Sabido es de todos la aversión de Marx por el cristianismo al que consideraba como un apéndice del capitalismo, calificándole como el opio del pueblo. Por su parte la Iglesia Católica rechazó al marxismo con la misma contundencia por su condición de materialista y ateo, sin que faltaran intentos de conciliación entre ambos formas de entender la historia. Teniendo en cuenta el magisterio de la Iglesia vamos a detenernos en la controversia habida en los últimos tiempos sobre este tema y poder extraer algún tipo de conclusiones.
Por paradójico que parezca el primer intento de aproximación tuvo lugar en las postrimerías del siglo XIX de la mano de Friedrich Engels quien al final de su vida sacó a la luz un trabajo titulado “Contribución a la historia del cristianismo primitivo”, en el que se muestra un asombroso paralelismo entre el comunismo y las primeras comunidades cristianas perseguidas. Tres años antes León XIII había publicado su encíclica Rerum Novarum en la que la propiedad privada era defendida por ser un derecho natural de todo ser humano, al tiempo que se condenaba el enfrentamiento y la lucha de clases, por no corresponderse con la caridad cristiana. Vendría después Pío XI, ya implantado el comunismo en la URSS, quien de forma tajante dejó sentenciado en su encíclica “ Divini Redemptoris” que el marxismo es intrínsecamente perverso e incompatible con la fe católica en todas sus facetas. En 1949 Pio XII a través de un decreto del Santo Oficio condenaba el comunismo y excomulgaba a los católicos que se declaraban comunistas o colaboraran con partidos comunistas.
Las cosas cambiarían con el concilio Vaticano II y la estrategia habría de ser otra. Se iniciaba un periodo de apertura en el que la censura daba paso al diálogo, abriéndose a la posibilidad de que en temas referentes a la justicia social se diera algún tipo de acercamiento entre marxismo y cristianismo. Ello fue motivo para que en Europa se iniciaran movimientos protagonizados por los denominados curas obreros, muchos de ellos politizados que compartían la preocupación marxista por las clases trabajadoras. Se trataba de una organización de sacerdotes católicos impulsada por el cardenal Suhard que allá por los años 1944 primero en Europa y posteriormente en América Latina decidieron vivir su vocación desde fuera de los templos, utilizando conceptos marxistas como por ejemplo la lucha de clases o la alienación económica con todos los riesgos que ello comporta. En el caso concreto de España fueron muchos los curas que siguiendo el ejemplo francés trabajaron en las fábricas, en las labores del campo incluso en la construcción y creyendo seguir las instrucciones del concilio Vaticano II se aliaron con grupos como la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la Juventud Obrera Cristiana (JOC) , prestando su ayuda en la organización de sindicatos clandestinos como por ejemplo Comisiones Obreras. Fue el momento en que militantes comunistas se infiltraran en movimientos y organizaciones eclesiales, como por ejemplo la Acción Católica dinamitándolas por dentro. España no solamente tuvo que soportar la embestida de los curas obreros sino también de los denominados curas rojos marxistas o simpatizante del marxismo, muchos de ellos párrocos o profesores que con perfil diferente a los curas obreros, colaboraron conjuntamente haciendo causa común con el comunismo, tratando de desestabilizar al régimen franquista o más concretamente, intentando romper los fuertes lazos, que le mantenían unido a la Iglesia Católica. En esta operación de desenganche de la iglesia con el estado español estaba interesado el papa Pablo VI, después de que en el concilio Vaticano II se estableciera el principio de libertad religiosa y la separación de los dos poderes, confiando esta misión al cardenal Vicente Enrique y Tarancón, por aquel entonces presidente de la Conferencia Episcopal Española y al nuncio apostólico Luigi Dadaglio. Fueron unos años convulsos y difíciles, más aun hubo momentos en que parecía que el asunto se les iba de las manos, debido a la presión ejercida por grupos comunistas infiltrados. Si tuviéramos que hacer balance de este periodo histórico a tenor de los resultados tendríamos que calificarles de catastróficos. Los seminarios y centros de formación religiosa en declive , cristianos que perdieron la fe , desbandada de religiosos y sacerdotes que colgaron los hábitos o las sotanas y desconcierto generalizado en el pueblo de Dios. Conmocionado por todo lo que estaba sucediendo el papa Pablo VI no dudó en decir que el humo de satanás había entrado por las grietas de los muros de la iglesia.
La crisis posconciliar se extendió a América Latina culminando con el movimiento de la Teología de la Liberación que ya desde el principio se mostró influenciado por la ideología marxista hasta llegar a comprometer la fe. Ya no era solo teorizar sobre el materialismo histórico y la lucha de clases para explicar la opresión económica y social de los más pobres en estos países, sino que muchos de su miembros habrían de participar activamente en acción revolucionaria. La Teología de la Liberación surge hacia el 1960 como una corriente que trata de interpretar el evangelio al trasluz de la pobreza y opresión que sufren los obreros y campesinos del continente Latino Americano, tomando como reclamo la llamada del Concilio Vaticano II y de la Conferencia Episcopal de Medellín que instaba a prestar ayuda a los más pobres y vulnerables. En los orígenes de esta corriente hay que colocar a Gustavo Gutiérrez quien en 1971 publicó su obra titulada “ Teología de la Liberación” que marcaría las pautas de lo que habría de ser en un futuro la corriente liberacionista. Pronto se le unieron, otros sacerdotes, comunidades eclesiales de base y organizaciones sociales y de resistencia. A medida que fue tomando cuerpo esta organización fue radicalizándose; primero asumiendo conceptos marxistas, luego politizando el evangelio o anteponiendo la liberación material por encima de la espiritual, hasta llegar a apoyar la lucha armada e incluso formar parte de los grupos guerrilleros, llegándose a crear , por decirlo de alguna manera, variados y diferentes tipos de teología de liberación, porque no todos pensaban de idéntica manera y por lo tanto el juicio valorativo no puede ser el mismo. La situación creada llegó a ser preocupante por lo que la respuesta por parte del Vaticano no tardó en llegar, a través de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger, sacando dos instrucciones: Una fue la Libertatis nuntius (1984), que advertía sobre los peligros del marxismo, señalando claramente que la liberación del pecado era la primera y fundamental liberación para poder enfrentarnos a las liberaciones terrenas. La otra Libertatis conscientia (1986), donde se proponía como modelo a seguir la doctrina social de la Iglesia para hacer frente a la situación que se vivía en América Latina. Posteriormente, Juan Pablo II acabó cuestionando la postura de Gustavo Gutiérrez y sancionóando a Leonardo Boff quien acabaría saliéndose de la orden franciscana y abandonando el sacerdocio.
Con la llegada al pontificado de Francisco, tanto Gustavo Gutiérrez a nivel personal como la Teología de la Liberación a nivel general tuvieron otro tratamiento. Se enfatizó el trato preferencial de los pobres, se ensalzó el trabajo en favor de los más necesitados, se levantaron sanciones a sacerdotes castigados, el obispo Oscar Romero fue elevado a los altares y se iniciaría el proceso de canonización de Ignacio Ellacuría, que no es poca cosa. Sin duda la actitud del papa argentino no fue la misma que la de su antecesor pero ello no puede ser interpretado en el sentido de que Francisco fuera un defensor a ultranza de la Teología de la Liberación, ni que se mostrara favorable a la tesis de la compatibilidad entre marxismo y cristianismo sino que bien mirado, todo se redujo a una política de gestos, que eso sí, bien pudieran haber servido para que se siguiera hablando de esta corriente, aunque con otros planteamientos , sin que se sepa, si nos encontramos en realidad ante los mismos perros con distintos callares.
En ocasiones da la impresión de que muchos cristianos, herederos de la Teología de la Liberación, continúan apostando por un encuentro con el marxismo para hacer un frente común contra la opresión y desigualdad. La actual desacralización del cristianismo y el nuevo empuje de la ideologías neomarxistas en temas referentes a la migración, a la ecología planetaria, justicia social, defensa de los más vulnerables, crítica al capitalismo, así como a las desigualdades extremas y una mayor atención a la emancipación terrenal sobre la dimensión trascendente de la vida, entre otros, está haciendo que en algunos sectores del catolicismo, vuelva a plantear la posibilidad de un entendimiento entre ambas posturas que parecía roto definitivamente a comienzos del siglo XXI.
Puede que como consecuencia de todo lo dicho, de un tiempo a esta parte se ha dejado de hablar de la caridad cristiana, dando por sentado que el dialogo socio – religioso ha de girar en torno a la solidaridad como punto de encuentro que permite a creyentes y no creyentes trabajar juntos en orden a combatir la desigualdad , la discriminación y la injusticia, lo cual puede ser un grave error sobre todo si la solidaridad es entendida al modo marxista. La solidaridad deja de ser virtud cuando no es voluntaria, sino que viene impuesta por el estado. Más aún, la solidaridad no se compadece con la justicia, cuando a unos se les quita lo que legítimamente les pertenece para dárselo a los otros, prescindiendo de cual sea su “status” o condición social. Esta solidaridad de que nos hablan los políticos se ha vuelto sospechosa y hay quien piensan que es una forma abominable de clientelismo político.
El hecho es, que en muchos sectores católicos se habla poco de Dios y mucho del hombre, poco de los derechos divinos y mucho de los derechos humanos como si todo estuviera llamado a resolverse en el marco en un humanismo homocéntrico. Habría que recordar que esto precisamente es a lo que conduce el marxismo materialista y ateo y que pio XI dejó bien claro al proclamar en su encíclica Divini Redemptoris que el comunismo es perverso porque expulsa a Dios de la sociedad y de las conciencias, acaba con las familias y la educación cristiana, suprime la libertad individual poniendo como pretexto la igualdad de todos, atenta contra el orden natural, negando el derecho a la propiedad privada, fomenta el odio y no el amor fraternal entre los hombres y su ultima meta es la consecución de un estado comunista con poder totalitario.
Cierto es que el neomarxismo ha cambiado de estrategia. Se ha olvidada de la tradicional lucha de clases entre patronos y obreros para aprovecharse, si llega la ocasión de nuevas estructuras como la OGS y servirse de otros sujetos de lucha como pueden ser grupos marginados, movimientos feministas y ecologistas, minorías étnicas, estudiantes, desempleados etc. De lo que se trata es de agrupar la distintas demandas, que Laclau y Mouffe denominan populismo de izquierdas interseccional con el fin de desestabilizar el orden establecido, cuestionando la familia, la religión , el sistema judicial o la iniciativa personal y lo mismo podíamos decir con respecto al factor económico que ha ido perdiendo fuelle para centrarse en el factor cultural e institucional Es así como el neomarxismo de hoy a instancias de Gramsci intenta dar la batalla en el ámbito cultural, haciéndose presente en las universidades, en los medios de comunicación, en el cine, la literatura, el arte etc , para desde estos escenarios ir imponiendo sus valores y su visión del mundo. Todo esto estaría pensado para que los cuadros ideológicos del partido dieran el salto a las instituciones y así poder acaparar, puestos importantes en la administración pública, tales como direcciones generales, ministerios, cargos relevantes en organismos internacionales o representación en el poder judicial; en una palabra meter la cabeza en el engranaje del estado y una vez dentro utilizar el presupuesto público, las leyes y los programas para reconvertir, la dominación ideológica en política de estado, sin que apenas se note y lo que es más importante sin tener que recurrir a una revolución violenta.
A pesar de las diferencias existentes entre el marxismo tradicional de Marx y el diseñada por la Escuela de Fráncfort, lo que puede decirse en términos generales, es que el neomarxismo, al oponerse a la propiedad privada de los medios de producción no está siendo justo y por supuesto, con ello genera más problemas de los que resuelve. Sobre este punto debieran reflexionar muy seriamente todos aquellos creyentes católicos que dicen ser cristianos en lo religioso, pero que en lo político se consideran marxistas.
