2026-10-26

272.- Un mundo en paz .

UN MUNDO EN PAZ


La paz necesita justicia y tolerancia

Necesitamos un mundo en paz, pero, para tener un mundo en paz, necesitamos justicia y tolerancia. Tristemente, nos hemos introducido en el siglo XXI hurgando en viejas heridas que han hecho renacer odios y rencores entre los pueblos y culturas que parecían ya olvidados, cuando lo que hace falta son puentes para llegar a un entendimiento universal.

Paz y no violencia es lo que este mundo nuestro necesita. Los absolutismos étnicos, culturales o religiosos pueden dar lugar a fanatismos que hacen imposible una convivencia pacífica. Respeto y libertad de todos, para todos.

Primero, ser humanos

Hemos de partir del convencimiento de que lo primero y fundamental es ser hombre; luego vendrá el ser cristiano, judío, musulmán o lo que sea. La razón es muy simple: pretender ser buen creyente sin antes ser humano es tarea imposible.

La paz comienza cuando aprendemos a convivir y respetar nuestras diferencias.

Hubo un tiempo en que hablar así pudo ser comprometido, y tal vez aún lo sea en algunas latitudes. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que el Concilio Vaticano II reconociera la libertad religiosa, y ello supuso un paso fundamental en el entendimiento de los pueblos y naciones del mundo, paso que otras religiones no han dado todavía.

Sería estupendo si pudiéramos decir que los tiempos de las luchas entre religiones son cosa del pasado.

Ver al ser humano por encima de las creencias

Los grandes apóstoles de nuestro tiempo, como Teresa de Calcuta, tienen esto muy presente, hasta el punto de que, en el menesteroso, en el abandonado, en el desgraciado, solo ven al hombre y por eso se vuelcan en él, sin tener en cuenta cuál sea su credo religioso.

Es innecesario decir que este tipo de tolerancia que nos acerca unos a otros no tiene por qué ser impedimento para seguir manteniendo la adhesión firme a las convicciones y creencias personales, como fue el caso de esta gran hermana de los pobres.

Se puede ser leal a la fe y a las convicciones personales al tiempo que se respetan las de los demás. Puede que esto llegue a ser indispensable para podernos mantener en paz.

La parábola de los tres anillos

Allá por los siglos VIII o IX se contaba en Bagdad la parábola de los tres anillos, que no deja de ser aleccionadora también para nuestro tiempo.

La parábola reza así:

Un rico hombre en Oriente era dueño de un anillo de oro que tenía la extraña capacidad de hacer que el poseedor fuera querido por Dios y por los hombres.

La parábola de los tres anillos nos invita a reflexionar sobre la tolerancia y el respeto a las creencias de los demás.

A lo largo de varias generaciones, el anillo fue pasando a manos del hijo predilecto, hasta que un padre encontró dificultades a la hora de dejar en herencia este preciado anillo, porque a sus tres hijos los quería por igual.

¿Qué hacer?

Mandó construir dos anillos iguales al auténtico y, cuando le llegó la hora de morir, entregó uno a cada hijo. Los tres se creían en posesión del anillo verdadero.

Cansados de discutir y pelearse, los tres hermanos pusieron el asunto en manos de un honrado juez quien, tras oír la historia, preguntó:

—¿Quién de los tres era querido por todos?

A esta pregunta, ninguno de los tres pudo responder.

Después de un largo silencio, el juez dijo:

—Cada cual intente hacer de su anillo el verdadero, tratando de ser querido por todos. Ya vendrá un juez dentro de muchos años, quizás siglos, que, a la vista de lo que cada cual haya conseguido, dictará sentencia definitiva.

La verdad no necesita imponerse por la fuerza

Las moralejas a sacar pueden ser muchas. La mía es esta: no más guerras ni violencias. La verdad de nuestra fe se impondrá por sí misma a los demás.

No hace falta imponer nada por la fuerza; contentémonos con dar un testimonio auténtico y veraz.

2026-10-22

271.- La opción preferencial por los pobres







A veces nos olvidamos de lo esencial para perdernos en disquisiciones que engendran confusiones y malentendidos. Sería suficiente con saber que el distintivo esencial del cristianismo es el AMOR. ¿Amar a quién? En primer lugar, a Dios sobre todas las cosas y hacerlo de forma apasionada con todo el corazón, algo que tan sublimemente supo expresar Juan de la Cruz en sus poemas encendidos, un amor que se convierte en ejercicio constante y del que todos seremos examinados al atardecer de la vida. En segundo lugar, está la caridad   con los demás, la obligación de amar a todos los hombres sin medida, al modo y manera de cómo nos amamos a nosotros mismos. Esto sería lo fundamental sin reparar, si a quien tenemos delante es bueno o malo, si es nuestro amigo o enemigo, si es rico o pobre, pero a veces sucede que establecemos prelaciones que pudieran confundirse con una cierta acepción de personas.

Según nos cuentan los historiadores de la Iglesia, desde los orígenes del cristianismo   S. Juan, el discípulo amado de Jesús, no se cansaba de repetir a las comunidades cristinas primitivas este mensaje: “hijos míos amaos los unos a los otros”. Cansadas y aburridas éstas de que siempre les decía lo mismo, un día le preguntaron: ¿por qué nos dices siempre lo mismo? a lo que el Maestro respondió: “Porque éste es el mandamiento del Señor y solo esto es suficiente”. Fieles a esta enseñanza recibida, los primeros cristianos hicieron de la caridad fraterna universal la razón de sus vidas.

Con el paso del tiempo y a medida que   la teología fue desarrollándose, se pusieron de manifiesto unas urgencias, que trajeron como consecuencia inmediata una cierta jerarquización del amor universal, que habría de culminar con la proclamación del principio teológico-pastoral conocido como “la opción preferencial por los pobres”. Como veremos más adelante, se trata de una expresión moderna característica de nuestro tiempo, si bien es verdad que rastreando tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento podemos encontrar en esta opción una cierta raigambre bíblica. Con frecuencia el Dios de Israel se nos presenta como el valedor de huérfanos, viudas y desamparados en general. A su vez, Jesucristo se muestra favorable a cualquier acto de misericordia a favor de los más necesitados, como se puede constatar en la parábola de Mateo, según la cual seremos juzgados, a tenor de los actos de conmiseración ejercida con los más vulnerables.  Aún con todo, la preocupación preferente de la Iglesia por los más necesitados es una opción tardía y arranca del concilio Vaticano II y más concretamente del documento conciliar “Gaudium et spes”, para acabar proclamándose como un principio fundamental de la praxis cristiana, en la III Conferencia General celebrada en Puebla 1979. Consciente el episcopado latinoamericano de que tal formulación iba levantar ampollas, pues se cuidó mucho de aclarar que el término preferencial no debía entenderse como exclusivo y excluyente.

Ha pasado medio siglo y se sigue hablando mucho de este tema y no debiera extrañarnos, toda vez que actualmente la conciencia social humanitaria está en auge y resulta completamente normal que aflore con fuerza el interés y la preocupación por quienes peor lo están pasando, incluso hemos de dar gracias a Dios porque así sea. Todo ello en consonancia con lo  expresado por Juan Pablo II en su  encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”, donde claramente se nos dice que tal opción  es legítima, siempre y cuando tal preferencia pueda ser integrada en el contexto de la salvación universal de toda la humanidad, sin que implique acepción de personas, sino tal solo una mayor atención y dedicación  en razón de su necesidad y vulnerabilidad,  algo  complementario, que se traduce por una priorización a favor de los más necesitados en la acción pastoral, en el reparto de recursos y un mayor compromiso en la defensa de la  justicia social y los derechos humanos, que debía de nacer de la caridad cristiana y del evangelio y no inspirarse en ideologías extrañas al mismo.  Este es el motivo por el cual el Papa, en varias ocasiones, salió al paso, con la intención de expurgar a la opción preferencial de los pobres de cualquier tipo de connotación ideológica. Por otra parte quiso dejar claro, que en esta opción preferencial de los pobres deben estar incluidos también los indigentes espirituales, que no conocen el evangelio y nunca han oído hablar de Jesucristo, por lo que no se trata ya  solamente de dotar de recursos materiales (comida, vivienda, dinero ) a los desheredados de la tierra, sino que hay que procurar también las ayudas, los medios  y auxilios espirituales, a quienes están lejos de la fe y no conocen el evangelio, para que también ellos  alcancen  la salvación eterna.

La opción por los pobres ha de ser vista como una fórmula, que se encuadra en la práctica de la caridad cristiana, de ello no cabe la menor duda. No conozco a ningún católico que cuestione la ayuda a los más necesitados. Entonces ¿por qué este tema está generando tan fuertes tensiones en la Iglesia Católica.? Pues porque ha habido exageraciones y desviaciones, tanto en la forma como en el fondo, por parte de algunos a la hora de interpretar tal principio, lo que ha generado sospechas fundadas en no pocas conciencias.  Las desavenencias  surgen  porque hay quienes piensan que la revolución que está necesitando el cristianismo es de tipo económico y político, mientras que  otros creen que, aun siendo importante la promoción humana y social, la misión esencial del cristianismo no es ésa, sino que debe ser la evangelización, ya que siempre se ha entendido que evangelizar es llevar a todos los pueblos la buena nueva, que se traduce por el anuncio del “kerigma”, que no es otra cosa que dar a conocer la salvación, llevada a cabo por el sacrificio de Cristo Jesús. Lo que con el kerigma se pretende, no es otra cosa que ofrecer esta salvación a todos los hombres sin excepción y el punto de arranque no debiera ser otro que el de la conversión interior, pues de no ser así estaríamos colocando la carreta delante de los bueyes. A quien pone sus ojos en Cristo no le hace falta más, sin duda acabará viendo en el pobre a un hermano.  Quien conoce la vida de los santos, sabe bien que en todos ellos resplandece una bondadosa solidaridad con los más necesitados y vulnerables y ello es así porque la misericordia y la plenitud interior van de la mano. Bien claro lo dejó anunciado el Divino Maestro al decirnos: “Buscad el reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura.”

La opción preferencial por los pobres está creando confusión en los fieles, porque en el fondo existen dos visiones contrapuestas en orden a la praxis cristiana: una apunta a la transformación social y la otra se centra en la vida del espíritu. En ocasiones la politización de la fe resulta tan burda que la figura del Buen Pastor es sustituida por la de un líder revolucionario, que poco tiene que ver con la redención espiritual.  Tampoco resulta acertada la idealización del pobre por parte de algunas mentes, que le ven   como sujeto mesiánico, mientras que al rico se le sataniza, cuando la realidad es que buenos y malos los hay   tanto entre ricos como entre pobres, en la misma proporción y no verlo así es alentar la tensión y lucha entre ambos, lo cual en manera alguna responde al espíritu del evangelio que predica el amor y la concordia. A consecuencia de esto, se ha producido una cierta devaluación de lo sagrado. La liturgia y la oración quedan fuera de la consideración de quienes piensan que lo único importante es la liberación humana. Cuando menos, a mí me suena a irrespetuoso oír lamentarse por ahí que, habiendo tanta necesidad y pobreza en el mundo, carece de sentido entregarse a la vida contemplativa, o considerar como una pérdida de tiempo, pasarse las horas muertas en el coro, recreándose espiritualmente en las cadencias del canto gregoriano, mientras el hermano se está muriendo en la calle.

Para acabar, me gustaría apelar a la coherencia y decir que: quienes aspiran a ser la voz de los pobres y necesitados de la tierra tienen un plus en sus obligaciones y si quieren ser ejemplarizantes habrán de comenzar por vivir sencilla y pobremente compartiendo sus preocupaciones y angustias, algo que no siempre ocurre, lo que contribuye a sembrar aún más dudas al respecto. En cualquier caso, lo que queda fuera de toda duda es que, desde el punto de vista católico, la caridad cristiana ha de ser punto de referencia de todos y para todos.


2026-10-12

270.- Por un mundo con corazón

 





NACIDOS PARA VIVIR JUNTOS

Cada vez estoy más convencido de que la dimensión comunitaria es algo esencial e inseparable de la condición humana. Haría falta, nos dice Aristóteles, ser un dios o una bestia para poder vivir de espaldas a los demás. Hemos nacido para compartir, para entendernos, para vivir juntos y que así fuera, pienso yo, sería una de las mejores cosas que podría pasarnos.

Cuando oigo decir que solo el amor puede salvar al mundo, creo que se está diciendo una gran verdad. Solo cuando nos sentimos cerca los unos de los otros podemos decir que comenzamos a vivir.

Las palabras de J. P. Sartre, que nos hablan de que el infierno son los otros, me dejan un poso de tristeza cuando las leo y me pregunto: ¿por qué trance doloroso estaría atravesando el filósofo francés para decir eso?

En un momento tonto, cualquiera podemos decir cosas que en el fondo no sentimos. Tal vez estuviera bajo los efectos de una pequeña traición o acabara de sufrir un desengaño, algo… no lo sé, de lo que estoy seguro es de que Sartre, como todos, tuvo necesidad de los demás.

EL HORROR DE LA SOLEDAD

¿Qué sería del yo solitario sin un tú, sin un nosotros, vagando errático por el universo?

Qué horror, imaginar tan siquiera que tuviéramos que vivir absolutamente solos, en un mundo despoblado, gélido, incomunicado, en solitaria orfandad, sabiendo que por mucho que gritáramos nadie nos iba a oír. Solo de pensarlo me produce pánico. Esto sí podría ser el infierno.

El horror de la soledad

Si he de estar en el mundo, que sea con los otros, alegrándome y compadeciéndome con ellos. Prefiero decir con Hegel: “El yo somos nosotros y nosotros es el yo”.

CUANDO EL AFECTO SE PIERDE

Nunca sabremos lo que significan las personas que conviven con nosotros hasta que las perdemos. Nunca lamentaremos suficientemente el no habernos entregado a ellas, no haberles dado el amor que merecían.

Nuestro mundo está lleno de personas que sufren desafecto, que viven en la calle, con el corazón a la intemperie, sin recibir calor de nadie, esperando un momento de cariño, que pudiera valer toda una vida, una palabra tierna, una caricia, un abrazo que tal vez no lleguen nunca.

Me imagino a la madre Teresa, por las calles de Calcuta. Se cuenta que en una ocasión, en una de tantas recogidas de pobres y abandonados en las aceras, le tocó el turno, no diré a un anciano, porque en esas circunstancias es difícil llegar a viejo, diré simplemente un pobre hombre en estado terminal.

Le condujeron a una amplia nave, donde le esperaban otros muchos en su misma situación. Allí le dieron todo el cariño y la ternura, para hacer más llevadera su inminente partida.

Cuando el afecto se pierde

Los ojos del indigente se llenaron de una luz especial, sus labios dibujaron una amplia sonrisa y su lengua tuvo todavía tiempo de pronunciar estas palabras: “He pasado toda mi vida como mendigo, pero ahora tengo la inmensa suerte de poder morir como un rey”.

LOS MILAGROS DEL AMOR

Así son los milagros del amor. En cierta manera todos andamos pordioseando afecto por las esquinas, en tanto que nos resistimos a prodigar el nuestro, dejando que se nos pudra dentro.

El afecto que no damos es afecto que se pierde, como el agua de la torrentera que acaba en la alcantarilla:

“Moneda que está en la mano, tal vez se deba guardar. La monedita del alma se pierde si no se da”.

(A. Machado)



272.- Un mundo en paz .

UN MUNDO EN PAZ La paz necesita justicia y tolerancia Necesitamos un mundo en paz, pero, para tener un mundo en paz, necesitamos justicia y ...