Desde los tiempos de los sofistas griegos el poder de la palabra ha venido siendo el arma más poderosa de la que se sirven los políticos para tener controladas las mentes. En una sociedad como la nuestra, en que la verdad ha desaparecido y lo único que cuenta es el relato, ellos han encontrado el campo de operaciones ideal, para llevar a cabo el adoctrinamiento de niños y adolescentes a través de la escuela y de los ciudadanos adultos, a través de los medios de comunicación, manipulados por unos periodistas paniaguados. El adoctrinamiento no deja de ser bastante comprensible si tenemos en cuenta que los aspirantes al poder necesitan el voto de los ciudadanos y nada mejor que hacerles creer aquello que ellos quieren que crean. Por esta razón, la escuela, que debiera ser entendida como lugar de encuentro con la cultura, ha sido convertida por los partidos políticos en un trampolín para relanzar sus proyectos e ideologías, conscientes de que quien controla la educación se hará dueño de la sociedad del futuro. Los políticos tratan de formar sujetos fácilmente manipulables, porque no les gustan los ciudadanos independientes que piensan por sí mismos.
La
asignatura de “Educación para la Ciudadanía” hoy conocida como “Educación
Cívica” o como quieran llamarla, en modo
alguno está sirviendo a la formación moral y humana de los alumnos en fase de
desarrollo, ni mucho menos para crear en los centros un clima de sana
convivencia y la prueba está en que numerosos son los casos de bullying, en forma de agresiones físicas, verbales o
actitudinales, extendiéndose incluso al campo del ciberbulying. Lo que debiera ser una asignatura
destinada a promover los valores fuertes se ha convertido en una asignatura de
los valores light, que está siendo instrumentalizada para interiorizar
prácticas y doctrinas perversas y aleccionando de modo torticero sobre la democracia,
a unas mentes que todavía no están capacitadas para desarrollar un juicio
crítico. Todo lo que está pasando en la escuela ha de entenderse al trasluz de
un lavado de cerebro, en consonancia con los intereses partidistas.
Las visiones
político-económicas de los partidos políticos son diferentes, ciertamente, pero
hay algo en lo que todos están de acuerdo y es precisamente en dar por buena a
la sagrada partitocracia, presentada como un dogma indiscutido e indiscutible,
a partir del cual comienzan a construir su particular relato. Se
parte de un hecho, evidente sin duda, como es el pluralismo social. En esto
estaríamos de acuerdo. Es cierto que el indiferentismo religioso ha traído como
consecuencia que, hombres y mujeres con distintos credos religiosos y morales estén
llamados a convivir juntos dentro de una misma sociedad, en donde la democracia
es presentada como la única alternativa para garantizar la paz y la concordia,
donde son respetadas todas las opiniones y no hay lugar para la injusticia y las
desavenencias. Pura falacia.
En primer lugar: si nos atenemos a los hechos, no parece que la
consagración del pluralismo democrático nos haya traído una convivencia idílica,
en la que se hayan superado los enfrentamientos a muerte entre unos y que hayan
desaparecido los odios y revanchismos. Lo
que estamos viendo es más bien todo lo contrario.
En segundo lugar, habría que reparar si nuestra democracia es tan
pluralista como quieren hacernos ver ¿Es verdad que la democracia lo aguanta
todo o por el contrario de lo que se trata es de una dictadura de la mayoría
sobre las minorías? Los demócratas se muestran abiertos, sí, a todas las
opiniones que van en su misma dirección, pero se resisten a abrir las puertas
del parlamento a quienes no aceptan las reglas de juego que ellos mismos han
impuesto. Los disidentes para ellos son reaccionarios que
hay que mantener al margen y cerrarles las puertas parlamentarias, hasta acabar
con ellos. Piensan que son peligrosos y
lo mejor es tenerlos marginados y amordazados, sin que ello deba ser
considerado como represión, sino simplemente un curarse en salud para no poner en
riesgo la estabilidad del estado. En
realidad, una democracia que lo aguante todo no es viable, nunca lo fue ni
nunca lo será; así es como piensan los más enardecidos defensores a ultranza de
la democracia, con dos caras. Cuando les
conviene, los oiremos decir que hay que ser pluralistas, porque estamos
viviendo en una sociedad plural, pero cuando les interesa, cambiarán su
discurso para trasmitirnos el mensaje de que no se puede respetar el cien por
cien la diversidad de opiniones, porque si así se hace, pueden colarse los
bárbaros y liberticidas, creando graves problemas de estado. Sigamos, por
tanto, condenando a muerte a Sócrates, como lo hicieron los demócratas sofistas,
para que la juventud no se corrompa y quememos a fuego lento las obras de
Platón, defensor de la existencia de verdades absolutas y no del relativismo
democrático.
Yo estaría de acuerdo en que no todas las
opiniones son respetables, evidentemente hay muchas que no lo son, incluso son
corrosivas. Pero para separar el grano de la paja y decidir qué opiniones son
veraces y cuales no lo son, yo elegiría criterios de discernibilidad objetivos
y fiables, nunca criterios relativistas, que cambian a medida que van cambiando
los acontecimientos y circunstancias. Las opiniones respetables no lo son en
razón de su “pedigrí” democrático, sino porque se corresponde con la sustantividad
de los hechos. La realidad sobre Dios es la que es y no depende para nada de
que un parlamento democrático decida negar su existencia. La justicia y
moralidad dependen de los dictámenes conformes a la ley natural y no de las
leyes positivas caprichosas, que se colocan por encima de ella. Esto que
debiera ser un principio básico de convivencia ciudadana, dejó de serlo, desde
que Maquiavelo estableció un muro de separación entre ética y política, hasta
llegar a decir que, por razón de estado, podía justificase cualquier atrocidad.
Deberíamos de comenzar a cuestionarnos la fe en
los relatos que nos llegan por vía del adoctrinamiento político, antes de que
sea demasiado tarde y nuestra civilización se haya disuelto como un terrón de
azúcar en un vaso de agua. La sutil represión ejercida a través del
adoctrinamiento puede ser más peligrosa que la ejercida coactivamente, por
cuanto pasa desapercibida y los ciudadanos no son conscientes de ella. Tendremos
que despertar. No podemos seguir creyendo a los demagogos y pensar que, si
perdemos esto que tenemos, lo que nos espera es la ruina y el
caos. Eso es otra milonga más a la que nos tienen acostumbrados.
Recordemos, nos dicen, lo que paso con Hitler, a quien se le dejó
traspasar las puertas de la democracia y luego pasó lo que pasó. Lo que se
callan es cómo y por qué después de Hitler ha habido y sigue habiendo
mandatarios déspotas, autoritarios, corruptos y demagogos, ungidos con el
sacrosanto y aromático oleo democrático, después de haber obtenido la mayoría
en las urnas o ¿es que vamos a negar algo que estamos viendo con nuestros
propios ojos todos los días?
Afortunadamente, el mundo accidental se está
abriendo a la idea de que algo no va bien en nuestra sociedad y alguna cosa o
muchas deberían cambiar. No son pocos los que estarían dispuestos a canjear la
partitocracia por la meritocracia, aunque ello supusiera un trueque de algunos activos
de libertad por otros de felicidad. Fue Z. Bauman, una de las mentes más
lúcidas de la posmodernidad, quien antes de partir, dejó sentenciado que: “La
felicidad no está en ser libres del todo, sino en aprender a vivir con nuestras
dependencias.” Sea como fuere, erradicar el nefasto adoctrinamiento
político, no va a ser cosa fácil, porque ello exigiría que los ciudadanos
comenzaran a desarrollar su espíritu crítico y dejar de ser sujetos dóciles y
fácilmente moldeables, algo que los políticos y sus adláteres, los periodistas,
creadores de la opinión pública, tratarán de impedir por todos los medios. Aun así,
consolémonos pensando que no hay mal que por siempre dure o como dijera Abraham
Lincoln: “Puedes engañar a algunas personas todo el tiempo y a todas las
personas algunas veces, pero no podrás engañar a todas las personas todo el
tiempo.” El hoy no es siempre, detrás hay un mañana, preñado de esperanza.