctrinamiento político, no va a ser cosa fácil, porque ello exigiría que los ciudadanos comenzaran a desarrollar su espíritu crítico y dejar de ser sujetos dóciles y fácilmente moldeables, algo que los políticos y sus adláteres, los periodistas, creadores de la opinión pública, tratarán de impedir por todos los medios. Aun así, consolémonos pensando que no hay mal que por siempre dure o como dijera Abraham Lincoln: “Puedes engañar a algunas personas todo el tiempo y a todas las personas algunas veces, pero no podrás engañar a todas las personas todo el tiempo.” El hoy no es siempre, detrás hay un mañana, preñado de esperanza.       

2025-08-24

244.-Tenemos la obligación de defender nuestra civilización cristiana.

 


Si en algo estamos todos de acuerdo es que la fe y los valores cristianos son la base de la civilización occidental. Renunciar a ellos sería traicionar a nuestros mayores y echar por la borda su rica herencia, que tantos sacrificios y heroísmos les costó. No olvidemos que la claudicación puede presentarse de muchas formas y una de ellas es la de no hacer nada para evitar que otro tipo de credos nos invada. No deja de sorprenderme por ello lo sucedido en Jumilla (España), convertido en centro de una polémica que tiene divididos a la ciudadanía y a la Iglesia Católica, al habérseles negado la autorización para la celebración de la festividad musulmana del Cordero.

Por una parte están los que, por imperativos de la libertad religiosa, se muestran favorables a ceder las instalaciones deportivas e incluso ceder edificios eclesiásticos para la celebración de dicha festividad, mientras que, por otra  parte, están quienes piensan que no se puede permitir a los musulmanes lo que se niega a lo cristianos en su propia ciudad, en clara alusión al hecho reiterado de que los cristianos de casa no se sienten amparados por esa misma libertad religiosa, para rezar el rosario y manifestar sus convicciones religiosas frente a las clínicas abortivas. No entienden por qué para unos sí existe libertad religiosa y para otros no. ¿Lo entiende alguien?

Como católico que soy, me muestro a favor de la paz y concordia universal entre todas las religiones y los pueblos, pero soy de la opinión de que, antes de intervenir en la casa de los demás, necesitamos poner orden en nuestra propia casa. Entiendo que, dentro de la Iglesia Católica haya puntos de vistas diferentes, creo que es bueno el que se pueda hablar libremente sobre todo lo opinable. El dialogo es siempre enriquecedor, pero lo es mucho más entre mentes no cegadas por la visceralidad y, sobre todo, cuando está presente la caridad. Seguramente que un diálogo menos radicalizado y más fraterno ayudaría a encontrar ese punto de equilibrio, que permita remar conjuntamente en la misma dirección, pues en esta noche oscura que estamos atravesando no sobramos nadie, todos somos necesarios.

 En medio de esta enconada polémica, que tiene como telón de fondo la migración, un nuevo caso de violencia ha venido a exacerbar aún más los ánimos. Un Joven magrebí acaba de prender fuego a la iglesia de Santiago Apóstol en Albuñol (Granada), después de reventar a martillazos imágenes religiosas, entre las que se encontraban tallas de la Virgen y de Cristo. Espero que, si a un vecino de este pueblo se le ocurre decir que no le gusta que alguien de fuera venga a devastar su patrimonio, no sea tildado de islamófobo o de cosas peores, por algún grupo católico pro-islamista.    

Naturalmente que el caso de Jumilla, que tanto revuelo ha ocasionado, no pasa de ser  algo meramente anecdótico, pero bien pudiera ser el iceberg de un asunto de mayor trascendencia, que apunta al diálogo interreligioso, en el que están involucradas tanto autoridades civiles como eclesiásticas  y en el que, en mi opinión, se debería tener muy en cuenta el peligroso avance territorial y social  que está experimentando el islamismo, considerado no solo como un conjunto de creencias, valores y forma de vida, sino como un tipo de civilización con aspiraciones políticas, poco respetuosa por cierto, con el pluralismo y menos aún con la libertad religiosa, tal como es sabido de todos. Sé que al decir esto algunos me tildarán de exagerado, pero hí están los datos. En Francia, los musulmanes representan entre el 8 y el 12 % de la población total. Si las previsiones de natalidad se cumplen, los hijos de nuestros nietos podrían asistir a un cambio demográfico espectacular, que permita hablar de una Francia musulmanizada. Triste presagio. La hermana mayor de la Iglesia, después de haber renegado de sus raíces cristianas, podría caer en manos de una civilización presidida por el fanatismo. El Gobierno Francés se muestra preocupado y en uno de sus informes pone de manifiesto que, el ascenso del grupo de los Hermanos Musulmanes, al infiltrarse en asociaciones culturales o de otra índole, amenaza la cohesión nacional. Los servicios de inteligencia descubrieron que este grupo había logrado imponer su agenda al conjunto de los musulmanes en Francia y que tenía como fin último instaurar la ley islámica. Según palabras del líder egipcio, hay que islamizar la sociedad, no por medio de la violencia sino mediante la infiltración en todos los estamentos sociales, escuelas, universidades, agrupaciones comunitarias. Es evidente que la ‘sharia’ (ley islámica) es incompatible con la civilización de occidente.

No hace falta ir a Francia, basta con analizar, lo que sucede en España. Mientras aquí se cierran o venden edificios religiosos e iglesias, el islamismo está cubriendo los huecos dejados por el catolicismo.  De la primera mezquita en 1980 hemos pasado a más de 1500 mezquitas y lugares de culto, lo cual no deja de ser preocupante, teniendo en cuenta que la mezquita no es simplemente un lugar de oración, es mucho más, es un lugar de adoctrinamiento, donde se inicia a los niños en el radicalismo y se les prepara para que puedan mostrarse refractarios a toda influencia procedente de otras fuentes. El poeta turco Ziya Gökalp, lo supo expresar muy bien en breves palabras: “Las mezquitas serán nuestras casernas, los minaretes nuestras bayonetas. ”Hace falta estar ciegos para no ver que, mientras  en occidente el catolicismo está  en retroceso, el islam, en cambio ha experimentado una expansión demográfica y social, inimaginable hace tan solo unas décadas.

Para avanzar en sus pretensiones expansionistas, al islamismo no le hace falta hoy recurrir a la Guerra Santa, como en aquellos tiempos de Covadonga, Poitiers, Lepanto o Viena; es suficiente con la apatía y la indiferencia, con la pasividad y ese “dejar  que sean otros los que llevan la voz cantante”  todo ello disfrazado de tolerancia. Hay que reconocer que el problema al que nos enfrentamos no solamente es político sino también religioso. Nuestra fogosidad religiosa no es tan ardiente como la de nuestros antepasados y nuestra voluntad de compromiso cristiano menos firme y decidida. Bien pudiera ser que, en nombre de una libertad religiosa malentendida, estuviéramos abriendo las puertas a un modelo de sociedad que poco tuviera que ver con el humanismo cristiano. El tiempo de reaccionar ha llegado y mañana podía ser ya demasiado tarde.

La libertad religiosa, de la que tanto se viene hablando, es un tema que hay analizar al margen de toda ideología, ya que no conviene mezclar lo político con lo religioso y mucho menos entenderla al margen de la fidelidad al evangelio. Por supuesto que la caridad cristiana ha de ser practicada con todos, por supuesto que hay que tener los brazos abiertos para acoger al peregrino, pero hay que hacerlo como Dios manda y lo mismo sucede con la libertad religiosa, que nunca debiera ser utilizada como excusa para justificar nuestra falta de compromiso y fidelidad al evangelio de Jesucristo. En ningún caso la libertad religiosa ha de ser entendida como una patente de corso que da derecho a todo. Los emigrantes, al igual que los nativos, han de acomodarse a las pautas de comportamiento vigentes en el país de acogida, siendo respetuosos con sus costumbres y tradiciones y nunca tratar de imponer su ley, convivir en paz con el resto de la ciudadanía y no ser motivo de discordia.  

El concilio Vaticano II nos dejó páginas esclarecedoras, que nos hablan de la libertad religiosa como antídoto a un autoritarismo implacable, que llevó el  terror a los espíritus en tiempos de la inquisición.  Es una forma de decirnos que el cristianismo tiene en cuenta la dignidad humana y respeta su libertad, por esta razón el mensaje evangélico no se impone por la fuerza o la violencia sino que, tan solo se propone, para que sea aceptado voluntariamente por aquel que lo desee, pero aquí no acaba la cosa, para comprender en todo su integridad el alcance de esta cuestión, hay que tener en cuenta la tradición y el magisterio de la Iglesia  ejercido a través de los pontificados  que van de Pio IX a Pio XII, según el cual todo católico ha de ser  sobre todo respetuoso con los derechos de Dios, que es tanto como decir que Él y solo Él es dueño y Señor de la historia humana, a quien se le debe todo honor y toda gloria y ha de saber también que Jesucristo es el Rey del universo ante el cual todo rodilla se dobla. El deber, tanto individual como social, de rendir culto a Dios está fuera de toda duda.  Solo quien reconozca en su corazón que hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, puede ser considerado católico. Más aún, no es suficiente con creer esto y guardárselo para sí mismo, es preciso comunicárselo a los demás, incluso a los musulmanes que han venido a nuestros países a convivir con nosotros, porque los cristianos estamos llamados a ser la luz del mundo y no a esconderla bajo el celemín. Eso y no otra cosa es la evangelización.     

246.-Urgente necesidad de un debate sobre humanismo

  Urgente necesidad de un debate sobre humanismo 26 de febrero de 20026   Vivimos tiempos de crisis de humanismo sin precedentes y se hace p...