Ser buen comunicador hoy
día es importante en todos los órdenes de la vida, lo es en el mundo de los
negocios, de la publicidad, de la política, de la enseñanza, de las relaciones
públicas etc. y la razón es bien sencilla. Vivimos tiempos en donde importa más
la forma que el fondo, el relato más que la realidad, la apariencia más que la
verdad misma. Por algo Lyotard define a la posmodernidad en que nos está
tocando vivir como la era caracterizada por el “pensamiento débil”.
Consecuencia inmediata de semejante situación la tenemos en el relativismo generalizado
y un cierto sentimiento de animadversión en contra de Verdad absoluta, hasta el
punto de ser considerada, enemigo público número uno, por imponerse de forma
despótica a todo juicio humano, atentar contra el pluralismo social y
cuestionar el sagrado principio de la democracia, según el cual todo se reduce
a un juego de opiniones entre ciudadanos libres . ¿Cómo compaginar el
sometimiento debido a la Verdad y al Bien objetivos con la voluntad libre y
soberana del pueblo para poder decidir según su propia voluntad y gustos?
Si partimos del hecho de
que todas las opiniones son respetables es porque las consideramos legítimas y
si esto es así, entonces debiéramos ser respetuosos con todas ellas y no poner
trabas a algo que se supone está fundamentado en el derecho natural, pero bien
mirado, semejante argumentación no pasa de ser pura falacia que confunde el ser
con el parecer. En realidad, respetables en sí solo lo son las personas, en
cambio, las opiniones pueden serlo o no, en razón del servicio que puedan
prestar a la dignidad personal y no cabe duda que hay opiniones inspiradas en
el odio, la venganza, el error o el revanchismo, expresiones, y discursos denigrantes
que van en dirección contraria a la dignidad humana. Recurrir a la libertad de expresión para
justificar cualquier tipo de opinión o de discurso sería tanto como abrir las
puertas a la maledicencia.
Estamos acostumbrados a
ver, como los autodenominados
demócratas se muestran abiertos, sí, a todas las opiniones que van en su misma
dirección, pero se resisten a abrir las puertas del parlamento a quienes no
aceptan las reglas de juego que ellos mismos han impuesto. Los disidentes para
ellos son reaccionarios que hay que mantener al margen y
cerrarles las puertas parlamentarias, hasta acabar con ellos. Piensan que son peligrosos y lo mejor es
tenerlos marginados y amordazados, sin que ello deba ser considerado como
represión, sino simplemente un curarse en salud para no poner en riesgo la
estabilidad del estado. Cuando conviene,
les oiremos decir que hay que ser pluralistas, porque una sociedad compleja
como la nuestra así lo exige, pero cuando les interesa, cambiarán su discurso para
trasmitirnos el mensaje de que no se puede respetar el cien por cien la
diversidad de opiniones, porque si así se hace, pueden colarse los bárbaros y
liberticidas, creando graves problemas de estado. En realidad, una democracia
que lo aguante todo no es viable, nunca lo fue, ni nunca lo será. Por tanto,
para estos forofos habrá que seguir condenando a muerte al antidemócrata
Sócrates, como lo hicieron los sofistas, muy demócratas ellos, para que la
juventud no se corrompa y habrá que quemar también a fuego lento, el diálogo “La
Republica” de Platón, porque en él, se dicen verdades como puños que nos les
gusta escuchar.
Lo cierto es que las opiniones respetables no lo son en razón de su “pedigrí”
democrático, sino porque se corresponde con la sustantividad de los hechos. Así,
por ejemplo: La realidad sobre Dios es la que es y no depende para nada de que
un parlamento democrático decida negar su existencia. La justicia y moralidad
dependen de los dictámenes conformes a la ley natural y no de las leyes
positivas caprichosas, que se colocan por encima de ella. Esto que debiera ser
principios básicos de convivencia ciudadana, dejó de serlo, desde que
Maquiavelo estableció un muro de separación entre ética y política, hasta
llegar a decir que, por razón de estado, podía justificase cualquier atrocidad.
La gente comienza a darse cuenta que algo no va bien en nuestra sociedad
occidental y no son pocos los que estarían dispuestos a canjear algunos activos
de libertad por una mayor seguridad y confianza. Fue Z. Bauman, una de las
mentes más lúcidas de la posmodernidad, quien antes de partir, dejó sentenciado
que: “La felicidad no está en ser libres del todo, sino en aprender a vivir
con nuestras dependencias.”Debiéramos aprender también que solo somos
hombres y que por encima de nosotros hay una Ley Universal que nos gobierna
