2026-07-12

261.-Los aperos de labranza almacenados en el desván nos hablan de unos hombres recios

 





El hogar como elocuente testigo del pasado

Muchos son los testigos mudos que siguen hablándonos de nuestros antepasados sepultados en el olvido, pero ninguno de ellos tan elocuente como el hogar, donde vivieron hasta que les llegó el momento de partir. Cuántas evocaciones, cuántas remembranzas han quedado sepultadas en las ruinas de estos sagrados recintos. Si fuéramos capaces de hacer hablar a las paredes, a los aposentos, a los enseres… sobre todo a los enseres, podríamos llegar a hacernos una idea sobre qué tipo de personas fueron nuestros ancestros, cómo vivieron, en qué valores creyeron y cuál fue su filosofía de la vida.

Entre el polvo y la penumbra del desván, los aperos de labranza permanecen como testigos silenciosos del esfuerzo y la dignidad de quienes trabajaron la tierra de sol a sol.

Compañeros de fatigas: los aperos de labranza

En los desvanes, amontonados en el suelo llenos de polvo, pueden verse los aperos de labranza, compañeros de fatigas de muchas generaciones: las rejas, que arañaban las entrañas de la tierra; las azadas, que roturaban los campos de regadío; la hoz afilada y la guadaña, con las que se recolectaban montañas ingentes de cosechas. Todos ellos nos hablan de hombres rudos, que no habían nacido para manejar la pluma o la espada, y mucho menos para acariciar las cuerdas del arpa, sino para dominar la naturaleza con sus brazos vigorosos; hombres bravíos y de temple, cuya única ocupación fue trabajar de sol a sol, soportando estoicamente tanto los hielos congelantes del invierno como el fuego incandescente del verano abrasador.

Hombres de temple, austeros y leales

Hombres tenaces y trabajadores, que no sabían lo que es vivir del cuento y nunca comieron otro pan que no fuera el amasado con el sudor de su frente. Ahorradores y de costumbres sencillas, que nunca se vieron en grandes apuros, ni siquiera en los años de escasez y hambruna, porque supieron ser previsores y pensar en el mañana. Forjados en la fragua de la raza ibérica, aprendieron a ser personas esforzadas y austeras, hombres valientes y solidarios, temidos en las guerras y respetados en la paz, leales a la palabra dada, tanto que no necesitaban de documentos firmados para dar validez a sus pactos, porque bastaba con un apretón de manos. Dispuestos siempre para lo que hiciera falta. Pienso que no estaría mal que alguna vez nos acordáramos de ellos y les diéramos las gracias por haber conservado y transmitido íntegramente nuestro patrimonio histórico y cultural.

Hubo un tiempo en que la palabra dada valía más que cualquier documento y un apretón de manos bastaba para sellar un compromiso.

Una filosofía de vida basada en lo esencial

En fin, todo lo que puede decirse de nuestros antepasados es que, seguramente, fueron felices a su manera porque, al contrario de lo que sucede en nuestra sociedad consumista, su filosofía de la vida consistía no en tener mucho, sino en necesitar de muy poco. Les fue suficiente con pan tierno para comer, un vino generoso en la tinaja y que no faltara, por supuesto, el torrezno en la sartén, ni las patatas machaconas o el cocido hechos a fuego lento en el puchero. Algo parecido podría decirse por lo que se refiere al mundo infantil. A los niños de ahora, que vienen ya con un videojuego entre las manos, les resulta difícil entender cómo con tan solo un puñado de canicas, una peonza y una pelota hecha de cuerdas, los niños que les precedieron pudieran satisfacer plenamente sus sueños infantiles.

261.-Los aperos de labranza almacenados en el desván nos hablan de unos hombres recios

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