2026-06-18

2567-Desacralización del humanismo cristiano

 

Está fuera de toda duda que la secularización es una característica de nuestro tiempo, lo que quiere decir que la religión cristiana ha ido perdiendo fuerza e influencia, tanto en el ámbito social como cultural, sin que ello implique su desaparición, sino tan solo pérdida de poder, lo cual, dicho sea de paso, es visto por algunos sectores como una oportunidad para que la fe deje de ser vista como una imposición social y pueda convertirse en una aceptación libre y personal.

Hace tiempo, que Jacques Maritain, consciente de la privatización de la fe y de su desplazamiento del espacio público al privado, intentó, por todos los medios a su alcance, sacar al humanismo cristiano de los muros de las sacristías a que había quedado relegado y exponerlo en el mercado del mundo, asumiendo la cultura vigente y haciéndose carne en ella. La táctica habría de ser, no la de oponerse al mundo, sino la de abrirse a él y tratar de dialogar con las corrientes modernistas. Entendió que, para salir de la burbuja en una sociedad pluralista, los cristianos deberían cooperar con los no creyentes en la búsqueda del bien, bajar al suelo y mancharse las sandalias de barro.  En la mente de este filósofo, converso al catolicismo, comenzaba a bullir una “Nueva Cristiandad”, caracterizada por el pluralismo y la libertad, que marcara diferencias con el modelo de cristiandad uniforme e impositivo de otros tiempos.

La universidad de Santander, en el transcurso de los cursos de verano allá por el año 1934, habría de ser el escenario donde el autor diera a conocer los primeros apuntes de lo que habría de ser su gran obra titulada el “Humanismo integral”, publicada en 1936, siendo reconocida y celebrada tanto dentro como fuera de la Iglesia. No solamente esto, sino que se convertiría en una de las principales fuentes de inspiración del Concilio Vaticano II (1962-1965), llegando a ser referente del humanismo cristiano, con el apoyo del que fuera primeramente el cardenal Montini y posteriormente papa, con el nombre Pablo VI, quien siempre vio en Maritain a un amigo y a un maestro de plena confianza. Se trataba de reformular una teología que, sin cambiar en lo esencial, sirviera de puente para adaptarse a los valores sociales y culturales vigentes en la sociedad contemporánea.  Digamos que la nueva cristiandad que J Maritain propone en su “Humanismo integral”, ciertamente es de inspiración cristiana, pero con ciertos ribetes de pluralismo laicista, que le hicieran atractivo a los no creyentes. El experimento funcionó hasta cierto punto, por cuanto que, gracias a sus buenos oficios, la filosofía cristiana, en su versión neotomista, salió del ostracismo para hacerse visible, incluso relevante, en los foros culturales más exigentes de la época, pero este proceso no habría de tener continuidad. Ha pasado más de medio siglo desde entonces y lo que estamos viendo, es que el secularismo sigue avanzando implacablemente, invadiendo espacios que no le pertenecen, hasta llegar a comprometer la dimensión pública del cristianismo. Ha llegado el momento de preguntarnos, si no estaremos viviendo unos tiempos en los que el humanismo cristiano está sometido a una fuerza imperante, donde el liberalismo marca la pauta. A fuerza de ser sinceros hemos de reconocer que se nota un cierto desplazamiento del humanismo cristiano hacia el humanismo laico. Bien está compartir con el secularismo los valores éticos de libertad, justicia, solidaridad, igualdad jurídica, dignidad humana, fraternidad y tantos otros. Ésta no es la cuestión. El problema surge cuando hacemos abstracción de la fundamentación sobrenatural de dichos valores, olvidándonos de que el origen de los mismos está en Dios y no caer en la cuenta de que sin su gracia nada podemos hacer. No es fácil estar comprometido con el pluralismo liberal y al mismo tiempo permanecer fiel al dogma religioso, resulta complicadísimo tener encendida una vela  al relativismo democrático y otra a la verdad absoluta de Dios, tanto es así que hay quienes consideran esto como un imposible.

Por otra parte, se habla mucho de los derechos humanos, y poco de los sagrados preceptos divinos, que siempre han sido y seguirán siendo la carta magna del humanismo cristiano. Claro que es imprescindible para un cristiano la caridad fraterna, pero si ésta no está inspirada en el amor de Dios de nada vale como dice S. Pablo ( 1 Corintios 13). Se malinterpreta y se saca fuera de contexto el principio de la libertad religiosa y libertad de conciencia, dando lugar a un relativismo corrosivo, que compromete la identidad cristiana y por si fuera poco, se celebra “la radical separación” de poderes, cuando tan necesaria es la cooperación y colaboración de ambos, en orden al bien espiritual y material de los ciudadanos.

Las rebajas de otoño han llegado a un cristianismo cada vez más tolerante y menos exigente, un cristianismo  selectivo y cómodo, que cada cual interpreta libremente y acomoda a sus gustos y caprichos. En ocasiones los cristianos damos muestras de estar obsesionados por humanismo de signo hasta el punto de confundir el cristianismo con una ONG. De un tiempo a esta parte el inconfundible carácter teocéntrico del humanismo cristiano se ha ido desplazando hacia un ideal encarnado en la naturaleza humana. Nos hemos ido acostumbrando a unos “mínimos”, llegando a pensar que es suficiente con unos derechos humanos fundamentales, que podían ser los sustitutos del decálogo y sobre ellos poder cimentar las bases de una sociedad pluralista como la nuestra.

No quisiera pecar de pesimista, pero tengo la impresión de que el dialogo con la modernidad no ha producido los frutos esperados.  Se podrá seguir discutiendo sobre   la propuesta del filósofo francés en torno a la autonomía de lo temporal, pero lo cierto es que la expectativa que despertó el partido democrático cristiano, al final resultó ser un enorme fiasco.

Hay motivos para pensar que se han dado modos y maneras de relacionarnos con lo profano, que han favorecido la lectura de un cristianismo en clave secular.  Si esto fuera así, los cristianos tendríamos que comenzar a pensar seriamente en otras formas de diálogo, para hacer asumible la experiencia cristiana sin tener que privilegiar la inteligencia y el método científico,   colocándolos por encima por encima de la palabra revelada. En cualquier caso, el acercamiento y la apertura al mundo secular nunca debiera poner en riesgo la identidad cristiana, ni tampoco vincular la fe a ningún tipo de ideología, bien sea ésta de signo liberal o socialista. Más aún, la reactualización del humanismo cristiano es posible sin tener que pasar por filtro alguno de desacralización. Esto no quiere decir que los cristianos dejemos de valorar las justas razones, en las que el laicismo se apoya para fundamentar la dignidad del hombre, aunque ninguna de ellas, ni todas en su conjunto resultan tan contundentes en orden a su enaltecimiento como la esgrimida por el cristianismo, al presentarnos al hombre como hijo de Dios, hecho a imagen y semejanza suya.

2567-Desacralización del humanismo cristiano

  Está fuera de toda duda que la secularización es una característica de nuestro tiempo, lo que quiere decir que la religión cristiana ha id...