A medida que me acerco al entorno y
emplazamiento de un pueblecito abandonado, percibo de inmediato que sus
lugareños debieron estar muy vinculados a la naturaleza, pendientes cada año de
que la madre tierra realizara el milagro de vestir de blanco los manzanos, de
engalanar las vides con racimos, de trasformar las semillas depositadas en un
mar de espigas, que el viento acabaría meciendo suavemente como si fueran olas.
No solo esto, me percato también de que la naturaleza debió ser para ellos fuente
de inspiración y pauta para su comportamiento cívico y moral. Por si fuera poco,
la naturaleza debió ser para ellos la maestra de la que todos aprendían, incluso los niños que a los pocos años eran
capaces de orientarse en medio del campo, conocer las propiedades de las frutas
del bosque y distinguir perfectamente el trino de las golondrinas, el gorjeo
mañanero de la alondra, el arrullo de las palomas, el crotoreo de las cigüeñas
o el croar de las ranas. Difícil de
entender para quienes nos hemos criados en el virtual y artificioso mundo de
Internet, pero así debió ser en realidad.
Sin
renunciar a mi condición de hijo de la posmodernidad, he de confesar que me
gusta deambular por sus calles desiertas con los ojos bien abiertos, tratando
de interpretar los mensajes que me llegaban de cada uno de sus rincones,
siempre atento a cualquier vestigio o huella que pudiera ayudarme a penetrar el
arcano misterio de quienes un día fueron sus moradores. Cierro los ojos y me parece
estar viendo el lento ir y venir de sus gentes, caminando sin prisas en acompasada
sintonía con el monótono y aburrido discurrir del día a día. Niños agarraditos
de las manos camino de la escuela, muchachas con un cántaro en la cabeza, que
iban y venían de la fuente, hasta me
parec escuchar a lo lejos el cansino chirriar de la carreta arrastrada por dos
bueyes. Llegado el domingo, resulta
fácil imaginar estas mismas calles llenas de vida. A los hombres y mujeres
los veo bien aseados y oliendo a limpios, saliendo de sus casas al toque de
campana, para asistir a misa y después tomarse unos chatitos de vino con los
amigos. Después de comer, ya por la tarde, vuelvo a representarme a los varones
acudiendo presurosos a echar la partida en la taberna y a las féminas haciendo lo
mismo, pero en casas particulares, para acabar todos juntos la jornada en
animada fiesta, danzando al ritmo del tamboril y la dulzaina.
