Acaba de dejarnos Jürgen Habermas, uno de los filósofos más influyentes de los
últimos años, que será recordado como un hombre el conciliador que intentó tender puentes entre la razón laica y el cristianismo sobre todo por lo que
respecta a la última fase de su larga vida, A pesar de que Habermas no fue un cristiano confesional,
supo entender, eso sí, la influencia beneficiosa del cristianismo en la
sociedad occidental. Su aprecio por todo el potencial cristiano no deja lugar a
dudas, sobre todo en lo referente a la ética y a la moral, de modo que, aunque
los estados sean laicos o aconfesionales, se hace necesario reconocer el legado
de una prolongada tradición cristiana que ha de ser tomado en
consideración. No son pocos los conceptos de contenido
religioso traspuestos al lenguaje filosófico, como por ejemplo persona, esencia, libertad,
justicia, derecho, emancipación. No en
vano el cristianismo durante siglos ha sido el nutriente de la cultura de
occidente, por cuya razón Habermas piensa que no se ha agotado este suministro
religioso y es bueno que sigas contando con él, lo cual obliga a plantearnos
cómo han de relacionarse entre sí el pensamiento posmetafísico, las ciencias y
la religión. De una parte, el pensamiento en sí debiera evitar la subordinación
a la ciencia y de otra parte debieran
mantenerse la diferencia entre conocimiento y fe. En otro oren de cosas , bueno
sería también comenzar distinguiendo lo que es y representa la secularización
del poder y la secularización de la sociedad civil, porque son dos realidades
diferentes. La secularización del poder estatal lo vemos reflejado en un
conjunto de deliberaciones emanadas de las instituciones estatales, que al
final acaban en decisiones que afectan a la colectividad. Tal poder estatal debe estar al
margen de las influencias religiosas, lo que quiere decir que Iglesia y Estado
deben caminar por separado, tal como se viene entendiendo en el magisterio
postvaticano. En este sentido, las orientaciones conciliares del Vaticano II,
son recibidas por Habermas como un logro que debiera mantenerse.
Por lo que respecta a la secularización de la
sociedad civil, la cosa cambia. En este espacio, Habermas piensa que debe haber
pluralidad. Dentro ya de la sociedad civil, tanto las cosmovisiones religiosas
como las cosmovisiones seculares, deben ser tratadas con respeto, sus voces han
de ser escuchadas y nunca silenciadas, de modo que el ciudadano, creyente o no,
pueda expresarse libremente en el ámbito de la esfera pública. La única limitación que Habermas pone es la
derivada de lo que él llama "lingüistización de lo sagrado",
que exige a los cristianos utilizar un lenguaje inteligible a todos los
ciudadanos y si preciso fuera, han de ser traducidos convenientemente, para que
puedan ser entendido, por todos. Traducir los argumentos religiosos a un
lenguaje secular es una exigencia de Habermas al interlocutor religioso, para
posibilitar que el debate público discurra por cauces democráticos y no
dogmáticos. El lenguaje religioso,
debidamente traducido al lenguaje secular, puede incluso entrar a formar parte de las deliberaciones institucionales
estatales que puedan acabar afectando a la ciudadanía. Si ello se hace así,
entonces llegamos a la conclusión de que incluso en el ámbito de lo político,
de alguna manera, aunque sea de forma indirecta, el lenguaje religioso podía tener
cabida. En definitiva, lo que busca
Habermas es un diálogo en el que lo que se imponga no sea la fuerza del poder
ni el dogmatismo religioso, sino la contundencia de los argumentos esgrimidos. Esta reflexión resulta especialmente oportuna en un momento como el
actual, en que la fuerza y no la
escucha, parece que es la destinada a gobernar el mundo. Al final uno
no puede por menos que sorprenderse de que haya tenido que
ser Habermas, máximo exponente de la razón secular en nuestro mundo, quien se
haya convertido en el defensor de la necesidad de la religión en la vida
pública, seguramente porque los acontecimientos históricos de los últimos
tiempos han venido a demostrar que, la razón postmetafisica y el progreso siguen
necesitando de una referencia superior, en orden a construir una sociedad más
justa y humana.
El encuentro de
nuestro personaje mantenido con el cardenal Ratzinger (Benedicto XVI), allá por
enero de 2024 en la Academia Católica de Babiera, sirvió para poner de
manifiesto que, frente a la crisis moral y espiritual de occidente, el
cristianismo tiene mucho que decir. Habermas, sin renunciar a su talante
secular, se vio obligado a reconocer que la religión estaba llamada a jugar un
papel importante en la vida pública, así
mismo reconoció igualmente que la razón secular no había podido suplir el vacío
antropológico producido por la usencia de fe, con lo cual, la proclamada
autosuficiencia de la razón secular quedaba en entredicho. Seguramente este fue el motivo que obligaría a
Habermas a incorporar la religión en el proceso discursivo. Todo lo dicho da
pie para preguntarse finalmente. ¿Es la fe o es la razón la que está en
crisis?