Según nos cuentan los historiadores de la Iglesia, desde los orígenes del cristianismo S. Juan, el discípulo amado de Jesús, no se cansaba de repetir a las comunidades cristinas primitivas este mensaje: “hijos míos amaos los unos a los otros”. Cansadas y aburridas éstas de que siempre les decía lo mismo, un día le preguntaron: ¿por qué nos dices siempre lo mismo? a lo que el Maestro respondió: “Porque éste es el mandamiento del Señor y solo esto es suficiente”. Fieles a esta enseñanza recibida, los primeros cristianos hicieron de la caridad fraterna universal la razón de sus vidas.
Con el paso del tiempo y a medida que la teología fue desarrollándose, se pusieron de manifiesto unas urgencias, que trajeron como consecuencia inmediata una cierta jerarquización del amor universal, que habría de culminar con la proclamación del principio teológico-pastoral conocido como “la opción preferencial por los pobres”. Como veremos más adelante, se trata de una expresión moderna característica de nuestro tiempo, si bien es verdad que rastreando tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento podemos encontrar en esta opción una cierta raigambre bíblica. Con frecuencia el Dios de Israel se nos presenta como el valedor de huérfanos, viudas y desamparados en general. A su vez, Jesucristo se muestra favorable a cualquier acto de misericordia a favor de los más necesitados, como se puede constatar en la parábola de Mateo, según la cual seremos juzgados, a tenor de los actos de conmiseración ejercida con los más vulnerables. Aún con todo, la preocupación preferente de la Iglesia por los más necesitados es una opción tardía y arranca del concilio Vaticano II y más concretamente del documento conciliar “Gaudium et spes”, para acabar proclamándose como un principio fundamental de la praxis cristiana, en la III Conferencia General celebrada en Puebla 1979. Consciente el episcopado latinoamericano de que tal formulación iba levantar ampollas, pues se cuidó mucho de aclarar que el término preferencial no debía entenderse como exclusivo y excluyente.
Ha pasado medio siglo y se sigue hablando mucho de este tema y no debiera extrañarnos, toda vez que actualmente la conciencia social humanitaria está en auge y resulta completamente normal que aflore con fuerza el interés y la preocupación por quienes peor lo están pasando, incluso hemos de dar gracias a Dios porque así sea. Todo ello en consonancia con lo expresado por Juan Pablo II en su encíclica “Sollicitudo Rei Socialis”, donde claramente se nos dice que tal opción es legítima, siempre y cuando tal preferencia pueda ser integrada en el contexto de la salvación universal de toda la humanidad, sin que implique acepción de personas, sino tal solo una mayor atención y dedicación en razón de su necesidad y vulnerabilidad, algo complementario, que se traduce por una priorización a favor de los más necesitados en la acción pastoral, en el reparto de recursos y un mayor compromiso en la defensa de la justicia social y los derechos humanos, que debía de nacer de la caridad cristiana y del evangelio y no inspirarse en ideologías extrañas al mismo. Este es el motivo por el cual el Papa, en varias ocasiones, salió al paso, con la intención de expurgar a la opción preferencial de los pobres de cualquier tipo de connotación ideológica. Por otra parte quiso dejar claro, que en esta opción preferencial de los pobres deben estar incluidos también los indigentes espirituales, que no conocen el evangelio y nunca han oído hablar de Jesucristo, por lo que no se trata ya solamente de dotar de recursos materiales (comida, vivienda, dinero ) a los desheredados de la tierra, sino que hay que procurar también las ayudas, los medios y auxilios espirituales, a quienes están lejos de la fe y no conocen el evangelio, para que también ellos alcancen la salvación eterna.
La opción por los pobres ha de ser vista como una fórmula, que se encuadra en la práctica de la caridad cristiana, de ello no cabe la menor duda. No conozco a ningún católico que cuestione la ayuda a los más necesitados. Entonces ¿por qué este tema está generando tan fuertes tensiones en la Iglesia Católica.? Pues porque ha habido exageraciones y desviaciones, tanto en la forma como en el fondo, por parte de algunos a la hora de interpretar tal principio, lo que ha generado sospechas fundadas en no pocas conciencias. Las desavenencias surgen porque hay quienes piensan que la revolución que está necesitando el cristianismo es de tipo económico y político, mientras que otros creen que, aun siendo importante la promoción humana y social, la misión esencial del cristianismo no es ésa, sino que debe ser la evangelización, ya que siempre se ha entendido que evangelizar es llevar a todos los pueblos la buena nueva, que se traduce por el anuncio del “kerigma”, que no es otra cosa que dar a conocer la salvación, llevada a cabo por el sacrificio de Cristo Jesús. Lo que con el kerigma se pretende, no es otra cosa que ofrecer esta salvación a todos los hombres sin excepción y el punto de arranque no debiera ser otro que el de la conversión interior, pues de no ser así estaríamos colocando la carreta delante de los bueyes. A quien pone sus ojos en Cristo no le hace falta más, sin duda acabará viendo en el pobre a un hermano. Quien conoce la vida de los santos, sabe bien que en todos ellos resplandece una bondadosa solidaridad con los más necesitados y vulnerables y ello es así porque la misericordia y la plenitud interior van de la mano. Bien claro lo dejó anunciado el Divino Maestro al decirnos: “Buscad el reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura.”
La opción preferencial por los pobres está creando confusión en los fieles, porque en el fondo existen dos visiones contrapuestas en orden a la praxis cristiana: una apunta a la transformación social y la otra se centra en la vida del espíritu. En ocasiones la politización de la fe resulta tan burda que la figura del Buen Pastor es sustituida por la de un líder revolucionario, que poco tiene que ver con la redención espiritual. Tampoco resulta acertada la idealización del pobre por parte de algunas mentes, que le ven como sujeto mesiánico, mientras que al rico se le sataniza, cuando la realidad es que buenos y malos los hay tanto entre ricos como entre pobres, en la misma proporción y no verlo así es alentar la tensión y lucha entre ambos, lo cual en manera alguna responde al espíritu del evangelio que predica el amor y la concordia. A consecuencia de esto, se ha producido una cierta devaluación de lo sagrado. La liturgia y la oración quedan fuera de la consideración de quienes piensan que lo único importante es la liberación humana. Cuando menos, a mí me suena a irrespetuoso oír lamentarse por ahí que, habiendo tanta necesidad y pobreza en el mundo, carece de sentido entregarse a la vida contemplativa, o considerar como una pérdida de tiempo, pasarse las horas muertas en el coro, recreándose espiritualmente en las cadencias del canto gregoriano, mientras el hermano se está muriendo en la calle.
Para acabar, me gustaría apelar a la coherencia y decir que: quienes aspiran a ser la voz de los pobres y necesitados de la tierra tienen un plus en sus obligaciones y si quieren ser ejemplarizantes habrán de comenzar por vivir sencilla y pobremente compartiendo sus preocupaciones y angustias, algo que no siempre ocurre, lo que contribuye a sembrar aún más dudas al respecto. En cualquier caso, lo que queda fuera de toda duda es que, desde el punto de vista católico, la caridad cristiana ha de ser punto de referencia de todos y para todos.
