Antaño
se vivía más del pasado que del presente. Se nacía y se moría con las mismas
costumbres, se podía vivir 70 o los años
que fueran, sin haber cambiado de profesión o de negocio, algo que los hijos
acabarían heredando de sus padres y así sucesivamente. Lo mismo sucedía con las
tradiciones, que eran como un legado histórico-cultural que se trasmitía de
generación en generación. Un recinto sellado, en que se conservaban los
valores, la herencia cultural y el sentir general de todo un colectivo, con la
sagrada misión de establecer vínculos
intergeneracionales, que desafiaban el paso del tiempo. Su mensaje llegaba de
forma nítida a través de relatos, rituales o festejos, que se iban trasmitiendo
de generación en generación sin solución de continuidad. Los mensajes que se
solían trasmitir eran de tipo religioso, social, familiar, gastronómicas o
folclórico. Frente a los miedos e inquietudes del ser humano nos ofrecían un
consuelo, ante nuestras incertidumbres hacían de brújula y servían de refugio ante la vida el, dolor
y la muerte.
Muchas
de estas evocadoras tradiciones estaban vinculadas con la llegada de la
primavera, como la conocida con el nombre de “Mayos”, que ahí sigue
rememorándonos que la naturaleza se renueva cada año y nos invita a los humanos
a hacer lo mismo. Llegado el mes de las flores, los mozos del pueblo salían al
campo armados de hachas y talaban el chopo más alto que encontraban en la ribera,
lo colocaban en medio de la plaza, en un lugar perfectamente identificable y
comenzaba el festejo. Ello era motivo para que, en torno a él, se organizaran
danzas, cánticos y competiciones, como podía ser la de colocar un premio en la
cúspide por si había algún valiente que se atreviera a ir por él. Para dar
colorido a la fiesta, se hacían presentes los mayos vivientes, que eran
personas disfrazadas de árboles, flores y plantas, escenificando el renacer de
la naturaleza.
Estas
tradiciones, que tienen su origen en los fenicios, acabarían teniendo unas
connotaciones religiosas, que darían como resultado la celebración de Las
Cruces de mayo, con sus altares adornados de flores, mantones y orfebrería
preciosa, capaces de atraer a los vecinos, convirtiéndose así en lugares de
encuentro, que servían para compartir sentimientos y entonar al unísono
canciones que salían del corazón.
Algo
parecido cabe decir de la Noche de S.
Juan, en que los lugareños encendían una enorme hoguera purificadora en un
lugar estratégico de la plaza del pueblo, para quemar todo lo viejo y emprender
un nuevo ciclo. Esta tradición tiene un origen pagano, cuya intencionalidad era
alejar los malos espíritus y allanar el
camino a la buena suerte, la salud y la felicidad, lo que se conseguía
realizando un ejercicio arriesgado que consistía en saltar 9 veces sobre la
hoguera.
Noche
evocadora ésta, vinculada a la
naturaleza, al amor y la fertilidad,
en que grupos de mozos y mocitas después de “la quemada” salían
a recoger el trébol, símbolo de la inmortalidad, que encontraban en un campo aromatizado, iluminado por la luna, bajo un manto de costelaciones y
estrellas, pero no valía cualquier trébol, debería ser de cuatro hojas, difícil
de encontrar y además debería estar aderezado por unas gotitas de rocío que,
como perlitas preciosas, la rosada aurora había depositado en sus tiernas
hojas. Era la noche también en la que algunos adolescentes descubrían su primer amor, dejando grabados
sus iniciales, en la corteza de los árboles de la alameda, nombres que habrían
de continuar unidos más allá de la muerte, porque así de profundo era el
sentimiento de estas gentes que nos precedieron.
Al
despertarse por la mañana, alguna muchacha afortunada se encontraría con la
sorpresa de que alguien había adornado su ventana con flores y plantas
aromáticas o con un ramo encendido de rojas cerezas sazonadas.
Hablando
de tradiciones en la España rural no podíamos olvidarnos de “la siesta” muy arraigada en nuestro
pueblo si bien su origen data de tiempos romanos. En la regla de S. Benito la jornada estaba organizada en lo que se
conocía como horas canónicas, una de las
cuales era la hora Sexta , justo a la mitad de la jornada, pensada
para descansar y recuperar fuerzas; de
aquí derivaría lo que conocemos familiarmente como la siesta en unos tiempos en que las jornadas
eran agotadoras, siendo obligado un tiempo de descanso para que el cuerpo
recuperara energías y la máquina pudiera seguir funcionando.
Asociada a la siesta estaba
la tradición estival de tomar el fresco
o la frescada; costumbre de origen típicamente español, que consistía en salir
a la puerta de las casas después de cenar, y disfrutar junto con otros vecinos de
la leve brisa nocturnina, después de haber aguantado la canícula de un sol
abrasador. En definitiva se trataba de un ritual que formaba parte del paisaje
cultural español y que servía de descanso para el cuerpo, permitía desconectar de
las tensiones, cargar las pilas, recuperar energías y relajarse. Atinada
terapia de nuestros mayores. Breve tregua, antes de irse a dormir y poder
así conciliar mejor el sueño
Pero sobre todo la tradicional costumbre de tomar el fresco
representó durante muchos siglos el
reclamo ideal para un solaz sosiego del espíritu. A la tenue luz de un firmamento
estrellado, los vecinos dialogaban apaciblemente, intercambiaban experiencias,
se ponían al día de cuanto pasaba, comentaban juntos las anécdotas y noticias
locales y sobre todo
se sentían hermanados y muy próximos los
unos de los otros. Con esta ancestral rutina los lazos de
convivencia se vieron
fortalecidos y la vida del vecindario llegó a adquirir una
dimensión comunitaria que hoy echamos de menos. La gente siente nostalgia de
esta tradición perdida, pero las exigencias de los tiempos modernos sobre todo
por lo que al tráfico se refiere, hace impensable tratar de recuperarla
