2026-07-05

260.-Las tradiciones lugareñas, testigos mudos con sabor a magia.

 



Antaño se vivía más del pasado que del presente. Se nacía y se moría con las mismas costumbres, se podía vivir 70  o los años que fueran, sin haber cambiado de profesión o de negocio, algo que los hijos acabarían heredando de sus padres y así sucesivamente. Lo mismo sucedía con las tradiciones, que eran como un legado histórico-cultural que se trasmitía de generación en generación. Un recinto sellado, en que se conservaban los valores, la herencia cultural y el sentir general de todo un colectivo, con la sagrada misión  de establecer vínculos intergeneracionales, que desafiaban el paso del tiempo. Su mensaje llegaba de forma nítida a través de relatos, rituales o festejos, que se iban trasmitiendo de generación en generación sin solución de continuidad. Los mensajes que se solían trasmitir eran de tipo religioso, social, familiar, gastronómicas o folclórico. Frente a los miedos e inquietudes del ser humano nos ofrecían un consuelo, ante nuestras incertidumbres hacían de brújula   y servían de refugio ante la vida el, dolor y la muerte.

Muchas de estas evocadoras tradiciones estaban vinculadas con la llegada de la primavera, como la conocida con el nombre de “Mayos”, que ahí sigue rememorándonos que la naturaleza se renueva cada año y nos invita a los humanos a hacer lo mismo. Llegado el mes de las flores, los mozos del pueblo salían al campo armados de hachas y talaban el chopo más alto que encontraban en la ribera, lo colocaban en medio de la plaza, en un lugar perfectamente identificable y comenzaba el festejo. Ello era motivo para que, en torno a él, se organizaran danzas, cánticos y competiciones, como podía ser la de colocar un premio en la cúspide por si había algún valiente que se atreviera a ir por él. Para dar colorido a la fiesta, se hacían presentes los mayos vivientes, que eran personas disfrazadas de árboles, flores y plantas, escenificando el renacer de la naturaleza. 

Estas tradiciones, que tienen su origen en los fenicios, acabarían teniendo unas connotaciones religiosas, que darían como resultado la celebración de Las Cruces de mayo, con sus altares adornados de flores, mantones y orfebrería preciosa, capaces de atraer a los vecinos, convirtiéndose así en lugares de encuentro, que servían para compartir sentimientos y entonar al unísono canciones que salían del corazón.

 Algo parecido cabe decir de la Noche de S. Juan, en que los lugareños encendían una enorme hoguera purificadora en un lugar estratégico de la plaza del pueblo, para quemar todo lo viejo y emprender un nuevo ciclo. Esta tradición tiene un origen pagano, cuya intencionalidad era alejar los malos espíritus y allanar  el camino a la buena suerte, la salud y la felicidad, lo que se conseguía realizando un ejercicio arriesgado que consistía en saltar 9 veces sobre la hoguera.

Noche evocadora ésta,  vinculada a la naturaleza, al amor  y la fertilidad, en  que grupos de  mozos y mocitas después de “la quemada” salían a recoger el trébol, símbolo de la inmortalidad, que encontraban  en un campo aromatizado, iluminado por  la luna, bajo un manto de costelaciones y estrellas, pero no valía cualquier trébol, debería ser de cuatro hojas, difícil de encontrar y además debería estar aderezado por unas gotitas de rocío que, como perlitas preciosas, la rosada aurora había depositado en sus tiernas hojas. Era la noche también en la que algunos adolescentes   descubrían su primer amor, dejando grabados sus iniciales, en la corteza de los árboles de la alameda, nombres que habrían de continuar unidos más allá de la muerte, porque así de profundo era el sentimiento de estas gentes que nos precedieron. 

Al despertarse por la mañana, alguna muchacha afortunada se encontraría con la sorpresa de que alguien había adornado su ventana con flores y plantas aromáticas o con un ramo encendido de rojas cerezas sazonadas.    

Hablando de tradiciones  en la España rural  no podíamos olvidarnos de  la siesta” muy arraigada en nuestro pueblo si bien su origen data de tiempos romanos.  En la regla de S. Benito  la jornada estaba organizada en lo que se conocía  como horas canónicas, una de las cuales era la hora Sexta , justo a la mitad de la jornada, pensada para  descansar y recuperar fuerzas; de aquí derivaría lo que conocemos familiarmente como la  siesta en unos tiempos en que las jornadas eran agotadoras, siendo obligado un tiempo de descanso para que el cuerpo recuperara energías y la máquina pudiera seguir funcionando.   

 

Asociada a la siesta estaba  la tradición estival de tomar el fresco o la frescada; costumbre de origen típicamente español, que consistía en salir a la puerta de las casas después de cenar, y disfrutar junto con otros vecinos de la leve brisa nocturnina, después de haber aguantado la canícula de un sol abrasador. En definitiva se trataba de un ritual que formaba parte del paisaje cultural español y que servía de descanso para el cuerpo, permitía desconectar de las tensiones, cargar las pilas, recuperar energías y relajarse. Atinada terapia  de nuestros mayores.  Breve tregua, antes de irse a dormir y poder así  conciliar mejor el sueño  

Pero sobre todo la  tradicional costumbre de tomar el fresco representó  durante muchos siglos el reclamo ideal  para un solaz sosiego  del espíritu. A la tenue luz de un firmamento estrellado, los vecinos dialogaban apaciblemente, intercambiaban experiencias, se ponían al día de cuanto pasaba, comentaban juntos las anécdotas y noticias locales  y sobre todo se sentían  hermanados y muy próximos los unos de los otros. Con esta ancestral rutina los lazos de convivencia se vieron fortalecidos y la vida del vecindario llegó a adquirir una dimensión comunitaria que hoy echamos de menos. La gente siente nostalgia de esta tradición perdida, pero las exigencias de los tiempos modernos sobre todo por lo que al tráfico se refiere, hace impensable tratar de recuperarla     

260.-Las tradiciones lugareñas, testigos mudos con sabor a magia.

  Antaño se vivía más del pasado que del presente. Se nacía y se moría con las mismas costumbres, se podía vivir 70   o los años que fuera...