En el libro de Job (VII, 1) podemos leer: «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra».
¿Solo la vida del hombre es milicia? Si pudieran hablar los peces, las hormigas, las abejas e incluso las cigarras, seguro que dirían lo mismo. La vida es milicia para todo ser vivo. Individuos y especies estamos llamados a sostener una lucha titánica por la existencia, en forma de confrontación de unos con otros, como pugna por adaptarse al medio o como quiera que sea; el caso es que todos estamos condenados a superar las dificultades que se van presentando.
El mismo nacer ya es una prueba que no todos consiguen superar. Ningún individuo perteneciente a las distintas especies queda a salvo. Razón tenía Darwin, al menos en parte, al decir que solo los mejor dotados y más fuertes logran perpetuarse por vía de la selección natural.
No creo exagerado afirmar que una prueba, así entendida, pueda ser considerada como la condición universal de la existencia, como algo por lo que todos, incluidos hombres y mujeres, hemos de pasar. Esto es cierto en el orden natural y sigue siéndolo en el orden sobrenatural.
La prueba como condición de la existencia
Si nos atenemos a los datos que nos brinda la Historia Sagrada, hubo un periodo en que la existencia humana transcurrió sin dolores, sin necesidades y sin carencias; lo que se dice una existencia beatífica.
La de Adán y Eva hubo un tiempo que lo fue, aunque lo que no faltó fue la prueba, una especie de examen al que fueron sometidos. Antes ya había pasado algo semejante con los ángeles caídos.
Basta repasar la Historia de la Salvación para comprobar que por la prueba pasaron Abraham, Moisés, Job, Pedro, Pablo, todos y cada uno de los santos, también la gloriosa Madre de Dios y madre nuestra, María.
Hasta el mismo Jesucristo tuvo que pasar por ella y podríamos decir, incluso, que ninguna fue comparable a la del Gólgota.
Es como si la historia universal y personal de la salvación tuviera que quedar justificada ante Dios, y hubiéramos de pensar que no hay galardón sin victoria, que no hay victoria sin combate y que no hay combate sin prueba.
Cada prueba es un tramo más del camino que estamos llamados a recorrer.
La batalla interior del ser humano
El ser humano se nos muestra como una tensión entre oponentes: cuerpo y alma, carne y espíritu, razón y vida; lo apolíneo y lo dionisíaco, que diría Nietzsche.
Todo viene a ser lo mismo. De una parte tenemos la mesura, la proporcionalidad, el equilibrio y el justo medio; de otra, el ímpetu vital y desbordado, el instinto brutalmente biológico y la pasión desenfrenada y salvaje.
Ese vitalista empedernido que fue Nietzsche se quejaba de que el espíritu amenaza con matar la vida, que dificulta el goce pasional de los sentidos y que impide consumirnos en el ardor del paroxismo; mientras que el asceta cristiano se lamenta de que el mundo y la carne pongan barro en las alas del espíritu y le impidan volar en libertad.
En uno y otro caso, de lo que estamos hablando es de la confrontación entre dos fuerzas; una confrontación de la que nadie habrá de verse libre.
Y si un día dejamos de sentir esa tensión interna, y en nosotros ya no hay lucha, ni conciencia de pecado, ni sentimiento alguno de culpabilidad, será, posiblemente, porque estemos muertos espiritualmente.
En tono jocoso, recuerdo haber oído decir a alguien, en alguna ocasión, que el diablo no pierde su tiempo en probar a quien ya tiene seguro.
Hay pruebas que llegan para medir nuestras fuerzas y otras que aparecen para descubrirnos quiénes somos. Nadie las busca, pero todos acabamos encontrándolas en algún momento del camino. Quizá la diferencia no esté en evitarlas, sino en la manera de atravesarlas. Porque, al final, las heridas también enseñan, las dudas también forman y la lucha, cuando no nos vence, termina convirtiéndose en parte de nuestra propia identidad.
