Bien está hacer memoria del pasado, no para quedarse en él, sino para extraer alguna pertinaz lección de todo cuanto va pasando. Diríase que el ser humano tiene algo de bondad natural, bastante de debilidad y muchas toneladas de insensatez y de ignorancia. Esto último es nuestro gran problema, según Platón. Andamos despistados, sin acertar a descubrir la belleza y el bien que nos circunda y se esconde en cada acontecimiento de la vida. Si al final no sacamos partido de todo lo que nos sucede es porque somos necios y no sabemos interpretar lo que nos va pasando.
El alma inocente de los niños se muestra confiada, hasta que llegan experiencias amargas que les van haciendo reservados y les colocan a la defensiva. Nos fiamos de los hombres y mujeres hasta que un mal día somos víctimas del fraude o el engaño. Conozco a gente que en la calle o en el metro fue víctima de algún coleccionista de carteras que se fijó en la suya y, desde entonces, para ellos todos los hombres y mujeres comienzan a ser sospechosos; comienzan a recelar de cualquiera que se les arrima y se pone a su lado. Los hombres y mujeres creemos en la amistad, hasta que ese amigo que dábamos por fiel es cogido en un renuncio. Practicamos la honradez hasta que, cansados, pensamos que ser honesto es muy costoso y no está exento de pegas e incomodidades. Con los muchos años de vida y experiencia vienen las dudas y vacilaciones que pueden convertirnos en unos viejos decepcionados de todos y de todo. Las experiencias van dejando huella. Nada nos pasa sin que sea en balde. Decimos que del pasado hay que aprender y así lo hacemos; pero muchas veces aprendemos mal. Crecer puede ser terrible si con ello vamos aprendiendo a coleccionar falsas enseñanzas, que nos obligan a ir enterrando bajo paletadas de lodo los más nobles sentimientos, hasta anegar las corrientes cristalinas que fluyen de nuestro corazón.
No es justo condenar a todo el mundo por el solo hecho de que algún desalmado ande suelto por ahí haciendo de las suyas, ni tampoco lo es dejar de confiar en un amigo que fue fiel noventa y nueve veces y una sola nos falló. Tampoco hay fundamento real que avale el «piensa mal y acertarás»; todo lo contrario, lo que la experiencia nos dice es que, cuando así lo hacemos, de cuatro veces nos equivocamos tres.
La experiencia que nos hace más humanos
Si ponerse a salvo de peligros, engaños o traiciones supone vivir en la desconfianza constante, si el sentirme seguro exige cerrar con siete llaves mi alma a los demás, sería preferible correr los riesgos que fueren necesarios.
Si algo he de aprender de mi pasado, pido a Dios que no sea otra cosa que humanidad, para que las deslealtades sufridas no engendren en mí resentimiento; los engaños no hagan de mí un ser desconfiado; la agresión, un resentido; la traición, un mal pensado. Que, como Francisco de Asís, sepa yo tener presente la lección del amor en medio de los odios, del perdón en medio de la ofensa, que la unión prevalezca sobre la discordia y la esperanza sobre la desesperación. A la hora de interpretar los acontecimientos y extraer de ellos la lección pertinente, sepa yo hacerlo en clave no de terrenal prudencia, sino según consejo de la sabiduría divina.
