El día 26 de julio, dedicado a los abuelos, da
pie para que al menos una vez al año hablemos de ellos y les convirtamos en los
protagonistas, que bien se lo merecen.
La
veneración por las personas mayores fue cosa de otros tiempos, lo que hoy se
lleva es el juvenismo. Ser joven lo es todo, los jóvenes representan la moda
del momento. Hay que vestir, pensar y hasta vivir, como lo hacen ellos. A las
personas mayores, en cambio, no se las tienen consideración, ni se las escucha,
representan el pasado que ya no mueve molinos y hay que centrarse en el momento
presente. Los mismos términos «clase
pasiva» o «retiro» a la que
pertenecen la mayoría de los abuelos, ponen bien a las claras que se trata de
unas personas fuera de juego.
Estas clases pasivas,
integradas por jubilados, carecen de relevancia en todos los órdenes, quedando condenados
a un ostracismo, que les hace sentirse unas personas inútiles a quienes, por
compasión, se les soporta como una carga pesada. Nadie se acuerda de ellas a no
ser los políticos en convocatoria de elecciones, y esto no debiera ser así,
porque como bien se ha dicho, es la sociedad más que la bilogía la que hace
sentirse a los ancianos trastos inútiles.
Ellos son seres humanos, con los mismos derechos que los demás, a
quienes tenemos que estar agradecidos después de haber hecho tanto por los
demás. Ellos son los que nos han dejado en herencia un acerbo de bienes
culturales y económicos de gran valor, un legado importante por el que todos
debieran estar agradecidos. Más aún, cada día que pasa siguen demostrado
suficientemente que, en manera alguna, no son ese tipo de sujetos inactivos que la gente cree;
por el contrario, son ellos los que en muchas ocasiones ayudan a las familias a salir adelante
y colaboran con las comunidades y con las ONGs en
proyectos humanitarios pero, por lo que se ve, su efectiva labor no siempre es
tenida en cuenta a causa de los prejuicios. No hay duda de que su ayuda
a los demás debiera tener un
reconocimiento más cumplido.
La discriminación que se ejerce
sobre ellos, no solamente es laboral es también familiar, social, política y sobre todo humana y afectiva,
que a veces se nos presenta bajo la forma de un cierto proteccionismo
paternalista. En la discriminación de los viejos ha tenido mucho que ver la
pérdida de valores tradicionales que han sido sustituidos por otros y ni siquiera los medios de comunicación han estado
lo suficientemente comprometidos en este asunto, dejándose contagiar del
espíritu mercantilista de la época en que vivimos.
Por razón de edad los abuelos
se han visto obligados a retrotraerse sobre sí mismos y a vivir en un mundo de
soledad y aislamiento. Es obligado mostrarse severos con una sociedad como la nuestra, que se niega a ver a
los mayores como seres humanos, que tienen los mismos derechos y necesidades
que los demás, pasando de este modo a ser víctimas de una cruel marginación. El
abandono que sufren es la razón por la que hoy, decir viejo y decir segregado,
ha llegado a ser un pleonasmo. Viejo es lo que ya no sirve, lo que está fuera
de uso, es decir una especie de desperdicio, cuyo destino no es otro que el
desguace. La situación deplorable en que
viven los ancianos en general es muestra fehaciente del fracaso de la
civilización contemporánea. Una sociedad que no acoge y reverencia a las
personas mayores está dando muestras de estar enferma. Los pueblos que
arrincona a los abuelos es porque se han quedado sin corazón y carecen de
sentimientos humanitarios.
No es
esto solo. Hay razones de conveniencia propia, que debiera hacer pensar a las
generaciones más jóvenes que el paso del tiempo no se detiene y que como ahora
ven a los mayores un día ellos mismos se verán.
Las mejoras en beneficio de los viejos de hoy, un
día repercutirán a favor de los que todavía no lo son, pero un día lo serán. Lo
que cuando eres joven hagas a favor de remediar la situación de los abuelos por
ti mismo lo estás haciendo. Según el dicho popular : “ hijo eres, padre serás,
lo que tú hagas a ti te harán” Nadie debiera sentirse a gusto con el abandono
de los viejos “pues el llanto que tú le provocas puede ser el tuyo mañana”. Si
cuando has sido joven te has portado bien con los viejos tendrás derecho a que
los demás hagan lo mismo contigo cuando dejes de serlo, ya que según tratemos
nos tratarán.
Circula por ahí una historieta que nos puede
servir para ilustrar esto que estamos diciendo y con ella quiero concluir. Se la conoce con el nombre de “el plato de madera”; en ella se cuenta
que un padre aquejado por las limitaciones propias de la edad, se fue a vivir
con su hijo, su nuera y un nieto de cuatro años. Llegó el momento en que sus manos, su vista,
sus torpes movimientos, le impedían hacer las cosas con normalidad y cuando se sentaba a la mesa era incapaz de
sostener con firmeza la cuchara, por lo que la comida acababa en el suelo y el líquido del vaso se derramaba sobre el mantel, hasta que un
día su presencia en la mesa se hizo insoportable, por cuyo motivo se le condenó
a comer solo en una esquina del comedor en un plato de madera para que en caso de que cuando cayera al
suelo, cosa frecuente, no se quebrara. El abuelo por más que lo intentaba no
podía evitar lo que tanto desagradaba a la familia y cuando alguna de estas
cosas sucedía unas lágrimas empañaban sus ojos. Nadie se daba cuenta de su
tragedia, solamente el niño era consciente del sufrimiento interior de su abuelo.
Una buena tarde el niño estaba manipulando unos trozos de madera y cuando el
padre le preguntó que hacía, él le respondió que estaba haciendo dos platos de
madera para cuando sus padres fueran viejecitos. No hubo necesidad de más
palabras. A partir de entonces todo cambió. El abuelo volvió a comer con todos
en la mesa y a sentir el calor familiar que hasta entonces no había sentido.
El problema está en que la
gente está instalada en el momento presente y no es previsora. Se comporta como
si ellos nunca llegaran a ser viejos un día.
