2026-06-18

El emotivo mensaje de los pueblos abandonado

 


 A medida que me acerco al entorno y emplazamiento de un pueblecito abandonado, percibo de inmediato que sus lugareños debieron estar muy vinculados a la naturaleza, pendientes cada año de que la madre tierra realizara el milagro de vestir de blanco los manzanos, de engalanar las vides con racimos, de trasformar las semillas depositadas en un mar de espigas, que el viento acabaría meciendo suavemente como si fueran olas. No solo esto, me percato también de que la naturaleza debió ser para ellos   fuente de inspiración y pauta para su comportamiento cívico y moral. Por si fuera poco, la naturaleza debió ser para ellos la maestra de la que todos aprendían,  incluso los niños que a los pocos años eran capaces de orientarse en medio del campo, conocer las propiedades de las frutas del bosque y distinguir perfectamente el trino de las golondrinas, el gorjeo mañanero de la alondra, el arrullo de las palomas, el crotoreo de las cigüeñas o el croar de las ranas.  Difícil de entender para quienes nos hemos criados en el virtual y artificioso mundo de Internet, pero así  debió ser en realidad.

Sin renunciar a mi condición de hijo de la posmodernidad, he de confesar que me gusta deambular por sus calles desiertas con los ojos bien abiertos, tratando de interpretar los mensajes que me llegaban de cada uno de sus rincones, siempre atento a cualquier vestigio o huella que pudiera ayudarme a penetrar el arcano misterio de quienes un día fueron sus moradores. Cierro los ojos y me parece estar viendo el lento ir y venir de sus gentes, caminando sin prisas en acompasada sintonía con el monótono y aburrido discurrir del día a día. Niños agarraditos de las manos camino de la escuela, muchachas con un cántaro en la cabeza, que iban y venían de la fuente, hasta me parec escuchar a lo lejos el cansino chirriar de la carreta arrastrada por dos bueyes.  Llegado el domingo, resulta fácil imaginar estas mismas calles llenas de vida. A los hombres y mujeres los veo bien aseados y oliendo a limpios, saliendo de sus casas al toque de campana, para asistir a misa y después tomarse unos chatitos de vino con los amigos. Después de comer, ya por la tarde, vuelvo a representarme a los varones acudiendo presurosos a echar la partida en la taberna y a las féminas haciendo lo mismo, pero en casas particulares, para acabar todos juntos la jornada en animada fiesta, danzando al ritmo del tamboril y la dulzaina.

En estos pueblecitos abandonados como éste que yo suelo visitar, es imposible perderse porque todas las calles conducen a la plaza, lugar de convergencia y de encuentros cordiales, a los que los vecinos acudían sin móviles en las manos, para darse un apretón de manos amistoso y cordial, mirándose a los ojos fijamente, y poder ver reflejada en sus miradas los mismos miedos y esperanzas, los mismos anhelos e ilusiones, la misma alegría de vivir. La plaza era el centro neurálgico de la vida social, plagada de signos, vestigios, rastros, huellas y recuerdos, que hablan por sí solos.  La plaza de estos pueblos entrañables bien podía ser vista como santuario de tradiciones populares culturales, religiosas, folclóricas, que se han ido perdiendo con la desaparición del mundo rural, hasta quedarnos huérfanos de los referentes necesarios  con que apuntalar la identidad nacional

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