2026-06-18

256- A LA ESPERA DE LOS ACONTECIMIENTOS

 



La vida nunca avisa del todo. Hay momentos de calma y otros en los que el destino parece poner a prueba nuestra fortaleza interior. En este artículo, Ángel Gutiérrez Sanz nos invita a reflexionar sobre la manera en que afrontamos los acontecimientos que marcan nuestra existencia y cómo, incluso en medio de la incertidumbre, el ser humano puede encontrar serenidad, aprendizaje y esperanza.

El combate interior de la vida

Son nuestras obras las que nos van forjando; también nos forja lo que nos va pasando. Sin buscarlo, nos convertimos en protagonistas de un desfile imprevisible de acontecimientos que, a veces, nos golpean y nos hieren, pero también nos curten y acrisolan.

Si todo nos fuera sucediendo a pedir de boca, podríamos sentirnos satisfechos, pero nunca llegaríamos a curtimos y endurecernos. Por más que lo intentemos, no podremos evitar el trago amargo que el destino nos tiene reservado y, si esto es así, debiéramos cambiar nuestra plegaria y, en lugar de rogar a Dios que preserve nuestra vida de la prueba inevitable, pedirle fuerzas suficientes para poder sobrellevarla.

Muchos son los hombres y mujeres que salieron fortalecidos del combate. Kazantzakis nos habla de tres clases de hombres y plegarias: Unos dicen: Dios mío, ténsame si no me pudriré; otros rezan: Dios mío, no me tenses demasiado porque me romperé; y otros, en fin, son los que se dirigen a Dios para pedirle: Dios mío, ténsame cuanto puedas, ténsame aunque me rompa”.

La incertidumbre y el equilibrio

Los continuos vaivenes de la vida hacen que no podamos, por mucho tiempo, sentirnos liberados de angustias, dudas y temores; con facilidad trocamos el optimismo en pesimismo.

Cuando todo era placidez y la vida parecía sonreír, súbitamente aparecen los negros nubarrones que nos llenan de preocupación. Nada hay constante en nuestras existencias y habremos de estar preparados para todo: para lo mejor y para lo peor.

Nunca se sabe lo que puede traernos ese futuro incierto, a la vez prometedor y amenazante. ¡Ah!, si pudiéramos permanecer en calma ante cualquier acontecimiento de la vida…

Siempre he envidiado la actitud admirable de quien sabe mantenerse en constante equilibrio, sin inmutarse, igual en la prosperidad que en la desgracia, lo mismo cuando se está a salvo que en peligro. Es la actitud serena e impasible que me recuerda al héroe de probado talante, discurriendo por la senda que trazaran los estoicos bajo el signo atemperado del “soporta y aguanta”.

Como me gustaría a mí contemplar el incesante desfile de sucesos manteniendo el corazón en calma. Para mí lo quisiera.

La serenidad del alma

Más admirable aún que la actitud del héroe es la del santo, que puede ver la providencia oculta en cualquier acontecimiento de la vida. Su fortaleza es también humildad y confianza, porque sabe muy bien de quién se fía; por eso, la calma habita en su interior como si fuera el cielo y cualquier cosa que sucede la convierte en ocasión para cumplir fielmente su destino.


¿Por qué no he de abrazarme a mi dolor cuando llame a mi puerta? ¿Por qué no he de acogerlo con gozo y esperanza cual regalo de Dios? ¿Por qué no aprovechar el infortunio para macerar el alma?

Aprender de lo vivido

No podré detener ni siquiera cambiar el curso del diario discurrir de los sucesos de la vida, pero, en cambio, de mí dependerá la forma de afrontarlos. Ellos me pueden ayudar a madurar; tanto los aconteceres favorables como los desfavorables pueden serme útiles.

Siempre es posible dar más realce a lo positivo que a lo negativo; más a lo hermoso que a lo feo; más a lo luminoso que a lo sombrío.

Aparte de los motivos que tuviera Platón para decir que nada de lo que nos sucede es malo, los cristianos tenemos una razón más para pensar así: todo está bajo el control de Dios.

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