Pasados los entusiasmos de estos días, es el
momento de preguntarnos, ¿Qué
nos ha dejado el viaje de León XIV a España, ha servido para algo? Motivos hay para pensar que nos encontramos en
el mismo punto de partida, que nada ha cambiado sustancialmente y que España
sigue siendo la misma que era antes de que el Papa nos visitara. Hagamos una
breve recapitulación:
En
el tema de emigración, el Papa ha dicho
cuanto tenía que decir y se le ha
escuchado con respeto, pero de ahí no ha pasado la cosa, seguimos estando ante
un problema espinoso de difícil solución, en el que hay que saber distinguir
entre lo deseable y lo posible, más aún ni siquiera tenemos muy claro, si hemos
de comenzar por ayudar económicamente a
los países de origen y concienciar a sus autoridades de sus propias
responsabilidades o insistir en la
apertura de fronteras con el riesgo que se produzca un cataclismo o cuando menos
una invasión pacífica. El debate está abierto y resultaría desaconsejable que
alguien tratara de imponer su opinión en cuestiones tan polémicas como lo es ésta.
Tampoco es que
que haya quedado resuelto el tema de la polarización. Después de la visita del papa Leòn XIV los
españoles seguimos enfrentados política y religiosamente como lo estábamos
antes. Por más que se diga o se deje de decir, las posturas no han cambiado y nadie quiere dar su brazo a torcer.
Quien pretenda hacer de mediador en esta contienda ha de conocer profundamente
la historia de nuestro país. Desde el siglo XIX la lucha entre el confesionalismo
religioso y el laicismo ateo ha sido una constante histórica que acabó
degenerando en una guerra civil, en la
que el bando nacional salió en defensa de los valores cristianos mientras que
el bando republicano protagonizó una dura persecución religiosa dejando a su
paso un nutrido número de mártires que según estimaciones pudo ascender a
10.000. Lo más triste del caso es que
siga habiendo personas, incluso entre la filas católicas, obstinadas en
redescribir la historia y hacer pasar por víctimas a quienes fueron verdugos.
Algo parecido es lo que está pasando con el Valle de los Caídos, hasta hace
bien poco, lugar de reconciliación nacional, pero que con su resignificación
unos y otros le ha convertido en un
lugar de enfrentamiento entre los españoles. Si verdaderamente existe una
voluntad de acabar con la polarización, cuestiones como ésta, hace tiempo que
debieron quedar zanjadas porque si no es
así, cabe preguntar ¿ A que estamos jugando?
Cordial
y conmovedora, sin duda, resultó ser la alocución
que el Papa León XIV
dirigió a los diputados españoles pero que de ahí no pasó. Que yo sepa
no ha ido acompañada de ningún gesto por parte del gobierno español de acomodar
la legislación vigente a las directrices de la Iglesia, en cuestiones que
afectan a la vida, la familia o la
educación, ni siquiera se han planteado
la posibilidad de detener el proyecto en marcha de consagrar al aborto, elevándole al rango de
un derecho constitucional.
Esperanzadora en principio fue así mismo la afluencia en el “Movistar Arena”, lugar en el que se congregaron los diferentes
agentes sociales, integrados por educadores,
empresarios, artistas, deportistas, organizaciones sociales, sindicatos y
patronales, con el fin de estrechar lazos y cooperar conjuntamente en el logro
de una sociedad más justa y más humana. Todos ellos escucharon
complacidos a León XIV, que les habló de la necesidad de tener presente la
dignidad de la persona en el desarrollo de cualquier actividad humana, haciendo
un llamamiento para entretejer conjuntamente redes, que hicieran posible una
sociedad más justa y más humana. Lo
deseable ahora sería que todos estos buenos propósitos se plasmaran en
proyectos reales y no cayeran en saco roto, como es costumbre, pero ¿Quién se
acuerda ya de eso?
La enorme afluencia de jóvenes en la
Plaza de Lima fue otro de los eventos que podía ser motivo de triunfalismos.
Ciertamente, no deja de ser una buena noticia
que “los jóvenes del papa” hayan acudido masivamente a escuchar unas
palabras de consuelo para sus vidas vacías, a las que no acaban de encontrar
sentido, pero esto a todas luces no es suficiente. “ Los jóvenes de Cristo”,
están obligados a algo más. De ellos se
espera que asuman el compromiso cristiano en toda su integridad.
Todo menos seguir bostezando hasta que se produzca la próxima concentración
juvenil. ¿Dónde está ese medio millón de
jóvenes enardecidos? ¿Por qué no les vemos en las calles dando testimonio de
Jesucristo y jugándosela por defender su fe y las cusas justas?
Para acabar me gustaría decir que la gran
expectación que la visita del Papa ha suscitado, aunque no lo sea todo, al
menos es un signo esperanzador que viene a decirnos que no todo está
perdido, aún queda un rescoldo que debe
ser alentado. Vamos a pensar que todavía estamos a tiempo de incorporarnos y
reemprender la marcha para llegar a ser lo que un día fuimos